Poesía,

Un mundo enfermo de inquietud, de Víctor García Vázquez

VGV

Víctor García Vázquez, nacido en Escuintla, Chiapas, es un maestro de la palabra, del verso, de la poesía. Armado con las herramientas de la lingüística y la literatura comparte sus saberes en esta universidad, o en aquella otra, o en un territorio oculto en el istmo, o en la frontera sur, o en una cafetería, o un autobús nocturno dirigiéndose a un encuentro de escritores. Él empuña la pluma con la fuerza y firmeza con que los hombres de campo empuñan el machete; en su caso, para realizar un trabajo de orfebrería y filigrana, que, aplicado en cada verso, plasma en ellos sus emociones, sus conocimientos, su pasión.

Él no se hunde en la melancolía o la depresión de los fugaces poetas fulgurantes; él, diligente obrero en acción cotidiana, se sumerge por voluntad propia en el pasado donde puede reflejar los fragmentos de su alma refractaria, indomable.

Su visión posmoderna de la poesía y de la vida encuentra anclaje en el presente y también diez décadas atrás, cuando en estridentismo mexicano irrumpió en el mundo, interesado en lo moderno versus la barbarie revolucionaria, y que pretendió romper con los cánones estéticos establecidos en su época, para plantear una plástica que exige, entre otros temas, la participación del lector.

Ése también era un mundo enfermo de inquietud, que pretendía renovar la literatura y, de manera especial, las estéticas poéticas dominantes en la tradición mexicana, para apostar por la modernidad, a veces, considero, con la ilusión de que ese rompimiento, de que esa nueva propuesta ilustrada con palabras, metamorfoseara a su paso el mundo real.

Un mundo enfermo de inquietud, de Víctor García Vázquez.

Víctor, a diferencia de los estridentistas, no rechaza el pasado, tampoco lo rescata y mucho menos lo salva. Él lo hace suyo en Un mundo enfermo de inquietud, y desde ese territorio anímico, ejecuta diestro su poesía que apunta al futuro sin perder de vista lo ya ocurrido.

El primer poeta a quien García Vázquez convoca en la sección “Enfermar al mundo de inquietud”, es al polifacético Germán List Arsubide, nada más que lo recrea mixturizado. Me pregunto si es el primero en este libro por ser originario de esta tierra poblana, donde Víctor ha vivido la mayor parte de su vida profesional, o si la razón se funda en que fue el último estridentistas en morir, y, bíblicamente recordar que los últimos serán los primeros.

German List come una cemita rastafari en el mercado angelopolitano de El Carmen. Ahí nuestro autor combina siglo y medio de dialectos musicales, con la arrogancia contemporánea de estudiante que pretende vivir y atrapar la vida a través de su smarthphone, ¡oh, yeah! El poeta poblano, en estos versos, es un caballero noble que mantiene la anticuada costumbre de no caer en el adulterio, pero que puede mover el cuerpo al ritmo del reguetón y lanzar besos tal drag queen a una marcha arcoíris. Él vence a las contemporáneas ortopedias de la memoria que pueden volver cualquier escena en trend topic, con aguacatazos derriba milenials y baila música yankee.

En la siguiente sección nos espera Manuel Maples Arce. Él es un poeta estridentista, que irrumpe multicolorido y desafiante, contra el tejido monocromático de su ciudad de origen: Papantla, la cual recorre en un mototaxi que le permite ganarse la vida y difundir sus versos en hojas vegetales.

Es el mismo que fue representante diplomático de México en media docena de países lejanos. Es el mismo que escribió sobre tranvías, ciudades, despedidas y andamios interiores. Es el mismo que presentó al estridentismo en la cercana Xalapa. Es el mismo que aparece en Un mundo enfermo de inquietud convertido en un personaje que cumple sus sueños revolucionarios, desdeña la fama e invita a huir como un medio de salvación, medio que puede ser roto, acaso, por el amor.

Cito:

Camaradas, he dejado mi moto náufraga,
He desatado mis pies de los mástiles totonacos,
Me he liberado de los espías extranjeros,
Que me acosaban con cámaras digitales
Y plumas mecánicas para descubrir el prisma de mi ADN.
Me he liberado, Camaradas libérrimos,
De la necesidad de comer y de beber.

Sólo el amor orgánico es indispensable,
Sólo el amor es vital para encontrar la muerte
Y aquí estoy, camaradas, con mi amada intersexual,
Para que juntos logremos descabezar la dictadura sólida
Y nos devuelvan el agua vacía de los espejos.

El médico, político y poeta potosino Salvador Gallardo Dávalos, para García Vázquez en un sol negro, un sol eclipsado, un sol decadente. Según leo en nuestro autor, si el poeta volviera a nacer o pudiera caminar entre estas calles, reuniones literarias y presentaciones de libros, pasaría anodino, despreciando desde la distracción las posibilidades de llevar su obra al protagonismo viralizado, a las cimas del canon, y en cambio hundirse con sus actos, aunque en contra de su voluntad, entre los brazos del desprecio y el desdén que sufren los escritores olvidados del talento, de la buena suerte y del éxito.

