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Entrevista con David Anuar: “Todo padre es inasible”

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En esta entrevista realizada por Izhar León, el poeta cancunense David Anuar reflexiona sobre los ejes fundamentales de su obra poética. Explora el concepto de la poesía como un lenguaje que nace en el borde de lo decible, donde las palabras fracasan ante la riqueza de la experiencia humana. Anuar aborda su interés por la masculinidad y la infancia en libros como niño alien o varias formas de la infancia, donde cuestiona los privilegios masculinos y propone una poética del llanto que los hombres tienen vedada. Además, explica cómo su formación como historiador confluye con su práctica literaria, especialmente en Memoria de Gabuch, donde indaga sobre la identidad a través de la historia de Cancún. Finalmente, detalla la evolución de Compañeros de juego, ganador del Premio Rodulfo Figueroa, un libro que explora las relaciones que nos construyen a lo largo de la vida.

Izhar León: En un poema escribes que la poesía “está en el borde”. Montalbetti dice que esa es “la posibilidad viva de seguir diciendo”, de continuar. ¿Podrías decirme de dónde viene tu impulso creador?

David Anuar: Yo siempre digo que todo poema es un fracaso. Montalbetti mismo lo dice. El poema surge cuando hay sentido y llega un punto donde ese sentido fracasa, se curva. En mi caso, mi escritura viene de muchos lados, de muchos intereses, de una necesidad profunda y vital.

Yo creo que el borde tiene que ver con esto: el origen de la palabra poética es una imposibilidad. El lenguaje humano es muy corto para expresar la diversidad de la experiencia humana. La experiencia humana es tan rica y tan profunda que el lenguaje siempre la traiciona. El lugar más común de esto es la palabra amor. La palabra amor es tan pobre para representar nuestras experiencias amorosas que entonces inventamos los poemas de amor. El poema es un mecanismo que hackea el lenguaje, es un mecanismo que permite al lenguaje ir más allá de sí mismo. Es como una liga que logra extender esa frontera. De ahí esa idea del borde. La poesía siempre está en el borde de la imposibilidad de decir, de la imposibilidad de nombrar.

Yo siempre les digo a las personas que cuando sienten algo en el pecho que no pueden decir, que eso es un problema poético. ¿Por qué? Porque justamente hay una imposibilidad de la palabra y ahí comienza la poesía, en estos balbuceos que tenemos al tratar de nombrar y decir ciertas cosas. Por supuesto, conforme uno va creciendo en la poesía y su técnica, esto te permite decir las cosas con mayor holgura. Pero yo creo que para mí la poesía nace de esa imposibilidad de nombrar frente a la experiencia humana.

De ahí puede irse a otros temas. Mi primer libro, Memoria de Gabuch, surge de la gran pregunta: ¿quién soy yo? Hay formas muy fáciles de responder esa pregunta. Podría decir soy cancunense, soy hijo, soy esposo. Puedo dar una serie de etiquetas, pero soy en realidad muchísimas más cosas que eso. Entonces, la palabra poética es justo un medio de indagar el ser que somos.

IL: Retomando la indagación que permite la poesía, hablemos de niño alien o varias formas de la infancia, en el que exploras la masculinidad y la infancia. En una sociedad que está siendo crítica consigo misma, ¿por qué crees que es importante hablar sobre estos temas?

DA: Nuestra experiencia de ser hombres está marcada por la historia y el lenguaje: nuestra historia familiar y el lenguaje que nos legan nuestros padres, nuestros amigos, nuestra familia. Y ese lenguaje tiene una fuerte carga de violencia y de machismo. Uno de nuestros grandes problemas sin duda es el machismo.

Todo poeta tiene obsesiones, y yo no sé hasta el día de hoy si la masculinidad es para mí una obsesión o no. Escribí niñoalien porque yo tenía ciertas preguntas. Viéndolo con distancia, creo que tiene que ver con mis inquietudes en torno a la identidad. Al final, me estoy cuestionando por mi identidad de género, no en el sentido de explorar estas otras posibilidades como lo no-binario, lo cuir, lo trans, sino más bien reflexionar sobre la construcción de los hombres cisgénero heterosexuales, quienes hemos tenido muchísimos privilegios a lo largo de la historia y los seguimos teniendo. Entonces, ¿cómo cuestionar nuestros privilegios desde donde escribimos, por qué escribimos y nuestras propias historias? Como hombres, muchas veces no hablamos de esto y a mí me pareció importante comenzar a hablar de ello.

Las mujeres han sido muy críticas y el feminismo ha sido muy crítico. Los hombres más bien nos hacemos güeyes. Yo creo que ha llegado el momento en que los hombres también tenemos que tomar un poco la batuta. La sociedad está hecha por la diversidad, por lo que tenemos que repensar nuestro lugar y nuestra masculinidad. Tenemos una masculinidad decimonónica y estamos viviendo en el siglo XXI, entonces ¿cómo son las nuevas masculinidades? Yo no lo sé. Justamente lo que yo me di cuenta al escribir niño alien es que no tengo la menor idea.

Probablemente el hombre del futuro sea un hombre cuir. Yo creo que se harán cada vez más tenues las fronteras entre géneros. Lo que pasa es que en el género se han clasificado ciertas actitudes: que hay ciertas actitudes femeninas y ciertas actitudes y aptitudes masculinas, cuando en realidad yo diría que son actitudes y aptitudes humanas. Por ejemplo, el hecho tan sencillo de tener emociones y llorar, que a los hombres nos está vedado.

Una de las cosas que yo me encontré en niño alien es que logré, hasta cierto punto, construir una poética del llanto masculino, porque cuando uno lee la poesía, uno se da cuenta de que sí hay llanto, pero siempre es un llanto asociado a la muerte o asociado a una suerte de juego o exageración. No a un llanto emocional del hombre. Todavía nos sigue costando trabajo llorar en público, salvo en ciertos momentos, como por ejemplo la muerte de un ser amado, que es como permitido, o cuando uno tiene una ruptura amorosa. Son como los dos grandes momentos en la vida de los hombres donde nos es permitido llorar, pero hay muchas otras cosas que nos suceden.

Al principio yo era muy optimista en decir “sí, el hombre del futuro”, pero más bien acabó siendo un libro crítico de la masculinidad hegemónica, donde yo hice una especie de examen de conciencia de mi infancia y de ciertos momentos que me fueron construyendo como hombre.

Los últimos libros que he escrito, a diferencia de mi primer libro, han sido más de tono intimista, con fuertes dosis autobiográficas, construidos desde una poética del yo. Yo les llamo libros de crecimiento, poéticas del crecimiento, equiparables a la novela de crecimiento donde hay un personaje que va a tener algún descubrimiento sobre su infancia (estoy pensando, por ejemplo, en El guardián entre el centeno o Demian de Hermann Hesse). Los tres últimos libros que he escrito están en ese orden: Alguien hunde mi cabeza, Compañeros de juego y niño alien. Conforman este arco. Lo que los unifica es este proceso de crecimiento que tiene el yo lírico. Siempre hay una indagación en la infancia, pero ya desde una cierta conciencia de la adultez, este mirar desde la adultez hacia la infancia, pero también irse uno descubriendo a través de los poemas e ir madurando.

IL: Pasando ahora a tu formación académica, además de estar licenciado en literatura, eres maestro en historia. Dijo Borges que hay algo que queda, y ese algo es la historia o la poesía, que no son distintas. En tu quehacer literario, ¿cómo confluyen estos dos elementos?

DA: Yo estudié la maestría en historia por la literatura. Mi primer libro se llama Memoria de Gabuch, que va a ser reeditado bajo el sello de Capulín Taller Editorial y se va a publicar a principios del 2026 en trilingüe: maya, inglés y español. En ese libro, mi forma de responder a la pregunta “¿quién soy yo?” no fue intimista como en mis otras exploraciones, sino que fue una pregunta de corte histórico. Yo me comencé a dar cuenta que para responder a la pregunta de quién era yo, necesitaba ver hacia atrás, sobre todo en una ciudad como Cancún, que es una ciudad sin pasado. Técnicamente es una ciudad que se funda en los setenta.

Lo que a mí me llamó la atención fue descubrir qué había sido Cancún, cuáles eran los mitos de Cancún, si era posible incluso construir un mito. Me encontré un personaje que se llama Gabriel Garrido Argüelles, alias Gabuch, quien fue el primer poblador de Cancún antes de que se construyera el sitio turístico. Era el cuidador de un rancho que existía en la zona hotelera, un rancho de copra. Entonces me empecé a aficionar a buscar cosas de su historia, buscar documentación, y a partir de eso fue que escribí Memoria de Gabuch.

