Narrativa,

Cristales, de pronto; cuento de Giacomo Orozco

Foto_Claudia Almandoz
Foto: Claudia Almandoz.

Todos los días a esta hora canta una canción. Lo veo a través del vidrio, allá abajo, en la otra casa. Su cabeza es enorme y le hace doblar el cuello hacia atrás. Sentado en el jardín vecino, sobre una silla de hierro, hace salir una voz aguda y cristalina que oscila y serpentea con los tonos de una canción que, si no es inventada, hace mucho se volvió una versión irreconocible. Pero contra todo, escucharlo es hermoso.

No sé su nombre pero mi esposa y yo le decimos El Cabezón. Tal vez somos crueles; en ocasiones como esta, cuando le digo que El Cabezón ya empezó a cantar y ella se acerca conmigo a la ventana y nos abrazamos mirando nuestros reflejos tenues sobreponerse a su cuerpo frágil y distante, estoy convencido de que no lo somos. Pero alguien más pensaría otra cosa, válidamente.

Hay una tristeza muy larga y muy pesada en su voz. No parece una música humana. Hace algunas semanas encontré el único sonido vagamente comparable: un video en internet en el que una mujer toca un instrumento que yo no conocía. Dos antenas de acero, una vertical y la otra horizontal, que crecen de una suerte de caja de madera. El video es a colores pero parece viejo, y ella también; tiene el cabello envuelto en una pañoleta y un vestido oscuro que sube hasta su cuello.

La mujer tiene una expresión detenida y abismada, de éxtasis; sus ojos no están cerrados ni abiertos y sus labios estrechos no murmuran ni tararean. Es un ángel de piedra. Para tocar el instrumento su mano derecha hace señas, movimientos acotados y tensos alrededor de la antena vertical. La mano izquierda permanece junto a la otra antena, un poco más abierta, como enseñando calma. Hay un piano que la acompaña pero el sonido de su instrumento es demasiado resplandeciente. Es un canto boreal, una frecuencia lumínica que posee más ternura que casi todas las voces humanas que he escuchado. Únicamente la de El Cabezón se le parece, y la supera.

La primera vez lo escuché yo solo y creí que no podría repetirse nunca porque me convencí de estarlo alucinando. Mi esposa había salido a hacer compras, y yo, como siempre que se ausenta, rondaba con el dedo en un libro medio abierto que no iba a leer. Recuerdo subir las escaleras hacia el estudio, mis pies descalzos en la alfombra sucia y abultada. Y entonces, en el instante preciso en que pasaba junto a la primera ventana del segundo piso, escucharlo.

El sonido fue un prisma. La luz dentro de nuestra casa parecía refractarse y un sentimiento de irrealidad y pasmo engrosaba el aire y mis movimientos. Primero sentí sorpresa, luego algo como un miedo que no terminaba de serlo. Me acerqué a la ventana, y apoyándome sobre el poyete, busqué con la mirada.

Estaba ahí, en el jardín vecino, a la sombra de un árbol muy grande. Junto a una mesa de fierro blanca, su silla clavada en el pasto. Y encima él, rendido, el cuerpo decayendo por el peso de su enorme cabeza. Sus extremidades eran tan delgadas que la misma fuerza con la que se aferraba a la silla y a su propia fragilidad parecían poder romperle los huesos. Se encontraba demasiado lejos como para discernir su expresión, pero deduje (o imaginé, quise imaginar) una de calma absoluta. La voz se expandía por el aire como un anillo de cristal. Y sobre todo, me infundía una tristeza inmensa que era dulce y que yo quería seguir sintiendo.

Me sentí sobrecogido. Esa primera vez estuve escuchándolo hasta que se detuvo y cuando lo hizo no supe si levantarme. No se me ocurrió que pudiera voltear hacia arriba, a nuestra ventana, y descubrirme espiándolo. Nunca ha hecho algo así. Pero entonces, aunque no sabía cómo irme, tuve la sensación de ser advertido y de todos modos aceptado por él.

Cuando mi esposa volvió se lo conté. Dejando un par de bolsas de plástico en la cocina, me vió con una sonrisa y cejas levantadas. No era incredulidad, era un interés, pero no por lo relatado; sino por la narración que, para ella, yo me formaba en la cabeza gracias a la desmesura del ocio. Pareció descartarlo con cariño, y yo, mientras la frescura del recuerdo se fundía, también creí más en mi exageración y susceptibilidad que en los instantes con su música.

Eso no quiere decir que al principio no haya sido admitida su existencia o sus cantos en la tarde. Ella me dijo que, al igual que yo antes de aquel día, nunca lo había visto, pero que no tenía motivo para pensar que mi experiencia fuera imposible. Discutimos lo concreto; los vecinos eran una pareja de viejos a quienes no les conocíamos hijos ni mucho menos nietos, pero podríamos estar equivocados, o podía tratarse de un sobrino enfermo, un familiar deforme que acogían quizá por buena voluntad o para hacerse un poco de compañía o sentirse misericordiosos.

Pero en ese momento faltó la experiencia para sustentar el sentimiento que yo no podía transmitirle con palabras. Tuve que esperar a la tarde siguiente, cuando ambos trabajábamos en nuestro estudio, a esa misma hora, dándonos la espalda, cada quien frente a su computadora.

Vino de pronto. La voz comenzó débil, cristalina, y luego fue creciendo. Creo que yo me sentí más sorprendido que ella, inquieto y aliviado de que el fenómeno se repitiera. Me puse de pie y caminé hasta la ventana. Estaba ahí abajo de nuevo, en el mismo sitio y posición que el día anterior. La sombra del árbol era una alfombra de manchas alargada bajo sus pies, y lo que ahora se discernía como una bata blanca que le alcanzaba los tobillos se sacudía con un viento pasajero. Apoyado contra el cristal, la sentí a ella venir. Asentía comprendiendo, hipnotizándose junto conmigo.

Después de eso, cada día compartimos el ritual de verlo y escucharlo. Lo nombramos con el paso de las tardes, al principio como una broma (porque solo con humor podíamos acercarnos a los hechos) y luego con ternura. Hicimos teorías acerca de su origen y de su relación con los vecinos. Alegamos acerca de su edad ambigua e indiscernible. Nos debatimos su sexo, pertinentemente. Pero sobre todo nos preguntábamos por su voz; discutíamos el motivo de su efecto sobre nosotros, el propósito con el que, desde su aparición súbita, El Cabezón cantase en ese sitio preciso a la hora exacta. Su canción se había vuelto un signo cotidiano, un momento cíclico que, a pesar de la costumbre, si se le prestaba la atención adecuada siempre cobraba aún más belleza.

El día que descubrí el video de la mujer con el instrumento se lo mostré a mi esposa; me dijo que el instrumento se llamaba Theremín, pero se consternó cuando quise hacer evidente el parecido entre ambos sonidos, entre su agudeza y su resplandor. Para mí eran casi idénticos, aunque la voz de El Cabezón tuviese un registro más alto y fuese incontables veces más hermosa. Pude notar una duda incómoda y ligeramente oscura en el descenso de su mirada y el endurecimiento de su  postura antes de escucharla declarar: no, para ella no podrían haber sonidos más distintos en el mundo; la voz de El Cabezón la estremecía porque poseía una gravedad, una textura intrincada y nocturna, absolutamente opuesta a la cualidad alta y cristalina que yo describía.

No lo discutimos más. No por miedo sino por un cierto respeto, por una devoción silenciosa a los fenómenos del mundo, a las cosas inexplicables que solo piden nuestra fe y nuestra entrega para darnos su belleza.

Todas las tardes desde entonces venimos a la ventana para espiar y oír a nuestro débil místico, el cantante enfermo que descansa en una silla del jardín vecino. Ahora mismo lleva unos minutos de haber comenzado. Yo estoy apoyado contra la ventana, y tengo un brazo sobre el hombro de mi esposa. Su cuerpo está muy cerca al mío y su mano me sostiene de la cintura, con fuerza. Nuestro reflejo se mezcla con su cuerpo lejano, nos hace parecer a nosotros atrapados en el hielo y a él libre en su paraíso. Hemos abierto un poco la ventana para que el sonido llegue mejor, más nítido, aunque sea tan diferente para cada uno. Entonces ella acomoda su cabeza contra mi cuello, y murmura algo con amor. No logro oírla del todo, y le pido que lo repita.


(Cuernavaca, Morelos, 2000). Ha recibido formación en artes visuales por el Centro Morelense de las Artes del Estado de Morelos (CMAEM) y en literatura y escritura creativa por la escuela de escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), así como diversos talleres en otras instituciones. Ha participado en distintos proyectos de artes visuales y en eventos de difusión literaria con la lectura de textos de su autoría.