Silvina Ocampo desarrolló una carrera literaria que la posicionaría como una de las figuras más originales y perturbadoras de la literatura argentina del siglo XX. Nacida el 28 de julio de 1903 en Buenos Aires, Silvina forjó un camino propio alejado de los círculos intelectuales más visibles de su época. Falleció en 1993, dejando tras de sí una obra que durante décadas permaneció en las sombras, siendo redescubierta y revalorizada por las nuevas generaciones de lectores y críticos.
En vida recibió el Premio Nacional de Literatura (1979) y escritores como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Octavio Paz elogiaron su talento excepcional. De igual forma, autores contemporáneos como Mariana Enriquez y Samanta Schweblin reconocen su influencia decisiva en la narrativa fantástica latinoamericana. La escritura de Silvina Ocampo se distingue por su prosa cristalina que disimula complejidades psicológicas extraordinarias: sus relatos construyen atmósferas donde lo familiar se torna amenazante y la realidad cotidiana se desliza hacia los inexplicables territorios del sueño.
Su poesía, aunque menos conocida que su narrativa, revela una sensibilidad lírica extraordinaria que complementa y enriquece su universo literario. Títulos como Enumeración de la patria (1942), Espacios métricos (1945) y Poemas de amor desesperado (1949) muestran una voz poética que oscila entre la ternura y la melancolía, y que explora, a través de un lenguaje economizado, temas como la identidad femenina o el paso del tiempo.
LECCIONES DE LA METAMORFOSIS
Nube que miras en lo alto del cielo
mi condición humana y modificas
las formas de tu cuerpo y de tus caras:
si alguna vez he visto deshacerse
tu cuerpo de caballo o de sirena,
tus ojos y tu pelo cruel de Erinia,
tus vírgenes perdidas con un ángel
entre las sombra de una playa inmensa,
el velero que se hunde en la tormenta
o un frágil ciervo entre las rosas de oro
de un antiguo poniente indescifrable;
si alguna vez he visto desmembrarse
un reino donde no gobierna nadie,
un templo en que quedaron misa rodillas
prosternadas al pie de un muro blanco,
tan blanco que hasta el sol pierde su faz,
sabrás que sos mi lecho cuando duermo,
que tus lecciones de metamorfosis
he querido seguir hasta la muerte
entregándote toda mi esperanza.
.
LAS HUELLAS
A orillas de las aguas recogidas
en la luz regular del suelo unidas
como si juntas siempre caminaran,
solas, parecería que se amaran,
en la sal de la espuma con estrellas,
sobre la arena bajo el sol las huellas
de nuestros pies desnudos
tan lejanos, y mudos.
Dejando una promesa dibujada
nuestra voz entretanto ensimismada
se divide en el aire y atraviesa
la azul crueldad de la naturaleza
mientras solos cruzamos
la playa y nos hablamos.
.
NOS IREMOS, ME IRÉ CON LOS QUE AMAN…
Nos iremos, me iré con los que aman,
dejaré mis jardines y mi perro
aunque parezcas dura como el hierro
cuando los vientos vagabundos braman.
Nos iremos, tu voz, tu amor me llaman:
dejaré el son plateado del cencerro
aunque llegue a las luces del desierto
por ti, porque tus frases me reclaman.
Buscaré el mar por ti, por tus hechizos,
me echaré bajo el ala de la vela,
después que el barro zarpe cuando vuela
la sombra del adiós. Como en los fríos
lloraré la cabeza entre tu mano
lo que me diste y me negaste en vano.
.
RUEGO
Quiero otras sombras de oro, otras palmeras
con otros vuelos de aves extranjeras,
quiero calles distintas, en la nieve,
un barro diferente cuando llueve,
quiero el férvido olor de otras maderas,
quiero el fuego con llamas forasteras,
otras canciones, otras asperezas,
que no haya conocido mis tristezas.
.
A VECES TE CONTEMPLO EN UNA RAMA
A veces te contemplo en una rama,
en una forma, a veces horrorosa,
en la noche, en el barro, en cualquier cosa,
mi corazón entero arde en tu llama.
Y sé que el cielo entre tus labios me ama,
que el aire forma tu perfil de diosa
de oro y de piedra, sola y orgullosa,
que nadie existirá si no te llama.
Entre tus manos quedaré indefensa,
no viviré si no es para buscarte
y cruzaré el dolor para adorarte,
pues siempre me darás tu recompensa,
que es mucho más de lo que te he pedido
y casi todo lo que habré querido.
.
EL SUEÑO RECURRENTE
Llego como llegué, solitaria, asustada,
a la puerta de calle de madera encerada.
Abro la puerta y entro, silenciosa, entre alfombras.
Los muros y los muebles me asustan con sus sombras.
Subo los escalones de mármol amarillo,
con reflejos rosados. Penetro en un pasillo.
No hay nadie, pero hay alguien escondido en las puertas.
Las persianas oscuras están todas abiertas.
Los cielos rasos altos en el día parecen
un cielo con estrellas apagadas que crecen.
El recuerdo conserva una antigua retórica,
se eleva como un árbol o una columna dórica,
habitualmente duerme dentro de nuestros sueños
y somos en secreto sus exclusivos dueños.





