Narrativa,

El amarre, cuento de Mariana Rosas Giacomán

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Foto: Irán Aranda.

Lo único que a Julia le entusiasmaba de el amarre era la idea de que al hacerlo se sentiría dentro de su novela favorita, Aura de Carlos Fuentes. El olor a hierbas mojadas del mercado recordaba a la casa de Donceles en la que el protagonista Felipe Montero terminaba por cuestiones de azar y se enamoraba de Aura, la joven de ojos verdes. Julia también se había enamorado de unos ojos verdes y fue por ello que sus amigas, hartas de escucharla suspirar, la llevaron después de clases al puesto de brujería del mercado de la colonia. Mira, le dijo una de ellas, si no quiso por las buenas esto es exactamente lo que hay que hacer. Y no le saques, te juro que sí sirve.

Pero Julia no estaba muy convencida, ni tenía especiales ganas de gastar los doscientos pesos que se había ganado redactándole un ensayo de Ética a uno de sus compañeros más despistados. Tampoco quería decir su nombre en voz alta, Álvaro, porque temía que la mujer que se encargara del hechizo la observara y detuviera su mirada en sus pantalones verdes del uniforme de deportes y le dijera yo tengo un sobrino llamado Álvaro que estudia en el mismo colegio que tú. O de no ser así, temía que alguien la escuchara, quizás un grupo de amigos que se dirigía al puesto de paletas heladas, y al lunes siguiente la rebautizaran como la niña bruja por el resto de su estancia en la preparatoria: dos años y cinco meses. Incluso temía que Álvaro apareciera tras ella, invocado al momento de pronunciar su nombre en un hechizo. Relájate, repetían sus amigas, ¿te gusta o no? Y Julia asentía con la cabeza: sí, sí me gusta. ¿Entonces? Además no pierdes nada con intentarlo.

A diferencia de lo que creían sus amigas, no podía decir que ya lo hubiera intentado por las buenas. No podía siquiera pasar a su lado sin sentir que la piel de su rostro se quemaba en un sonrojo que de ser visto la delataría ante él. No podía oler la loción de Álvaro, que inundaba todo el salón en el momento en que llegaba a su primera clase, sin que le temblaran las piernas y tuviera durante unos breves segundos la sensación de que había perdido el control sobre su propio cuerpo. Prefería huir, ocultarse de él como una niña jugando a las escondidas. De poder elegir entre desaparecer para siempre ante la mirada de Álvaro y el amarre, hubiera elegido desaparecer. Pero el mundo no es para tibios, le había dicho una de sus amigas, ni en la política ni en el amor.

Las cuatro se detuvieron frente al puesto más concurrido, el de mística y brujería, y se sentaron a esperar su turno. Frente a ellas una mujer rubia enlistaba en voz alta una serie de objetos que llevaba anotados en una lista de supermercado: tres velas blancas, tres velas rojas, una vela rosa, una vela abrecaminos, ruda, jazmín y un largo etcétera. Dos adolescentes ayudaban a la mujer encargada del local a buscar las velas en las estanterías repletas de santos y figuras de corderos, de jabones, esencias e inciensos. ¿Pues a quién quiere matar? preguntó una de las amigas de Julia en voz baja antes de empezar una conversación sobre los exámenes y los chismes de la semana. Julia escuchaba a medias, se reía y volvía a hundirse en sus pensamientos. No conocía a nadie que alguna vez hubiera hecho un amarre (o que admitiera hacerlo) aunque a veces se preguntaba si el amor de sus padres era genuino o si había un embrujo de por medio. Ella ya se hubiera divorciado de cualquiera de los dos. Pero la forma en la que se miraban cada mañana al desayunar, a pesar de las dos décadas de hacerlo y a pesar de la discusión de la noche anterior, solo podía ser magia. No se imaginaba tener lo mismo con alguien, ni siquiera con Álvaro, ni siquiera en sus sueños. Pero el amor en su experiencia reciente se trataba precisamente de la ocurrencia de lo extraordinario, porque jamás se hubiera imaginado enamorarse de él. Hasta el día de la fiesta su relación era sencilla: se saludaban en la escuela, platicaban un par de minutos y compartían algún chiste a lo largo de las clases. La conversación nunca se alargaba, ni siquiera sabían el segundo apellido del otro. En la fiesta -con el motivo del fin de los exámenes- platicaron diez minutos y cantaron a gritos la misma canción, cada quien con su grupo de amigos. Y cuando los ánimos comenzaron a decaer y las bebidas a acabarse, alguien lo propuso: los reto a besarse.

