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Thomas Hardy: la poesía como su primer y último amor

Thomas

Thomas Hardy nació el 2 de junio de 1840 al sur de Inglaterra. Para él, la poesía fue su primer y último amor y, sin embargo, su primer libro de poemas –Poemas de Wessex– no se publicó sino hasta haber alcanzado los 58 años. La crítica lo recibió con cierto escepticismo, aunque con el paso gradual de la escritura supo consagrarse como uno de los mejores poetas de su tiempo.

A pesar de haber publicado a edad avanzada su primer poemario, la totalidad su obra poética consta de más de 900 poemas y es reconocido, ya sin ningún género de duda, el precursor de la poesía inglesa actual. Su influencia es reconocida por autores posteriores de la talla de Auden o Frost.

En conmemoración de su natalicio celebramos su poesía, que constituye un lamento ante la implacabilidad del tiempo y el curso inevitable de la naturaleza.


LOS BUEYES
«A esta hora los bueyes se arrodillan»,
exclamaba un anciano cuando todos en corro
estábamos sentados al amor de la lumbre,
mientras daban las doce en Nochebuena.
Y nos imaginábamos a esas mansas criaturas
sobre la paja del establo en que moraban,
y a ninguno jamás se le ocurría
dudar que en ese instante se postrasen de hinojos.
Pocos hombres creerían tan bella fantasía
en estos tiempos. Sin embargo, siento
que si alguien me dijera en Nochebuena: «Ven,
vayamos a ver cómo los bueyes se arrodillan
en la remota borda de aquella cañada
que solíamos visitar en nuestra infancia»,
yo me iría con él en la penumbra
con la esperanza de poderlos ver.
.
LA CALZADA ROMANA
La calzada romana corre recta y vacía,
cual la pálida raya de un cabello peinado,
a través del brezal. La gente pensativa
contrasta las jornadas de ahora y del pasado,
las revisa y sopesa y las compara,
e imagina en el aire despejado
legionarios armados que elevan orgullosos
el Águila y marcado el paso van de nuevo
por la vía romana.
Mas ningún legionario de armadura dorada
se me aparece a mí. En la vía romana
sólo se alza ante mí la imagen añorada
de mi madre guiando mis pasos infantiles,
como cuando paseábamos por el viejo camino.
.
«YO SOY AQUEL…»
Yo soy aquel que mira en la enramada
por entre las rendijas las palomas torcaces,
y a mi paso no elevan su vuelo suspicaces,
de súbito espantadas,
sino que continúan su arrullo confiadas
y parecen decir: «¡Ah, es él, no pasa nada!».
Cuando la astuta liebre me siente caminar
mientras pace furtiva sobre el tierno sembrado,
alza sus dos orejas con gesto desconfiado
y prosigue al momento su apacible rumiar,
parece que pensara: «De este que va a pasar
no hay que tener cuidado».
Unos ojos me miran húmedos por el duelo
mientras pasan dolientes
llevando entre las gentes
al ser amado a su postrer lugar
y piensan: «Da lo mismo, él no se ha de burlar
de nuestro desconsuelo».
Y dicen las estrellas desde el vasto confín:
«No hemos de responder severamente
a esa mirada dura e imponente
con que a veces nos mira,
no hemos de fustigarle ni mirarle con ira,
pues él es con nosotras uno, principio y fin».
.
ELLA A ÉL
Cuando adviertas del Tiempo en mí la dura huella,
del rostro la loada belleza fugitiva,
olvidada mi fama de impoluta doncella
y mis ojos ya sin su luz clara y altiva;
cuando la razón muestre al deseo su traba
y admita la evidencia sin que lo hayas notado,
rememora las gracias que antaño atesoraba,
el día en que lamentes que se hayan marchitado.
Recuerda que la pérdida, y no la culpa, es mía,
que es caballero el tiempo, mas su trato incorrecto,
y sabiendo que mi alma la misma es todavía
–la que antes de causarte dolor perecería–,
¿no le darías en nombre de nuestro antiguo afecto
la mano en el declive sombrío del Trayecto?
.
EL TORDO EN EL CREÚSCULO
Apoyado en la cerca miro el prado,
como un espectro gris cae la helada,
los posos del invierno han sepultado
el ojo de la tarde desolada.
Hiende el cielo la rama retorcida
como la cuerda de un arpa quebrada
y todo el que salió de amanecida
busca el tibio calor de su morada.
El paisaje semeja las facciones
de un eterno cadáver solitario,
son su cripta los negros nubarrones
y el viento es un lamento funerario.
El pulso primigenio de la vida
bajo la dura tierra se estancó
y cada alma semeja tan perdida
y falta de esperanza como yo.
Mas de repente, desde la enramada
sombría, surge, sin que venga al caso,
un grito de alegría ilimitada
en el corazón mismo del ocaso:
un viejo tordo débil y aterido,
minúsculo y con plumas desmochadas,
su alma descargar ha decidido
sobre las parameras desoladas.
Tan escaso pretexto para un grito
de dicha tan extático y rotundo,
hay en las cosas de la tierra escrito,
en todos los rincones de este mundo,
que pienso estremecido si aquel ave
no guardará en sus plumas escondida
una esperanza que tan sólo él sabe
y que yo no tendré nunca en la vida.
.
DOS QUE ESPERAN
Mira hacia mí una estrella:
«Aquí estamos tú y yo,
cada uno en su lugar,
¿qué piensas hacer tú?»,
pregunta ella.
Digo: «Por lo que sé,
dejar que el tiempo pase
y aguardar mi final».
«Eso mismo haré yo»,
dice la estrella.

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