Reseñas,

Silencio que enuncia en torno a Solana de Fernando Trejo*

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Enredarse entre palabras, navegar pausada y sutilmente por veredas de imágenes que trastocan la mirada, los sentidos, la emoción; sentir que resbalan por la piel esas palabras, ese aliento enrarecido de sombras pero cargado de armonías, querer huir y caer presa, sin embargo, de la cadencia y los sentidos, de las figuras y la presencia, de la sombra y de la luz.

Contradicciones, sí, contradicciones gozosas que asaltan a la lectora feliz que se acerca a las lindes de Solana, de Fernando Trejo, poemario que emana una intrincada trama de sentimientos que se cuece en la ausencia.

Ausencia que transita por todo el poemario, que es una sombra que cubre con su paso al poeta y lo asfixia hasta el último suspiro.

La ausencia del primo muerto, del inefable Carlos, impregna todo el poemario, le da carácter, torna el recuerdo, la invocación, la proyección, el sueño, en algo irreal pero tangible al contacto con el nombre que se transforma en mantra: Carlos. Carlos el ausente que se hace presente por virtud de la palabra poética, Carlos el niño travieso, Carlos el joven irreprimible, Carlos el amigo entrañable, Carlos el inmortal poetizado Carlos. Carlos el fantasma que atraviesa las paredes invisibles del libro, Carlos que lanza sus brazos al cuello del lector, Carlos nuestro aliado, Carlos al espejo, Carlos presenciado y observante, Carlos dormido y despierto, Carlos lector y escribiente, mudo y elocuente, Carlos muerto y vivo, sí, más vivo que nunca por la palabra poética.

Y sin embargo, ausente, y su ausencia quema al poeta, lo desangra, lo obliga a escribir con la hiel y la sal, pero a veces también con jazmines y miel, lamiéndonos la herida, dejándonos habitar la placidez pero sin dejar nunca de tensar el hilo del discurso.

Discurso que se elabora, sobre todo, en los ámbitos del poema en prosa, ámbitos que permiten una expresión de los sentimientos y de las sensaciones del alma, “¿quién de nosotros no ha soñado, en sus días ambiciosos, con el milagro de una prosa que sea poética, musical, sin ritmo ni rima, lo suficientemente flexible y dura como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño y a los sobresaltos de la conciencia?”, se preguntaba Charles Baudelaire al inaugurar el género. Y precisamente para estos fines es usado el poema en prosa por Fernando Trejo, para hacernos llegar las más profundas sinuosidades de su alma, para comunicarnos su dolor, su sobresalto, su dulzura, su desencanto, su profundo sentir en torno a hechos cotidianos que al lector le parecen pequeñas epifanías al ser compartidas por el poeta.

Características básicas del poema en prosa son la brevedad sintética, la melodía interna y las imágenes creadas hacia su interior, ya que a pesar de estar escrito en prosa, se le exige musicalidad y la intención expresa de escribir poesía, esto es, de servirse de figuras retóricas para lograr darle forma a ese “milagro” de prosa con la que soñaba Baudelaire en sus días ambiciosos.

Pues bien, el poema en prosa que maneja Fernando es breve, pulido, conciso, trabajado, donde se nota el oficio y la labor del artesano que mima la palabra y elige las piezas correctas para su composición; por otra parte, los textos cuentan con una enorme musicalidad lograda a través de la fina elección de los vocablos, de la armonía de los fonemas y de un oído rítmico muy bien educado.

Es notoria, por otra parte, la utilización de imágenes poéticas sorprendentes que dan un giro muy agradable a la lectura de estos poemas que cobran connotaciones múltiples y se nos despliegan como una rosa al abrirse ante nuestros ojos, con complejos y variados ensamblajes de significados que en concordancias de analogías se acoplan.

No quiero dejar de mencionar que Fernando aparece como un flâneur, que se pasea por distintos espacios, y eso se demuestra en sus epígrafes, que provienen tanto de la poesía como del cine, del cómic o del graffiti, teniendo sus intereses en muchos puntos de referencia que lo convierten en un verdadero “paseante” cultural, que transita entre varias disciplinas para desembocar en la poesía, así como Carlos, su fantasma, transita por los diversos capítulos del poemario para devenir presencia en la ausencia, silencio que enuncia.

*Texto leído en la Casa del Poeta Ramón López Velarde,
en la Ciudad de México, el 13 de julio de 2015.


Roxana Elvridge-Thomas es una poeta, ensayista y directora teatral mexicana, donde ella ha publicado nueve libros de poesía y dos de ensayo que han sido traducidos al inglés, francés portugués y árabe.​​​Su poesía además ha sido recogida en numerosas antologías en México, España, Canadá y Francia.

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