Este Salvador moderno, incapaz de salvarse a sí mismo, simula caminar solitario por entre los versos de Sol negro. Etéreos escritores grises y agrisados de distintas épocas, tamaños y sueños lo acompañan entre las sombras de su realidad sombreada, sabiendo, sin comprender por qué, que su vómito literario no interpela ni emociona a nadie.

Me quedo estacionado ante estos versos que releo, y releo, y releo, y también sufro imaginando un similar destino. Yo, como Víctor, nunca reconoceré haber escrito estas últimas líneas.

Arqueles Vela, hijo de la frontera sur, caminó solitario entre los estridentistas, defendiéndolos en su espíritu incendiario, pero tras la seguridad blindada de un medio nacional, El Universal Ilustrado, y, por si esto fuera poco, protegido por un seudónimo, Silvestre Paradox.

¿Es por eso que Víctor lo cangrejiza para luego colocarlo, solitario y perdedor, en un diamante beisbolero? Eso nos lo dirá el autor, pero percibo en sus líneas un reclamo, quizá sea el que le hace el artista al crítico, quizá solo sea mi imaginación.

Ante el lector se abre una nueva sección del libro. Lo que sigue son Los globetrotters del estridentismo.

Víctor golpea tres veces la mesa de madera mientras invoca a Kin Taniya. ¿Pudo ser aquel que escribió:

Padre mío
Que estas en los cielos
¿desde allá arriba o se oye el dolor?

Quien pocos meses atrás le susurró a Víctor al oído:
Ángel nuestro que inventaste volar a ras de suelo,
Y quedaste pixeleado en árboles florecidos
¿desde allá arriba no se escuchan las estridencias?

¿O fue nuestro poeta chiapaneco quien viajó al pasado para posesionarse del poeta parisino, y con sus conocimientos modernos obligarlo a reescribir mensajes inalámbricos con tal de sobrellevar una pandemia?

La magia de los globertrotters surge en cada uno de los siguientes poemas. Los autores del pasado apenas se asoman un par de ocasiones más. Todo lo demás brota de la mano del poeta, ahora sin evocaciones, aunque el homenaje estridentista continúa.

Los poemas son polifónicos, conformados por imágenes fieras, sino es que dolorosas, que sólo pueden ser comprendidas a cabalidad, después de un análisis minucioso de cada verso, con la tarea necesaria de abrirnos después a una mirada panóptica que abarque la totalidad.

Este libro no debe ser medido por su extensión, sino por su profundidad, y por su crítica.

Cito:

Gran aportación de los veganos: con nopal inventaron bolas de piel. Un helicóptero navideño se desplomó con dos gobernadores, en el taxi aéreo también viajaban tres seres humanos…

Aunque también puede ser cuantificado por sus dosis de dolor:
Una mariposa se desprendió del bulto
Y se vino a posar den mi nariz para decirme
Que te habías destrozado contra un árbol,
Que quisiste ser lepidópetero de carne,
Pero te falló el vuelo
Y desgarraste tus alas en un roble florecido.

Conozco a más de uno que con estas líneas lloraría por sus hijos.

La magia de la obra sigue rebotando globertrotterianamente entre nombres, escenarios, imágenes, e iguanas que se dan porrazos estridentistas.

El último tramo le toca a Elena Álvarez escritora militante de la izquierda, que vive una actualización al puro estilo Windows, para grabar un podcast que exorciza el silencio. O al menos eso pretende, otra vez con líneas reaccionarias, que narran o poetizan cómo las infinitas voces rodeándonos nos acallan, nos invisibilizan, nos dejan con nosotros mismos como únicos escuchas de nuestros pensamientos, ideas y deseos.

La perspectiva revolucionaria no está en la negación o la crítica de la modernidad galopante que nos salvajiza, sino en la de abrirnos a escuchar fidedignamente otras voces, amén de la nuestra.

Y quizá, pienso, esa última metáfora descubre las bases desde donde se fundó este libro: me refiero a las voces del pasado que se recuperan entre estas páginas, a las muchas voces que fueron invocadas para alejarlas del olvido a partir de la modernización de los contextos, a las múltiples voces emitidas por el poeta Víctor García Vázquez, y que también son reflejos de nuestras voces personales, reflejos en los que vemos reverberar nuestras perspectivas de la existencia, mientras los leemos como una invitación a ampliar nuestras formas discursivas, tal vez, solo tal vez, para adoptar a nuestro modo, el espíritu estridentista.

Luis Antonio Rincón García (Tuxtla Gutiérrez, 19 de julio de 1973) es un escritor mexicano que se ha dedicado en los últimos años, principalmente, a la literatura infantil y juvenil, así como al guionismo televisivo. En el 2019 el H. Ayuntamiento Constitucional de Tuxtla Gutiérrez le hizo un reconocimiento por su obra literaria "que se inscribe en la tradición de los grandes escritores chiapanecos".

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