Álvaro y Julia se dieron un beso tibio y fugaz. Todos a su alrededor gritaron, tal vez de sorpresa, tal vez de asco o tal vez de emoción. Después aplaudieron como si fuera el final de una película. Álvaro la miró en silencio, no dijo nada ni lo hizo en el resto de la fiesta. Solo sonrió mirándola a ella y nada más, como si los gritos y los aplausos a su alrededor fueran perceptibles solo para Julia. La mano cálida de Álvaro permanecía en la cintura de Julia y la otra dentro de su palma helada. Cuando se soltaron dio un paso hacia atrás, aún mirándola, aún sonriendo, y se reintegró a la fiesta. No volvieron a hablarse hasta la escuela, cuando él se sentaba junto a ella para saludarla y ella se levantaba casi corriendo excusándose bajo cualquier pretexto con tal de no tener que volver a mirarlo, o de que la plática se extendiera y él dijera las palabras que ella temía escuchar: finjamos que lo de la fiesta nunca pasó. O un lo siento, fue un error.

Las clases ahora eran largas, larguísimas, porque lo que pasaba en ellas había dejado de importar. Julia no podía prestarle atención más que a la misma nuca y las mismas manos que veía a diario desde que había entrado a la preparatoria, pero que ahora quería imprimir en su memoria como una fotografía. Le daba miedo olvidarlas de la misma forma en la que comenzaba a olvidarse del beso. Había gastado tanto su recuerdo favorito que ya no podía recordarlo. Incluso si ahora intentaba recordarlo no podía, a lo lejos escuchaba aún la voz de la mujer rubia y la mujer del puesto junto a sus dos hijos adolescentes. Alcanzaba a oír frases que la alarmaban y le divertían al mismo tiempo.

Bloqueos karmáticos de vidas pasadas.
Luna en piscis.
Nula compatibilidad numerológica.
Mercurio retrógrado.

Quería hacer el amarre aunque fuera para volver a dormir. Para decirse a sí misma que hizo algo al respecto de sus sentimientos y, en caso de que el embrujo sirviera, dejarse de preocuparse ya que al final las cosas se darían solas. Y de no ser así, convencerse de que en el futuro algo los uniría, como a Felipe y Aura en aquel libro que tanto amaba. La mujer rubia finalmente pagó su mandado y desapareció entre los pasillos de frutas con una enorme bolsa de tela entre los brazos. A Julia le hizo gracia pensar que esa podría ser ella algún día. Sin darle más vueltas se sentó en el banco del puesto, donde la mujer le hizo algunas preguntas sobre el porqué de su visita. Sus amigas la miraban como madres orgullosas y le tomaban video con sus celulares mientras hacían un esfuerzo por contener la risa y no distraer a Julia. Julia contó la historia -como en terapia, se dijo- mientras que la mujer la escuchaba con atención y sacaba pequeñas cajas de las estanterías. ¿Entonces cuál es su nombre completo, corazón? preguntó la mujer después de unos minutos. Julia cerró los ojos como si al hacerlo pudiera huir una vez más y dijo en voz alta el nombre que durante semanas no se había atrevido a pronunciar. Por un instante pudo recordar con exactitud la tibieza del beso, de la mano que la tomaba por la cintura y de la sonrisa que parecía haberle querido decir algo más. No importaba si el amarre no funcionaba, pensó Julia, porque por fin había podido admitirse a sí misma lo que sentía. Sentía, ya no se avergonzaba de ello. Pero al abrir los ojos se encontró con la mirada preocupada de sus amigas, las tres en un silencio de quien advierte un peligro cercano. Habían enmudecido y las sonrisas de complicidad de sus rostros habían sido reemplazadas por un gesto que solo podía ser traducido a Julia, corre. Junto a ellas un par de ojos verdes brillaban perplejos.


(Álvaro Obregón, Ciudad de México, 1998). Actualmente estudia Ciencias Políticas en la Universidad Iberoamericana. Ha publicado cuentos en diversas revistas digitales como “El conejo y el funeral” en El Cenicero de Ideas (2016), “La grieta” en Cuadrivio (2018), “La luz del escenario” en Digo.palabra.txt (2019), “Los Relámpagos” en Letralia (2019) y “Los perros de Cerroblanco” (2019) en La Experiencia de la Libertad.