Poesía,

Jorge Fernández Granados: referente esencial de la poesía contemporánea en México

JorgeFernandez

Jorge Fernández Granados nació el 31 de octubre de 1965 en la Ciudad de México, y se ha consolidado como una de las voces poéticas más influyentes y respetadas de la poesía contemporánea en México. A lo largo de su carrera, ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 1995 por su libro Resurrección y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en el 2000 por su libro Hábitos de la ceniza. Estos premios destacan no solo su habilidad para trabajar con el lenguaje y la imagen, sino también la profundidad filosófica y la sensibilidad de sus temas.

Su obra abarca libros de poesía La música de las esferas (1990), El arcángel ebrio (1992), Resurrección (1995), Los hábitos de la ceniza (2000), Principio de incertidumbre (2007), y de ensayo, como Vertebral (2017). Cada uno de estos títulos contribuye a un universo lírico donde la introspección, la memoria y el tiempo se entrelazan en un diálogo constante. La poesía de Fernández Granados es conocida por su intensidad reflexiva y su precisión en el uso de las palabras; sus versos son a menudo meditativos y exploran temas como la fugacidad de la existencia, el misterio de lo cotidiano, y el dolor y el placer que habitan en la memoria y el olvido.

La obra de Fernández Granados resalta por su estructura equilibrada y un lenguaje que, aunque accesible, logra evocar imágenes y sensaciones profundas. Sus poemas suelen ser una especie de contemplación sobre el universo y la naturaleza humana, invitando al lector a sumergirse en un mundo de contradicciones y certezas inestables.


CENIT
 
Y qué cosa es esto
que se ausenta pero vuelve
como el humo del alba
y se me sube al cuerpo y no lo tengo nunca
y que nunca entiendo,
que me llora y me blasfema y me perfuma
y me apura y me complace,
qué cosa es esto que adquiere raíces y corteza, fronda,
y lo levanta el viento y es amago y murmura
como tambor de ritmos animales
y médula
y sal
y tiembla en los ojos y las manos y los días
y fosforece venas y montañas
y se templa y se quiere como barro
y es como altivez y como ternura y como placer y es
congoja
y rabia
y nostalgia
y manía,
y qué cosa,
diablos,
qué cosa que aroma la fiesta o la desdicha,
que se asoma a los minutos y da vuelta con un ala
y se entierra y carcajea
y aplaude y me mira susurrante,
tan amorosamente tan terca qué cosa,
atragantada por el sol austero y el mar vehemente,
por la nieve
sigilosa,
que brazo que aletea
y se embriaga y entra a veces en el cielo.
Y qué cosa pregunto es esto,
qué cosa,
donde germina la palabra y ronda la semilla
y se entromete el alma a puñetazos casi sola
y araña la risa
y es certeza de sí misma y agua de maderas
y furia numeral de esperma y llovizna toda
y linfa de eternidades y vuelo de saurio,
qué cosa marabunta de milenios,
de navíos embrujados y gaviotas,
qué cosa ritual de abrazos a los hijos y dolor de hermanos
y sueño de la infancia
y última mirada de los moribundos,
qué cosa que le tiene miedo al viento cuando azota
al fuego y al frío
y gime y canta y escupe y se enamora
y se lava la cara al alba en estanques silenciosos
y duerme con los ojos limpios
y dispersa luciérnagas recién nacidas en la niebla,
qué cosa, 
carajo,
sabedora
que me tiene y me detiene
y me aumenta y me persigue y me saquea
y me precisa y a menudo
me ama con un amor de carnes y de dientes y de labios
y a menudo con otro de silencio y de papeles y de estrellas,
y es como rumoroso amor de calles líquidas y templos vertebrales,
como amor de un bosque antiquísimo de nieve
o como un fuego dormido en la palma de las manos
amor sonrisa paridora, amor urdimbre de cansancios,
amor cueva de místicos, boca de extraviados, sal en el pelo,
amor noticia de epitafios, alcoba pasajera, grito del nacimiento, amor que se gesta y sube y
salva, amor,
la misma la otra redención,
el mismo el otro fervoroso aliento, amor
de sol y de tiempo y de mundo y de ti, amor,
cualquier piedra y un canto
y mi pulso diminuto y el color ligero de lo que no vuelve
y qué cosa es qué,
qué razón
decir amor,
qué pregunta
y es tan dulce y tan quieta y tan lasciva
y tan revuelta y marítima y astuta
y nada
no es acaso nada, amor,
ni vuelo ni vacío ni palabra
ni cuerpo ni deseo
ni magia ni demencia,
o es amor es todo es esa cosa
es algo todo algo ese siempre algo aquí algo ascendente
algo tuyo algo mío algo de nadie y algo de tantos todos
algo inefable y sudoroso y mío
algo ilimitado algo inútil y magnífico amor
algo por ti y a pesar de ti
algo que nos quema
y nos llama sin remedio.
Pero soy torpe, finalmente,
y no sé
cómo nombrarlo.

.

NADIR

A dónde van las cosas que nos duelen,
las que vivimos así, calladamente,
contando nuestros pasos que se borran.
El humo, la canción,
nada importante,
la misma calle, el mismo tren, la misma sombra.
A dónde van cualquier tarde
esas imágenes que aran
hasta el último rincón de lo que somos,
y vuelven y brillan y no hablan.

A dónde van entonces que nos duelen
como un crujido de brasas en la noche,
como un espanto de pájaros y rezos.
Una herida que pasa despacio
al otro lado de la carne.
O sólo duele la pobre, pobre maravilla
que nos traspasa
y se aleja en su viento de detalles,
el truco triste de su apenas, muda
y miserable, duele toda, todavía.

Y a dónde va, igual, toda esa mancha
del dolor que invade
la hierba, la herrumbre, las baldosas
y el secreto temblor de las miradas.
A dónde van las cosas
que traemos en un pozo, en la huella de los dedos,
las voces del asombro y el amor y la tristeza.
Sólo sombras
limitadas, nuestras, quietas
y casi ofrendas también,
irremediables,
viejas.

Qué pobre es el dolor si lo inundan
de gavetas, filigranas o preguntas,
si lo explican. No se curva
el dolor sobre su lámpara, no pasa
por el umbral de las palabras.
Es sedoso rumor bajo el candil del esqueleto,
cangrejo hambriento que se entierra
en la arena púrpura del alma.

A dónde va la sombra de las cosas, el vaho
de la tibieza en un cristal.
A dónde va el prodigio, ese ver
de pronto
el afilado fuego, la serpiente
a los pies de una diosa de madera.
Ese ver
que sólo es aire, rastro,
música de huellas;
y ese como tocar de pronto
una honda, honda grieta
debajo de este mundo.

.
LAS COSAS
 
Se van yendo las cosas
en un ritual tranquilo.
 
No sé si desaparecen
o sólo cambian de lugar.
Pero cada vez son menos
las cosas y parecen perderse
alrededor de mí
en una blanca neblina.
 
Esa luz de la tarde las protege.
 
Los días se van llevando las cosas que he querido.
Con pasos secretos, a mi espalda
se desvanecen. Las cosas
pequeñas, provisionales. Las cosas
que supuse que eran mías.
 
Y cada vez me siento
más solo, pero más ligero.
Un emigrante, digamos,
que va perdiendo su equipaje
pero no lo lamenta.
 
Creo que mi vida
ha sido un ir dejando cosas
extraviadas, inútiles
y queridas
en lugares que he olvidado.  


.
GENÉTICA
 
resucitarán los muertos
 pero sin recuerdo alguno
 verán su cara con la sonrisa y la sorpresa de la primera vez como los niños
 creerán que crecen y volverán a aprender lo que ya saben pero cada vida olvidan
 volverán a vivir equivocándose
 volverán a buscar lo inencontrable
 y parecidos (idénticos) a ti y a mí
 un día que ya los espera volverán a tener miedo de la muerte


VOZ VERTEBRAL
 
vieja palabra inflamable animal de las palabras
 
rarísimas semillas de allá
 
crecen queman quebrantan
pues quién
no es igualmente una palabra y el mal
de sus propias palabras
quién su mar a veces
desde un hondo un antiguo
desconcierto
 
viejas palabras inflamable animal de las palabras
 
las hondas gotas de la claridad
junta lluvia que baja
del cielo a veces para la indescifrable sed
de los muertos
 
viejas palabras inflamable animal de las palabras
 
ánclalas semillas
de un verde nacimiento o árboles
futuros robustos de un bosque que arderá
en la citada
hora del fuego
 
viejas palabras inflamable animal de las palabras
 
rarísimas semillas en los labios
del polvo aún humeantes pequeñas
incrustadas como guijarros
celestes en el silencio mineral del mundo
incrustadas aún
como soles en los ojos
 
viejas palabras inflamable animal de las palabras
 
tal vez a punto de apagarse brasas
en los restos de una hoguera
con que quisimos alumbrar
la noche