Poesía,

Tres poemas de Antonio Jerónimo

Jerónimo_ copia

Antonio Jerónimo (Acayucan, México; 2005). Es un estudiante de odontología y poeta mexicano. Ha publicado varios de sus poemas en antologías colectivas de alcance nacional e internacional; México- Chile “instante de olvido” bajo el sello Mítico Editorial, la revista española Aullido, ERRR Magazine y Revista La Otra.


notas entorno al margen de un límite

Itzel todo este corazón
………………………….avulsionado se seca
sucede que pronto nos cansaremos de ver mandíbulas grises
………………………….………………………….y dejaremos que todo se pudra
yo veo como el espejo fractura el vientre de los pájaros
…………………..yo veo como esa dentadura se fatiga y se disloca

el tiempo se arquea Itzel
………………………….así como la corteza del cuerpo
así como la última radiografía que me enseñaste
a contraluz es dolor domesticado
………………………….cadáver invadido por
………………………………….el recuerdo del movimiento

afuera el futuro es pulpa desgajada

estamos suspendidos Itzel
queriendo salvar la ceniza abrasiva
………………………………….de lo que nos sostenía
huyendo de la espina enfermiza
que agujerea con fuerza
………………………….la respiración que no tiene forma

cuando me dijiste que el cuerpo era una radiografía
lo deshabité y clamé por misericordia
………………………….buscando entre mis huesos opacos
una tiernísima fisura que filtrara
todo el vacío que me incendia

cuerpos como este
opacos e incapaces de quedarse quietos
………………………….son irremediables
y demasiado silenciosos para
encontrar un lenguaje que los encarne
y los llame por su nombre

cuerpos como este
se quedan tiritando en la puerta
o talvez en una radiografía aturdida
………………………….que nadie nunca
…………………………………pudo diagnosticar

afuera el futuro es pulpa desgajada

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Parafraseo de la presa ( o versión del castigado)

I.
De las grietas de tus dientes salían pájaros e insectos emitiendo sonidos opacos cuya boca no podía pronunciar. Yo observaba como un ciervo ciego, lamiendo la mano de su cazador, saboreando el perfume del presagio, creyendo que era alimento eterno. Quien nace en su pasado nace creyendo que la fruta podrida es dulce, crece esperando que su cazador le dé una caricia y muere sin recordar el arrullo de su nacimiento.
Una especie de fiebre me recorría la boca; escupía una y otra vez, como quien canta una canción de cuna a un bebé sordo. En la casa, la cama era hacha y el cuarto una criatura a punto de huida. Entre las grietas, la mirada del cazador era una espina que se filtraba, una picadura enferma que se desleía en la lengua del tiempo. Hay que decir que el veneno no es más que líquido que no encaja en la vida. Yo también era un ser extirpado que no cabía en la mano de la tierra, porque alguna vez el cazador me había dicho que los que estamos fracturados existimos en pedazos, sin totalidad.
La última vez que tuve palabras, el tiempo era pegajoso y pesado; apenas sabía respirar. De todo mi cuerpo brotaban polillas, y yo pulía sus alas una a una hasta dejarlas sin ningún peso o alimento. Era materia contaminada, barro infectado de la multitud nocturna. Incluso el viento tenía llagas y se extendía amoratado por la habitación, intentando mutilar los tentáculos de la ciudad permeable.

II.
Cuando el cazador me alimentaba, un sabor amargo me recorría el tórax. Tragaba sigiloso, como quien es fuego en esta tierra de papel, como quien corre entre perros rabiosos buscando un tacto eterno. En el envés del futuro, lo último que había de quedarme era el cazador, el testigo, la residualidad cotidiana que me inoculaba a la realidad, lo único que me pertenecía para poder decir que había existido. Porque así somos los que no tenemos fecha, ni madriguera, ni piel gruesa que nos amortigüe del golpe de la muchedumbre; porque así somos los que escribimos desde el útero del cosmos, buscando el órgano rojo o una lengua cursiva en la que no se entienda que el hálito se escapa la intemperie.

III.
Era incurable esa fiebre desastrosa, era noche espesa, demasiado oscura para ser habitada, salvo por las pesadillas y los calambres que el granizo interno socavaba en la boca de quien habita al cazador. A veces las presas no somos más que lluvia dispuesta a lavar las manos teñidas del cazador, sombra que se diluye cuando las antorchas tocan nuestro esqueleto.

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un paisaje de reminiscencias

un beso primerizo es un grito empedrado: mudo
…………………………los labios cicatrices tristes
que no heredan más que la espera
que nunca llega
no heredan más que la palabra
…………………………que ata al dolor del mundo

besar por primera vez
es consignar el pulso trocado
hasta ayer no recordaba a mi madre
hoy estoy en esta habitación absurda
con la respiración opaca adosada a la ropa

el cuarto huele a incienso de canela
me mareo, cedo mi figura a la suya
ver dos hombres besándose me asquea:
recuerdo el dicho de mi madre
se enreda en las almohadas

…………………………los sonidos de la ciudad
se ocluyen con los relámpagos
dos hombres se besan, nos seguimos besando
nos besamos de todos modos