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Hart Crane, una de las voces más singulares de la poesía estadounidense

Hart

Hart Crane nació el 21 de julio de 1899 en Garrettsville, Ohio, convirtiéndose en una de las voces más singulares de la poesía estadounidense del siglo XX. Su vida transcurrió durante apenas 32 años, pero su legado poético transformó la manera de entender la lírica moderna americana.

La obra cumbre de Crane es The Bridge (1930), un extenso poema épico que utiliza el puente de Brooklyn como metáfora central de la experiencia estadounidense y la búsqueda de unidad espiritual en la era industrial. Su estilo se caracteriza por una extraordinaria densidad metafórica, un lenguaje suntuoso y complejo, y lo que él denominó «logic of metaphor»: una aproximación poética que privilegiaba las asociaciones emocionales y sensoriales sobre la lógica convencional.

Crane desarrolló una poética única que fusionaba el optimismo whitmaniesco con las técnicas modernistas, creando versos de gran musicalidad y riqueza visual. Sus poemas exploran temas como la tecnología, la urbanización, la sexualidad y la búsqueda de lo sagrado en el mundo moderno. su muerte en 1932, cuando se suicidó saltando de un barco en el Golfo de México, marcó el fin prematuro de una carrera que había logrado redefinir las posibilidades expresivas de la poesía en lengua inglesa.

Traducción de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal.


FUGA DEL MOMENTO

La sifilítica vendiendo violetas tranquila y margaritas
junto al puesto de periódicos del metro sabe
………………………………………….como jacintos
esta mañana de abril ofrece aprisa
en manojos acabados de cortas—
………………………………………………..y confiere
a cada comprador
………………………………………………………………(del cielo tal vez)
Sus ojos—
……………………….como muletas tiradas contra un vidrio
caen mudos y prontos (cambiando menudo por lirios)
Más allá de las rosas que la carne pueden traspasar.

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POSTDATA

¡Agonía de la amistad! Las palabras me llegaron
al fin tímidamente. Mis únicos amigos finales—
El reyezuelo y el tordo eran buen tema para mí
tras el arco roto del alba. No; sí… ¿O serían
la audible redención, enseña de mi fe
hacia algo muy lejos, hoy más lejos que nunca?

Recuerda el lila de aquella alba, lirios,
su franja de millas junto a los durmientes de la línea férrea
cuando uno se acerca a Nueva Orleáns, dulces trincheras junto al tren
después del desierto del oeste, y la tierra de ganado;
y otras gratuidades, como porteros, bromas, rosas…

¡El arco roto del alba! ¡El más lujoso cuarto del mediodía!
Pero poco hubo fe en la recta bondad del corazón.
Hubo tiquetes y despertadores. Hubo mostradores y horarios;
y una mujer paralítica en una isla de las Indias,
dedos antillanos tomándome el pulso, mi amor para siempre.

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VIAJES (I)

Sobre los frescos rizos del oleaje
brillantes pilluelos desnudos se arrojan puñados de arena.
Han urdido una conquista de conchas de mariscos,
y sus dedos desmoronan fragmentos de algas tostadas
alegres cavando y desparramando.

Y en respuesta a sus interjecciones atipladas
el sol rompe relámpagos sobre las olas,
las olas ruedan truenos sobre la arena;
y si ellos me pudieran oír yo les diría:

Oh brillantes chavalos, retocen con su perro,
acaricien sus conchas y palitos, blancos
por el tiempo y los elementos; pero existe una línea
que no deben cruzar ni confiar más allá
las ágiles cuerdas de sus cuerpos a caricias
que el liquen fía de tan vasto pecho.
El fondo del mar es cruel.

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ETERNIDAD

Después que acabó, aunque aún funestamente soplando,
la vieja y yo nos proveímos de una ropa más seca
y dejamos la casa, o lo que de ella quedaba;
partes del techo llegaron hasta Yucatán, me figuro.
Ella casi —aun entonces— fue aventada sobre lotes de terreno
al pie de la montaña. ¡Pero el pueblo, el pueblo!

Alambres en las calles y chinos de arriba abajo
con brazos entablillados, mezcla revuelta con tejas,
y doctores cubanos, soldados, camiones, gallinas sueltas…
El único edificio no hincado de rodillas,
el Hotel Fernández, convertido en pocilga
de negros en camillas, vendados para llevarlos
en el primer barco a La Habana. Pujaban.

Pero ¿había un barco? Donde había estado el muelle se veían
dos cubiertas desguapadas, a sesenta pies una de otra
y una chimenea en seco, allá arriba junto al parque
donde un despavorido pavorreal rascaba entre un cerro de latas.
Nadie parecía poder obtener ninguna noticia
del exterior, pero corría el rumor
de que La Habana, ya no digamos la pobre Batabanó,
se estaba hundiendo en llamas en el agua
desde hacía unas horas —el inalámbrico destruido
por supuesto, allá también.

…………De vuelta a la vieja casa
trabajamos con palas y sudamos; mirábamos al ogro sol
ampollar la montaña, ahora arrasada, pelada de palmeras,
todo, y lamer la hierba, negra como el charol,
que el escarchado viento blanco abrillantaba.
Todo desaparecido —o revuelto con enigmática gracia—
Largas raíces tropicales en el aire, como encajes.
Y una mula de un vecino humeaba tambaleándose junto a la bomba,
¡Dios mío! ¡Como si su hundida carroña fuera
la predestinación de la muerte! Os tapabais ya la nariz
en los caminos, implorando buitres, zopilotes…
La mula tropezaba, se bamboleaba. Yo en cierto modo fui incapaz
de alzar un palo por lástima a su estupor.

………………………………………….Porque yo
recuerdo todavía aquella extraña exageración de caballos
—Uno nuestro, y otro, un extraño, saliendo de arrastrada con el alba
del jaral de bambú entre aullidos, luz amortajada
cuando la tormenta moría. Y Sara los vio, también—
sollozando. Sí, ahora —casi ha pasado. Ellos lo sienten;
el tiempo está en sus narices. Ahí está Don —pero de aquel otro, blanco
—¡no puedo dar cuenta de él! Y en verdad, ahí estaba
como un vasto fantasma con la crin de esa noche memorable
de lluvia dando alaridos — ¡Eternidad!
………………………………………….¡Pero agua, agua!
Fustigué la mula atontada hacia el camino. Hasta allí llegó
y cayó muerta o muriendo, pero poco importaba.

El alba siguiente estaba densa de bruma de carroñas
colándose dondequiera. Los cadáveres eran enterrados aprisa
sin ceremonia, mientras martillos golpeaban en el pueblo.
Los caminos eran limpiados, traídos los heridos
y curados, parecía. A su debido tiempo
el presidente envió un acorazado que horneó
algo así como dos mil bollos de pan en el trayecto.
Doctores lanzados desde cubierta en aeroplanos.
La fiebre fue detenida. Yo me quedé largo tiempo donde Mack hablando
New York con los marinos, Guantánamo, Norfolk, —
Bebiendo bacardí y hablando U.S.A.

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PURGATORIO

Mi país. Oh, mi tierra, mis amigos.
Estoy aislado de vosotros aquí, en una tierra
donde todas las luces vuestras de gas, caras, salivas brillan
como algo ya dejado, abandonado —aquí estoy yo—.
Y están estas estrellas, la alta meseta, los perfumes
de Edén y el árbol peligroso, esto es,
paisaje de confesión; y si de confesión,
¿también absolución? Despertad, pinos; pero aquí velan los pinos.

Sueño en la demasiado picante cidra, la demasiado suave nieve.
¿En dónde están las bayonetas para que el escorpión no crezca?
De tierra aquí temblores casas derriban,
y todos mis paisanos que miro corren al mismo establo;
exilio es, pues, el Purgatorio; no aquel que Dante edificó.

Sino más como colcha que chamarra,
y no estoy decidido; ¿es verde o bruno
lo que prefiero al campo o la ciudad?
Estoy deshilachado, umbilical de nuevo,
mientras repican las campanas aquí, en México.
(Con demasiada obstinación repican para oír mi llamada.)
Y cuáles horas olvidan de sonar yo lo sabré
como uno cuya altura una vez no era así.