Con ese libro yo trato de responder quién soy. Soy todo este proceso de construcción de un destino turístico en la búsqueda de divisas, pero también soy un conflicto entre estas personas que vivían ahí que fueron despojadas. Hay un proceso de despojo muy fuerte. Poco a poco me daba cuenta que la historia de Gabuch era la historia de muchísimos cancunenses que fueron a hacer vida en Cancún, que no han sido estas figuras poderosas de las que siempre se hablan en la historia, sino que más bien son los olvidados, el pueblo, los de abajo. Eso me llevó a la historia. Hice un pequeño trabajo de archivos sin ser yo historiador.

Cuando acabé el libro, luego escribí una novela histórica que nunca verá la luz porque es muy mala. Me gané el PECDA para escribir Memoria de Gabuch, y luego también tuve otra vez el PECDA para escribir esa novela. Entonces de nuevo hice trabajo de investigación documental, fui al archivo y me di cuenta que me gustaba mucho estar en archivo y que quería aprender a hacerlo formalmente. Fue entonces que apliqué a una maestría en historia.

Como el burro que tocó la flauta, me gané un premio nacional con mi tesis de maestría. Gané uno de los premios que da el INAH, el Francisco Javier Clavijero. Mi tesis fue sobre un poeta que se llama Luis Rosado Vega, que hizo una locura: una expedición científica mexicana aprobada por el mismísimo Lázaro Cárdenas con dinero de presidencia. Por eso digo “como el burro que tocó la flauta”, porque hasta la fecha sigo diciendo que no soy historiador.

Todo eso para responderte que partí de la literatura y de este primer libro que me marcó con una poética de indagación histórica. Luego brinqué a la narrativa, salió mal el experimento, pero seguí la pulsión documental. Después de eso no he vuelto a hacer una indagación de corte histórico, pero estoy seguro que tarde que temprano mis obsesiones me llevarán nuevamente a esos terrenos poético documentales.

IL: Recientemente ganaste el Premio Nacional Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa con tu libro Compañeros de juego, que forma parte de una trilogía que la componen Alguien hunde mi cabeza y niño alien. Me gustaría que me contaras un poco más sobre tu libro Compañeros de juego y cómo opera en esta trilogía.

DA: Alguien hunde mi cabeza fue el primer libro que yo escribí en la Fundación para las Letras Mexicanas y tuvo la bendición de ganar el Salvador Gallardo Dávalos. Ahí empecé a explorar con voces infantiles (no libros de poemas para niños, sino niños enunciando poemas). Luego de ese libro, si no me equivoco, escribí otro que sigue inédito, y después de ese escribí Compañeros de juego. Después de Compañeros de juego escribí otro en la Fundación que también sigue inédito. niño alien lo escribí en 2023 con la beca de Jóvenes Creadores de la exFONCA.

No fueron intencionalmente una trilogía. Al releerlos en el futuro, me di cuenta que eran una trilogía. Desde ahí he obtenido esa conciencia, lo cual no es raro dentro de la poesía mexicana. Hay ejemplos de eso: Gloria Gervitz, por ejemplo, con sus Migraciones. Originalmente no era un poema unitario; en el proceso de escritura Gloria se dio cuenta que era un poema unitario.

Compañeros de juego originalmente era una exploración familiar. Además, el libro cambió mucho. Yo conté en la premiación del Rodulfo Figueroa que había mandado ese libro tres veces al premio: lo había mandado en 2022, luego en 2024, y hasta que le cayó la bendición ahora en 2025.

En 2022 el libro se titulaba Álbum vacío y la idea era que el libro funcionara como una suerte de álbum de vinilo dividido en dos partes, el lado A y el lado B. Era un libro de familia, un álbum de familia, y tenía ese lado A donde estaba toda la dimensión luminosa y el lado B donde estaba más bien el lado oscuro: la violencia intrafamiliar, el abuso.

Cuando lo volví a enviar, ya no lo titulé Álbum vacío, sino Compañeros de juego, por unos versos de Jorge Teillier que dicen algo así como “no hay casa, no hay padres, no hay amigos, solo compañeros de juego”. Entonces lo modifiqué completamente, quité poemas del lado oscuro y la idea del vinilo.

En esta tercera ocasión que lo envié, me di cuenta que tenía otro poemario breve que era sobre minerales. Eran poemas que yo escribí sobre minerales desde una voz adulta que indaga en su infancia. Son unos quince poemas donde hablo de distintos minerales. De niño tenía una caja de pino adornada con mariposas monarca y minerales, que fue un regalo de mi abuela (es de un pueblo minero en Michoacán, Angangueo). El regalo era como un juego para que uno aprendiera. Entonces con esta idea de los compañeros de juego, cuando mi madre un día me habló y me dijo “por ahí encontré la caja, la voy a tirar”, yo le dije “no, no la tires”. Me acordé de esa caja y pensé que esas piedras en algún punto fueron mis amigas y mis compañeras de juego. Ya tenía escritos esos poemas, y entonces sentí que en realidad pertenecían al libro. De hecho, es la sección que abre el libro. Así quedó únicamente la parte luminosa y dejé un solo poema de tono oscuro.

Hay distintos poemas que también enfatizan el tema del padre. Por eso te digo que hay esa conexión entre Compañeros de juego y niño alien. De hecho, la escritura de niño alien comenzó en Compañeros de juego. La última sección de Compañeros de juego, que en algún punto fue la primera (fíjate cómo fue cambiando mi interpretación del propio libro), dio pie a la escritura de niño alien, ya que este apartado final hablaba sobre nuevas masculinidades desde un punto de vista muy cotidiano.

Por ejemplo, hay un poema sobre el machete que comienza diciendo “mi padre nunca me enseñó a usar un machete”. Hay otro donde también habla del padre afilando un cuchillo, otro sobre taladros y la torpeza usando herramientas y arreglando cosas en la casa. Hay un poema que me gusta mucho, que es el que cierra el libro, sobre barrer. Ese poema surgió de una vez que estaba platicando con otro escritor y este escritor decía “yo nunca en mi vida voy a barrer”, y yo le pregunté por qué. A mí me encanta barrer, me parece que es muy importante que un hombre sepa barrer su casa. Entonces escribí un poema donde es casi un elogio al barrer tu propia casa, y acaba en un último verso que dice “habría que sacudirlo todo”, en el sentido de sacudir nuestras mentalidades arcaicas.

Hay más cosas. Por ejemplo, hay una sección dedicada al Caribe que se titula “Caleta”. Ahí viene uno de mis poemas favoritos que tiene ese mismo nombre, donde hablo del padre y comienza con un verso que dice “todo padre es inasible”. El padre está presente a lo largo de todo el libro. También el primer poema es sobre el padre.

En la sección final del libro lo que primó fue la cuestión de la masculinidad, que se conecta con niño alien. La conexión con Alguien hunde mi cabeza es mucho más tenue. Tiene que ver más con la estructura del libro. Por ejemplo, en niño alien también se retoman las enfermedades, que era el tema principal de Alguien hunde mi cabeza. Se han ido entretejiendo los libros. Y el tema acuático que trabajé en Compañeros de juego también está en niño alien. Tengo varios poemas sobre la pesca en ambos libros.

La interpretación final es que, más que enfocarse en la familia, lo hace en los compañeros que tenemos y nos van construyendo a lo largo de nuestra vida (incluida la familia). Hay poemas sobre mi abuela, mi padre, mascotas, y sobre amistades, distintas anécdotas con amigos. Me gusta mucho un poema que se titula “Resurrección de Melissa B. Medina”, que fue una novia mía que murió muy joven, tal vez a sus 25. Cuando se murió yo escribí ese poema porque me impactó mucho la noticia de su muerte, que alguien con quien compartiste un pequeño tiempo de vida ya no esté.

Al final, por eso me gusta el título Compañeros de juego. Ya no es un libro familiar, aunque hay un gran peso en ello. Está relacionado con todas las personas o seres (también están los animales y hasta las piedras, que son compañeros de juego) que me han rodeado. Ese es el espíritu del libro y su lugar en la trilogía.


LEO SOBRE HURACANES

Afuera comienza a llover.
Escucho el golpeteo de las gotas sobre una lámina,
el ruido ahogado de una cañería.
También truena y casi
puedo escuchar el mar,
sus alborotados brazos
rompiendo contra el roquedal y la arena.
Estoy en una ciudad lejos de casa,
pequeños departamentos
en un valle sobrepoblado,
y no obstante en la ventana
llueve sobre mi rostro
el roción de las olas.

