Fernando Trejo
Existe una distinción sutil, casi siempre ignorada por la prisa del presente, entre recordar y nostalgiar. Si recordar nos ayuda a vivir el presente, la nostalgia, tal como la presenta la Cofradía del Guanacastle en su colección de crónicas, es un estado de ánimo que se impone, un signo inevitable bajo el cual la existencia se ha vuelto una deuda perpetua con el tiempo ido. Bajo el signo de la nostalgia (Carruaje de Pájaros, 2025) es, por encima de todo, un acto de resistencia literaria: una defensa escrita en Chiapas contra el olvido que todo lo devora, y al mismo tiempo, un lamento por todo lo que ya no puede volver, pero que las autoras se niegan a dejar de nombrar.
La obra funciona como un archivo afectivo donde lo personal se convierte en cartografía cultural. Desde las salas añejas del Cine Comitán, descritas por Elena Díaz Carrión, hasta el rescate arqueológico y museográfico de Martha Elena Cruz Figueroa, o el eco de las tertulias literarias en la Cofradía de San Jacinto, de Violeta Pinto. El libro traza un mapa de lo que fue el esplendor de una época en Tuxtla y Comitán: un tiempo donde la vida pública, el arte y la amistad funcionaban como vasos comunicantes. Sin embargo, la crítica inherente a la obra reside precisamente en su título, que anticipa la derrota. Como bien lo plantea Enoch Cancino Casahonda en el verso que bautiza el volumen, la nostalgia surge cuando los caminos del asombro se han cerrado y nos hemos quedado completamente solos. La nostalgia, en este contexto, no responde a una elección estética, sino a una imposición cultural que nos obliga a buscar amparo ante la falta de sentido del mundo contemporáneo.
Para entender bien el lado crítico de la nostalgia, hay que alejarse de la idea típica de que es solo extrañar las cosas bonitas del pasado. En realidad, este sentimiento tiene que ver con desear algo que ya no va a volver, haciéndonos muy conscientes de la enorme distancia que hay entre lo que de verdad pasó y lo que hoy nos queda en el recuerdo. Eso es justo lo que define el trabajo de estas autoras: una especie de resignación donde aceptan que el presente se queda muy corto y que nunca va a estar a la altura de lo que fue la memoria.
Aquí se halla el gran mérito y el gran dolor del libro: las autoras se niegan a endulzar el pasado. La crónica de María Eugenia Díaz de la Cruz sobre el Rancho del Niño, por ejemplo, no concluye con la imagen nostálgica de los chapuzones infantiles, sino con la devastadora realidad de la actualidad: el sitio cerrado por litigios, el río contaminado por herbicidas y drenajes, y la depredación de la zona. Este desenlace es una herida abierta. Es una crítica sociológica disfrazada de recuerdo: la modernidad, el progreso no medido, ha aniquilado el paraíso, y la crónica solo puede levantar un acta de defunción, sin ofrecer redención.

De manera similar, Socorro Trejo Sirvent, al evocar la figura del poeta Carlos Pellicer y su amistad con escritores chiapanecos, utiliza la resurrección poética (“los poetas de verdad no mueren; sólo resucitan”) como un consuelo formal, pero el tono melancólico persiste en la necesidad de recordar anécdotas para mantener vivo al poeta tabasqueño, precisamente porque su tiempo y sus amistades ya no habitan el plano terrenal. La crónica se vuelve un collage de fragmentos, donde cada detalle rescatado es una ruina valiosa que debe ser preservada de la tempestad de la historia.
El aspecto sororo del libro es fundamental. La Cofradía del Guanacastle es la conciencia colectiva que se articula a través de la memoria compartida. En un mundo literario tradicionalmente dominado por el monólogo y la figura solitaria del escritor, este volumen ofrece un contrapunto: la crónica como diálogo y el recuerdo como pacto.
En la presentación de este volumen, Héctor Cortés Mandujano evoca el origen primordial del relato: el fuego que congrega, y es en ese mismo espacio de comunión donde este libro halla su casa, ahora habitada por la experiencia de las mujeres. La amistad, entendida como un pacto entrañable de complicidad, sostiene la arquitectura de estas páginas. Las autoras escriben por y para sí mismas, transformando lo aparentemente sencillo en un testimonio de hondo valor humano. Así, la gestión cultural en Bochil a través de Clara de Carmen Guillén, los primeros trazos de un fraccionamiento en la voz de Gilda Rincón o la íntima nostalgia por las navidades idas en la mirada de Yolanda Molina, dejan de ser estampas pasajeras para convertirse en piezas fundamentales de nuestra memoria colectiva.
La amistad, como un ancla, les permite mirar el pasado de manera colectiva. Sin embargo, el inevitable paso del tiempo significa que hasta las bases físicas de su unión se tambalean. Cuando Virginia Marín Corzo narra la extraña anécdota del hombre que vivió para contarla en Loma Bonita, la crónica se reviste de una atmósfera de lo inasible, lo inverosímil, un reflejo de cómo la realidad misma del pasado se vuelve un relato improbable a medida que se aleja. El lector asiste al nacimiento de una leyenda local, teñida con el miedo y la extrañeza de un mundo menos conectado y más salvaje, que contrasta melancólicamente con el presente.
Las autoras, a través de sus recuerdos, nos invitan a un banquete de sombras. Visitamos auditorios que cambiaron de nombre, museos que se movieron de sitio, cines que se extinguieron para dar paso a cadenas modernas y celebraciones navideñas que perdieron su magnificencia artesanal. Cada recuerdo es, pues, un epitafio.
El valor de Bajo el signo de la nostalgia reside en no ofrecer soluciones, sino en validar el dolor de la pérdida. En lugar de negar el avance del tiempo, las cronistas se posicionan en la dignidad de quien ha visto las cosas más hermosas desaparecer y tiene el temple para documentarlo. Han entendido que la única manera de vencer al signo que las gobierna no es escapar de él, sino sumergirse en su luminosa oscuridad. Es una postura estoica: el mundo material traiciona, pero la crónica, la palabra esculpida entre la Cofradía, permanece.
Este libro es, en última instancia, un espejo. Nos confronta con la verdad incómoda de que habitamos un presente fragmentado y nos ofrece el consuelo de una hermandad que entiende la melancolía como una forma superior de lucidez. Es el eco tardío de una risa compartida bajo la sombra de un guanacastle, sabiendo que el árbol mismo, frondoso y eterno, es también un espectro de la naturaleza que se retira. Qué hermoso fue lo que tuvimos, y qué doloroso es ser la única voz que lo atestigua.
Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1985). Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Cuaderno invertebrado, Travelling, bérsame, Solana, Ciervos, Base Atenas, La abuela está en la casa porque he visto su voz, En los ojos del mar, Las armas que me dejó la guerra, Tristera y Junk. Ha sido becario del PECDA, del IMCINE y del FONCA. Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2018, el Premio Nacional de Poesía Tijuana 2022 y el Premio Nacional de Poesía Colima Griselda Álvarez 2025. Es director general del Colectivo de Arte y Cultura Carruaje de Pájaros. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.





