Poesía,

Fragmentos del libro Ojiva, de Néstor Mendoza

Nestor_M

Ojiva, del poeta venezolano Néstor Mendoza, es un largo poema centrado en una sola imagen: la caída de un proyectil mortal, destructor de todo, sobre la humanidad.  Las veintiún partes del poema, en cuenta regresiva, terminan por llegar a las cenizas, a la ojiva misma tocando tierra y estallando. Pero primero exploran todas las posibilidades de la vida frente a la muerte inminente: la plegaria, el suicidio, el miedo, la resignación… el poeta mantiene esa ojiva cayendo por 20 fragmentos enteros y el lector es testigo lo que hacen los humanos con los instantes anteriores a su completo exterminio.

Si Altazor es el poema de un descenso en paracaídas, Ojiva es la caída de la muerte sin juegos ni escape. Es un poema espeluznante y tal vez profético que sitúa la voz de Néstor Mendoza entre la los poetas jóvenes más interesantes de Venezuela. He leído este libro con honesta admiración y asombro.

Es un gusto enorme que estos fragmentos de Ojiva puedan llegar a los lectores de Carruaje de Pájaros.

Manuel Iris


POEMAS

XV

Huevo que cae y no se rompe
aunque caiga sin bridas del cielo.
Déjate caer y no nos rompas
los huesos con tu centro.
Huevo sideral que de improviso
caes en esta tierra árida, a esta hora.
Huevo de metal o líquido, no destruyas
estos cuerpos que, aunque débiles,
desean seguir tocándose, caminar,
hablar; ovoide que cumple un objetivo
y una dirección, que llegas del cielo,
desde una altura que no podemos
precisar, no nos prives de la respiración.
Acostado, en camilla y en el suelo te rezo,
huevo, ojiva que bajas y que pretendes
darnos la esperada desaparición. Hacia
bajo vienes sin pastillas, acaso vienes con
escasas maletas y alimentos, en cambio
sí vienes con ruido, oh huevo, mucho ruido
y con mucho verbo, con aniquilación.
No nos enseñaron a dejar atrás el mal
y abrirle surcos a la luz, ahora sí, benigna,
que no ciega o aniquila sino que en bello
coro nos da la bienvenida a un nuevo hogar.
Esa luz aún no llega o no la han dejado bajar,
manar, pasearse aquí entre quienes observan
cuerpos celestes que caen, detrás de la neblina,
cortina gris de la calina, calles de la niñez,
tranquilas, cómo podremos volver a tenerlas.

.
X

Tanto se tardó la ojiva en romper que hubo tiempo
para embalar, dormir y traficar. Tanto que el tiempo
alcanzó para vaciar los anaqueles, ya vacíos
de antemano; tanto tardó el impacto que algunos olvidaron
por qué otros aún seguían mirando el cielo, el mismo
cielo que antes miraban todos en unánime coro.
La ojiva cambió los colores de los habitantes. La ojiva
pudo ser un elefante blanco, una pieza de ebanistería.
Eso la hacía más letal; se le teme a lo que puede llegar
a estallar, no se sabe cuándo; eso es peor, se trata del
miedo que gotea poco a poco en la cabeza y va podando
el cabello, va dejando la piel sin Cabello, solo piel antes
de que la piel se desgaste y ya no haya piel sino cráneo,
hueso, solo hueso antes de que se vaya el hueso y venga
otra vez carne, el cerebro, para ser más exactos, y así hasta
desgastar toda la cabeza, no del huevo, sino la nuestra.

.

VIII

El ojo del amo enflaquece el ganado.
La ojiva nos mira. Tiene ojo de dios,
ojo de buey, inmensa bola negra,
que refleja como espejo negro. Ojo
de ganado sacrificado, a punto de ser
sacrificado, a punto de recibir el golpe
con que se acostumbra acabar con la
respiración de las reses, antes de que sean
cortadas y trasladadas a los congeladores
o a un probable plato en nuestras pobres
mesas. No se puede desconfiar de ese gran
ojo que nos mira, venga de donde venga;
ese ojo nos ha estado mirando desde
arriba, en alguna parte de la ojiva, y nadie
lo puede evitar. Ojo de buey o de vaca,
a fin de cuentas, ojo animal que se parece
a nuestro ojo por más que intentemos
una clara diferenciación. Ojo de buey o de vaca.
La hierra del ganado como señal de lealtad,
desde hace varios lustros hasta nuestras fechas,
años y más años de marcas, cruz de huesos.
Me da miedo esa niña que a veces persigue;
me da miedo, mea culpa, su cuerpo, que crece
en la calle rodeada de otros niños que van
creciendo en la intemperie, en la avenida,
cerca de los centros comerciales que les temen
y que los echan porque la mayoría de las veces
piden y en ocasiones se llevan cosas para ellos
y para alguien más que observa a larga distancia.
Me da miedo el crecimiento de esa niña rodeada
de niños: ella es un poco más alta que los demás
niños, ella no sabe cuándo dejará de ser niña o qué
cosa significa el principio de sus senos
y el principio de la altura y el abultamiento
de las nalgas y esa manera de moverse,
algo agitada, como si algo buscara;
temo que su cuerpo crezca más y ella ya no sepa
qué hacer con el crecimiento de su cuerpo.


(Mariara, Venezuela, 1985). Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Ha publicado tres poemarios: Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011;  Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015) y Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas 2016. Su trabajo poético figura en algunas selecciones dentro y fuera de su país natal, entre ellas, Destinos portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente (Vallejo & Co., Lima, 2015); Tiempos grotescos (revista Ritmo, UNAM, México, 2015); Nuevo país de las letras (Banesco, Caracas, 2016), Lyrikaus Venezuela. Nochbleibtuns das Haus (Hochroth Heidelberg, Alemania, 2018) y Antología de poesía iberoamericana actual (ExLibric, Málaga, 2018). Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía, de Ediciones «Letra Muerta», de Poemashumanos.com y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano.