Discurso leído el 18 de julio de 2025 en el Colegio Civil Centro Cultural Universitario, Monterrey, Nuevo León, en el marco de la Escuela de Verano 2025 de la Universidad Autónoma de Nuevo León, al recibir el Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal organizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), por medio de su Secretaría de Extensión y Cultura y su Facultad de Filosofía y Letras, y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), a través de la Coordinación Nacional de Literatura.
Comienzo por los lugres comunes, mas no por ello, menos importantes en nuestra sociedad y en la construcción del entendimiento y la comunicación humana. Saludo con estima y emoción a los miembros del presídium, Lic. Haydeé Boetto, Subdirectora General de Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, al Dr. José Javier Villarreal, Secretario de Extensión y Cultura de la Universidad Autónoma de Nuevo León, al Dr. Francisco Javier Treviño Rodríguez, Director de la Facultad de Filosofía y Letras de la antes mencionada Universidad, a las queridas amistades y vínculos que me acompañan, a colegas escritoras y escritores y al público en general.
Es inverosímil, para un chico nacido bajo el sol tropical de Cancún en 1989, cuando mi ciudad natal a penas vivía su atolondrada adolescencia de 19 años, estar aquí, en la tierra de Alfonso Reyes, Gabriel Zaid y Minerva Margarita Villarreal, entre otras escritoras y escritores. La mía, es una ciudad reconocida y vilipendiada por muchos motivos, pero ninguno asociado a la literatura, y mucho menos a la poesía. Por ello, agradezco profundamente a la Universidad Autónoma de Nuevo León, al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y al jurado integrado por la poeta y ensayista Roxana Elvridge-Thomas, la académica Dra. Dalina Flores Hilerio, y al poeta guerrerense Ángel Vargas, que hayan tenido a bien seleccionar mi obra niño alien o varias formas de la infancia para recibir este importante galardón. También agradezco a mi compañera de vida, Alexandra Canto, por su paciencia y confianza en mi escritura, así como a las distintas amistades que colaboraron de formas diversas en la escritura de este libro a través de críticas, contención y cariño: Ely Reyes, Andrea Velázquez, Adrián Augusto, Cecilia Osalde, Mario Castelán, Marco Antonio Murillo, Mauro Barea y les queridísimes René Tec y Ema Lua. Y claro, a mi madre y a mi padre que, a pesar de todo, me han acompañado en este camino arduo de la poesía, como dijera Cavafis en su poema “El primer paso”.
Me honra la recepción de este premio por distintos motivos. Cuando me enteré que había ganado, por un correo electrónico que me llegó la tarde del lunes 23 de junio, una de las primeras cosas que hice fue ir a mis libreros y buscar a Minerva. Ahí estaban su Herida luminosa (2008) y Las maneras del agua (2016), releí sus libros y me di cuenta de algunas cercanías entre nosotros, pero fundamentalmente, encontré una preocupación compartida por el dolor humano. También estaba en mi biblioteca su bellísimo Gabriel Zaid: Apartado M 8534, esa antología fundamental y homenaje a la tradición literaria de Nuevo León y del país. Me supe entonces más cercana a ella, yo, con mis desvelos por la desconocida y casi invisible literatura de mi estado natal, mis esfuerzos por recuperar algo de su historia y de su literatura; ella, con la preservación de la cultura material, qué inmensa labor la suya, la de Minerva, al frente de la Capilla Alfonsina. Y cómo olvidar su labor como editora al frente de “El oro de los tigres” esa ya legendaria colección especializada en traducción de poesía. Colección en la que añoro poder publicar algún día mis traducciones de poesía palestina o caribeña. Basten estos paralelismos para recalcar la honra y la cercanía que siento con esta gran poeta, editora y preservadora de la cultura que fue, es y será Minerva Margarita Villarreal.
Para cerrar, quisiera dar algunos datos sobre la escritura del libro. El primer poema lo escribí en Iowa, durante mi residencia en el International Writing Program en 2022. El resto del manuscrito lo escribí bajo el auspicio de la beca Jóvenes Creadores 2022-2023, el título del proyecto original era “De cómo un hombre cuida un racimo de fresas”. Para mi asombro, las tutorías fueron duras y no brillaron por su cordialidad, siempre apostaré por espacios críticos pero seguros, como el que he construido a lo largo de los años en Archipiélago: talleres de literatura; aquella tutoría, sin embargo, no lo fue. Este libro es incómodo y lo escribí fundamentalmente pensando en hombres cis género heterosexuales. Gran parte de la reflexión sobre la masculinidad se ha hecho desde el feminismo y las disidencias sexuales. Creo que es importante que como hombres comencemos a reflexionar sobre nuestro lugar en el siglo XXI –el siglo, sin duda, de las mujeres–, sobre nuevas formas de relacionarnos con quienes nos rodean y, fundamentalmente, con nosotros mismos. Dedico, pues, este libro, a todos los hombres quienes hemos recibido en la infancia la herida profunda e indeleble del sistema patriarcal.
Por último, la escritura espiritual de este libro comenzó hace muchos años, en un pequeño rancho coprero de Tankah, frente a las olas del mar Caribe, una noche que pescaba junto a mi padre, por él y para él y sobre nosotros, es este libro.
David Anuar
Anzuelos
Mi padre pesca frente a las olas,
es un pilote inconmovible:
madera cruda sobre oleaje crudo,
muelle donde respiran por última vez
los peces. Yo, desde la arena y el sargazo,
con mis todavía pocos años
miro con mi dedo el horizonte y las estrellas
de alguna forma yo también pesco
y procuro que mi padre lo sepa.
De repente, una luz baila por el cielo:
gira……………………..salta
…………va y viene……………………..despide vibraciones.
Y yo ensueño en su claridad otra forma de la vida,
hombrecillos tiernos de color verde,
seres galácticos de cariño fundamental.
Todo esto le cuento a mi padre
mientras mi dedo pesca los resplandores
de un objeto no identificado
y con la dulzura de mi voz todavía dulce le digo:
¿viste eso pa?
Él sólo prende un cigarro y prosigue con la oscuridad
y sus anzuelos, el mismo horizonte frente a nosotros nos divide.
Aquella noche mi padre me dijo:
los aliens no existen.
.
Maravatio my love
Era yo el quinto de primaria,
las primeras hormonas que me decían
Yareli Silva, aquella chica de sexto
de cabello corto y mirada gatuna.
En los pasillos iba buscando su nombre
o el aroma de su falda larga
que se columpiaba en el recreo y las risillas
cada vez que me aproximaba
con el peso extra de las golosinas,
mis cachetes amplios, todo yo
rechoncho para deshacer mi “hola”
frente a sus amigas y lo toronjado
de su cara. Nunca le di un beso
ni nuestras manos se cruzaron:
el problema fundamental se deletreaba Mario, hijo
del zapatero, compañero de su mismo grado,
mayoritariamente delgaducho y doblemente feo.
Desde entonces cerré la boca, dije que no
a los chocolates que me ofrecía mi abuela,
a los pastelillos que me obsequiaban,
tiernamente, mis tías,
en su lugar hice lagartijas y flexiones,
corrí todo el pueblo desde el polifuncional
hasta la zanja de los pececillos y los renacuajos.
Con mi amigo Dante jugaba a las fuercitas,
dibujábamos un músculo cada vez más grande,
un conejo que saltaba adentro de nosotros,
una liebre desproporcionada para vencer
o ser vencido. Fue así que en una salida,
en un baldío frente al colegio, Mario
y yo, en medio de un círculo
de miradas, hicimos saltar
cada uno de los conejos
dispuestos para la rabia.
Lo supe entonces:
mi madriguera era muy estrecha,
mi trato con los mamíferos lento y torpe.
Recibí cada uno de los saltos, nudillos
de conejo ajeno, hasta ser la cabeza gacha de un buey.
¿Cómo salir del círculo o volver a levantar la cara?
En casa, mi abuela y mis tías me han interrogado.
No he dicho nada. Ni una lágrima
ha rodado por mis mejillas,
le he pedido al sol que las evapore todas.
Un muchacho derrotado no llora,
un muchacho derrotado no recuerda sus amores,
un muchacho se golpea con un gancho
hasta arrancar la piel y decir: esto
me es propio.
David Anuar (Cancún, Q. Roo, 1989). Historiador, poeta, dramaturgo y traductor. Licenciado en Literatura Latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y de Jóvenes Credores (2023). Residente del International Writing Program de la Universidad de Iowa (2022). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero (2019), del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020), del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos (2020), del Certamen de ensayo Luis Alberto Arellano (2021) y del Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal (2025). Autor de varios libros, entre los más recientes Memoria de Gabuch (ICAQROO, 2020), Alguien hunde mi cabeza (Mantis Editores, 2021), Al fondo, a la derecha (Fósforo, 2022), Cartografía para regresar (Libros del marqués, 2023), Distancia (Arboreto, 2024), y Un arqueólogo desconocido (Libros del marqués, 2024). Editor de la antología Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo (Plataforma Colectiva, 2017), y de la obra completa de Adriana Cupul Itzá, Y mi cuerpo no ha muerto. Poesía recuperada (1993-2002) (IMCAS, 2019). Su obra poética y narrativa ha sido traducida al inglés. Fundador y director de Archipiélago: talleres de literatura.






Lil Fernandez
agosto 8, 2025El discurso de David Anuar es muy acertado. Estos dos poemas son el aperitivo perfecto para devorar ese poemario ganador. Gran poeta que ha puesto en alto a Quintana Roo y a mi querido Cancún. 🤗