Sylvia Plath nació el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts. Su talento para la escritura se manifestó desde muy joven, y su primera publicación fue a los ocho años. Plath se destacó académicamente, obteniendo becas que le permitieron asistir al Smith College y luego a la Universidad de Cambridge en Inglaterra, donde continuó desarrollando su voz literaria y conoció al poeta Ted Hughes, con quien se casó en 1956.
Entre sus obras más reconocidas se encuentran el poemario The Colossus (1960) y su única novela, The Bell Jar (1963), publicada bajo el seudónimo de Victoria Lucas. Esta novela semiautobiográfica refleja con crudeza temas de alienación, expectativas de género y la lucha con la depresión. Su obra póstuma, Ariel, publicada en 1965, es considerada su trabajo poético más intenso y revelador; aquí, su estilo adquiere un tono más feroz y personal, explorando temas de angustia, muerte y conflicto interno.
Plath es recordada por su enfoque confesional, una corriente poética que revela las profundidades de su psique a través de imágenes potentes y a menudo oscuras. Su poesía se caracteriza por la intensidad emocional, el uso de metáforas poderosas y la capacidad de transformar experiencias personales en arte universal. La influencia de su trabajo ha sido notable en la literatura contemporánea, especialmente entre poetas y escritores que exploran la subjetividad, el dolor y la identidad femenina.
Su legado persiste, siendo considerada una de las poetas más relevantes del siglo XX, tanto por su estilo como por el impacto cultural y emocional de su obra. Por ello la conmemoramos en su natalicio con cinco poemas suyos, de la traducción de Xoán Abeleira.
LAS DANZAS NOCTURNAS
Una sonrisa cayó en la hierba.
¡Cualquiera la recupera!
Y cómo van a extraviarse tus danzas
Nocturnas. ¿En las matemáticas?
Esos brincos y giros en espiral
Tan puros recorren ciertamente
El mundo para siempre; pero yo no me quedaré
Del todo sin bellezas, el don
De tu leve aliento, el olor a hierba
Empapada de tu sueño, lirios, lirios.
Su pulpa no guarda ninguna relación.
Fríos pliegos de ego, la cala,
Y la tigridia, embelleciéndose a sí misma:
Manchas, y un despliegue de pétalos ardientes.
Las cometas
Tienen tanto espacio que cruzar,
Tanta frialdad, tanto olvido…
Así, en pequeños fragmentos, se desprenden tus gestos,
Cálidos y humanos. Luego su luz rosada
Sangra y se despelleja
Al atravesar las negras amnesias del universo.
Quién y por qué me ha concedido
Estas luminarias, estos planetas
Que llueven como bendiciones, como copos
Hexagonales, blancos,
Sobre mis ojos, mis labios, mi cabello,
Fundiéndose al tocarlos.
En ningún lugar.
.
SOY VERTICAL, PERO PREFERIRÍA SER HORIZONTAL
Soy vertical
pero preferiría ser horizontal. Yo
No soy un árbol enraizado en la tierra,
Absorbiendo minerales y amor materno
Para rebrotar esplendoroso cada mes de marzo,
Ni tampoco la belleza del arriate del jardín
Que deja boquiabierto a todo el mundo y a la que
Todo el mundo quiere pintar maravillosamente,
Ignorando que muy pronto se deshojará.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal,
Un racimo de flores, más bajo, aunque más llamativo,
Y yo anhelo la longevidad de uno y la osadía del otro.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de los astros,
Los árboles y las flores han estado esparciendo sus aromas frescos.
Yo paseo entre ellos, aunque no se percaten de mi presencia.
A veces pienso que cuando duermo
Es cuando más me parezco a ellos—
Desvanecidos ya los pensamientos.
En mí, el estar tendida, es algo connatural.
Entonces el cielo y yo conversamos abiertamente.
Y seguro que seré más útil cuando al fin me tienda para siempre:
Entonces quizás los árboles me toquen por una vez,
Y las flores, finalmente, tengan tiempo para mí.
.
ÚLTIMAS PALABRAS
No quiero una caja sencilla, sino un sarcófago
Con rayas de tigre y una cara pintada en él,
Redonda como la luna, para escrutar el cielo.
Porque quiero mirarlos cuando vengan
Abriéndose camino entre los mudos minerales, las raíces.
Ya puedo verlos: esos rostros macilentos, a la distancia de los astros.
Ahora no son nada, ni siquiera unos bebés.
Me los imagino sin padres ni madres, como los primeros dioses.
Seguramente se preguntarán si yo era alguien importante.
¡Debería endulzar y conservar mis días como frutas!
Mi espejo se está nublando: unas cuantas vaharadas más
Y dejará de reflejar todo. Las flores y los rostros
Devienen en sábanas a fuerza de emblanquecer.
No me fío del espíritu, Se escapa como el vapor
En sueños, por el orificio de la boca o el del ojo. No puedo detenerlo.
Un día de éstos ya no volverá. Las cosas, en cambio, no son así.
Ellas permanecen, con sus pequeños lustres particulares
Siempre avivados por el uso. Si hasta casi ronronean.
Cuando las plantas de mis pies se enfríen,
El ojo azul de mi turquesa me confortará. Dejad, pues, que me quede
Con mis cacerolas de cobre, dejad que mis tarros de maquillaje
Florezcan a mi alrededor como flores nocturnas, con su agradable aroma.
Ellos me vendarán todo el cuerpo, envolverán mi corazón
Con fina pulcritud y lo pondrán a mis pies.
Ni yo misma me reconoceré. Y, como todo estará oscuro,
El brillo de esos objetos me parecerá más dulce que el rostro de Ishtar.
.
CARTA DE AMOR
No es fácil explicar este cambio tuyo.
Ahora estoy viva, sí, pero por entonces estaba muerta,
Aunque me mostrara indiferente como una piedra
Y siguiera allí clavada por pura rutina.
No conseguiste moverme ni un centímetro con el pie, no,
Ni me dejaste volver a fijar mis pequeños ojos sin párpados
En el cielo, aun sin tener la menor esperanza
De aprehender el azul o las estrellas, por supuesto.
Pero la cuestión era otra. Digamos que me dormí —una serpiente
Camuflada entre rocas negras, como una roca negra
En el hiato blanco del invierno—,
Igual que mis vecinos, sin hallar placer
En el millón de mejillas perfectamente cinceladas
Que ardían a cada momento para fundir
Mi mejilla de basalto. Después se volvieron lágrimas,
Ángeles llorando sobre naturalezas apagadas,
Pero no me convencieron. Aquellas lágrimas se helaron.
Cada cabeza muerta tenía un yelmo de hielo,
Y seguí durmiendo, como un dedo doblado.
Lo primero que vi fue un aire diáfano,
Y las gotas encerradas elevándose en un rocío
Límpido como los espíritus. Había muchas piedras
Alrededor, yaciendo opacas e inexpresivas.
No sabía qué hacer con todo aquello.
Brillaba cubierta de escamas de mica y abierta
Para derramarme como un fluido
Entre las patas de los pájaros y los tallos de las plantas.
No conseguiste engañarme. Te reconocí enseguida.
El árbol y la piedra resplandecían, sin sombras.
Mis dedos se alargaron, translúcidos como el cristal.
Empecé a brotar como una rama en marzo:
Un brazo y una pierna, un brazo, una pierna.
Y así ascendí, de piedra a nube.
Ahora parezco una suerte de dios
Flotando en el aire, con mi ropaje de alma
Pura como una lámina de hielo. Y eso es un don.
.
RESOLUCIÓN
Día de niebla: día de deslustre
con manos
inservibles, aguardo
la llegada del lechero
el gato con una sola oreja
se lame la pata gris
y la cocina de carbón está encendida
fuera, las pequeñas hojas del seto
cada vez más amarillas
una fina capa de leche
empaña las botellas
vacías en el alféizar de la ventana
ninguna gloria desciende
dos gotas suspendidas
en el verde tallo alabeado
del rosal de mi vecino
oh tenso arco de espinas
el gato desenvaina sus garras
el mundo gira
hoy
hoy no voy
a defraudar a mis doce examinadores
vestidos con togas negras
ni tampoco a cerrar el puño
ante la cara de desprecio del viento