Del poemario: “Regreso a la península natal”, incluido en la antología Tiempos de escritura (Sedeculta, 2020)

 .
TRICOFAGIA

no le digan al aire
que me arranco el pelo
cuando la maestra
me tacha de inútil
cuando Germán
me persigue
por las canchas
o cuando papá levanta
el volumen de su mano

entonces los cuervos
se adueñan de mis brazos:

la furia de una isla
encerrada en el océano

Del libro Alguien hunde mi cabeza (Mantis Editores, 2021)

 .
PIROMANÍA

Hemos estado viendo arder la casa
durante horas.

Hemos platicado frente a ella
con la tranquilidad
de lo que se derrumba.

Padre, qué significa el fuego.

Hemos prendido cigarrillos
con las llamas y sus pavesas.

Y ambos sabemos
que no es el fuego
lo que nos quema.

Del libro niño alien o varias formas de la infancia (UANL, en prensa)

 .
HABLA EL GEÓLOGO QUE NO FUI:

Encontrar un poema entre las piedras, esa fue la certeza que tuve desde niño. Caminaba por el patio de la casa y miraba de cerca sus formas irregulares, letras acuñadas por Dios, letras de escarabajo o andadura de hormiga, letras que intentaba leer o lanzar como canicas. Años después, en Angangueo –el pueblo natal de mi abuela–, me obsequiaron una cajita de pino adornada con mariposas monarca al óleo; adentro, una colección de minerales: piritas, feldespatos, cuarzos, yeso, corazones de corindón, una pepita de plata y talco. Un cristal me separaba de su tacto frío, y jugaba con ellas como si fueran soldaditos de plomo o fieras prehistóricas. Algunas noches escuchaba su rumor como de océano viejo que se ha perdido en sus pesadillas. Luego crecí y fueron a la cueva del armario, a la oscuridad de los objetos que les crecen telarañas. Las piedras, como las personas, también mueren. Hace algunos años, mi madre las rescató. Su dureza, en medio de unos algodones color sepia, era polvo. Quise leer su testamento, escuchar las voces de mis amigas piedras. Esparcí sus restos por mi lengua, y como en una sesión espiritista o en un tratado de cómo jugar a la ouija, cantaron, tiernamente, los minerales:

Del libro Compañeros de juego (reciente Premio Nacional Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa)

 .
CALETA

Todo padre es inasible.
Un lugar fuera del tiempo cruzado por el tiempo.
La certeza de haber caminado aquella playa,
de haber dicho, aquí pescaremos.
Todas las barracudas que se nos negaron aquel día,
sus escamas brillantes, al sol, coleteando su grisura,
cada tramo del sedal y tú me decías que el mar estaba como un plato.

Yo no me atrevía a dar un paso adentro
porque todas las aguas eran como un escualo,
una pulsión de peces grandes, un bocado hacia lo azul terrestre inadmisible.
Y tú te sumergías como si la sal fuese tu otra vida,
un litoral extenso para hacer una fogata
y trenzar en una rama cada uno de los pargos
que desfilaron por tus dedos,
hábiles surtidores de la muerte.

Alguna vez me contaste
que un anzuelo te atravesó la mano,
y más allá de la caleta, entre las rocas,
en la planta derecha de tu pie derecho,
un coral te pinchó y sacudió tu sangre
hasta volverte roca calcárea:
arrecife fuera de tiempo.

Ahora las gaviotas chillan,
estoy frente al mismo mar bañado de corales
y te contemplo nadando entre las aguas
mientras el oleaje moja mis pies y me recuerda:
todo padre es inasible.

Del libro Compañeros de juego (reciente Premio Nacional Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa)


David Anuar (Quintana Roo, 1989). Poeta, historiador y traductor. Se formó como licenciado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán y obtuvo su maestría en Historia en el CIESAS. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos y en 2025 recibió el Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal y el Premio Nacional Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y de Jóvenes Creadores. Residente del International Writing Program de la Universidad de Iowa. Tiene publicados los libros Memoria de Gabuch y Alguien hunde mi cabeza. Su obra explora la identidad, la masculinidad y la historia del Caribe mexicano. Fundador y director de Archipiélago: Talleres de Literatura.

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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