Poeta y traductora mexicana, una de las voces fundamentales de la literatura actual es Pura López Colomé (Ciudad de México, 6 de noviembre de 1952). Estudió la maestría en Letras Hispánicas en la UNAM y ha sido galardonada con los premios Alfonso Reyes, el Nacional de Traducción Literaria, el Xavier Villaurrutia, entre otros. Ha traducido notablemente a los premios Nobel Seamus Heaney y Louise Glück, pero también a William Carlos Williams, Samuel Beckett, Hilda Doolittle, y otros autores, sobre todo en lengua inglesa.
Parte de su obra está conformada por Aurora (1994), Tragaluz de noche (2003), Santo y seña (2007) y Borrosa imago mundo (2021). Su poesía se caracteriza por una profunda reflexión sobre temas de la existencia, la vulnerabilidad humana, el dolor, la memoria y la búsqueda de sentido en la vida. A lo largo de su carrera, ha recibido reconocimiento por su estilo íntimo y denso, así como por la precisión en el lenguaje y su capacidad de ahondar en temas filosóficos y espirituales.
En la fecha de su cumpleaños la celebramos con una breve muestra de su poesía.
QUIÉN ERES, QUÉ
1. EL DEMONIO
Despliega sus alas
sin orlas
sin vuelo
al caminar
al azar
al borde de unos setos
que jamás se han percibido
olido
mucho menos
cultivado,
silvestres, casi;
al descubrir
entre su fuego,
no en aquello
que Ilusión resguarda,
que en esta vida
esta única
hay que gozar,
dejarse colmar,
bañar de júbilo
y más júbilo
hasta verlo líquido;
hay que nunca
zaherir
a quien se ama
con igual candencia,
igual flama que llama
a que esas aguas
suelten
el primer hervor
ese único.
Y es tan difícil
.
EL FIEL DE LA BALANZA
Manos fantasmales envolvían
la suntuosidad de la selva
en aquella isla pedregal,
el brillo sobre todo lo convexo.
Alguien había perdido la memoria:
el gran evocador de la tristeza,
única fuerza de los actos iniciales,
redactor de la epopeya.
Su ánima subsanó la herida obedeciendo,
dando la voz a cambio.
Esa tarde me mostró una cicatriz.
Y dijo: sáciame con fuego.
Que rompa la madrugada
el iris,
resuelle
en pos
de su color.
.
TIBUCHINA
Violáceo viaje
a una matriz
al descubierto.
Dedos vegetales
que se estiran ululando
identidad:
sí,
son los míos,
los que tocan las membranas
más delicadas del ojo
por dentro.
Han dejado ahí un residuo dactilar,
un estanque de círculos
irrepetibles.
Algo avanzó por los arroyos,
los hilos de agua
de mis nervios,
una manera táctil de silbar,
de llamarle a alguien por su nombre
aterciopelado
cubriendo de emociones
su rugoso tronco
sin que,
serpentina,
se enrede,
se enrosque,
se encienda
su fragilidad.
Mas los cielos no se abrieron ni voz atronadora
hizo estremecer tejidos interiores aún más tiernos,
meninges
tan susceptibles, tan finitas
tan proclives al aumento,
tan sensibles al misterio.
Tan inflamables y estallables.
Tan puertas de par en par
a la sensualidad de un pensamiento
capaz de darle un vuelco a las entrañas.
Que en ese su instante de tranquilidad,
cuando Equilibrio las sorprende
inermes,
puedes recibir la campanada
que las recorra de punta a punta,
enviar el sonido hasta la campanilla
y un sustantivo llenar,
ahora sí,
la boca de verdad.
Un por fuera
prolongándose sin cielo:
tibuchina
que avisa, sosiega,
se clava y penetra,
eje a colores,
gracia en brote.
Sólo tú sabías el nombre
y lo dijiste:
los pistilos,
memoria
en las papilas,
desprotegidas éstas
de la descarga
del sabor.
Simple y llana flor silvestre
que alguna vez imaginé,
cuyos pétalos entorné
como a las hojas
de una puerta,
como a mis párpados,
y luego conocí en persona,
echada en el pasto algún domingo,
a los diez años de edad.
Y parecía
dirigirme la palabra.
.
AGUA
2.
Cuántos pies han pasado por aquí
sin hollar gozo y contemplación,
un mismo tiempo:
Cuesta arriba,
alcancé a ver los despojos del narciso.
Todo era azul.
Alenté:
no el avance, ni la cima helada
ni la calidez del cielo.
Sólo el oleaje
sin celda o libertad,
sólo el oleaje.
4. Mar abierto
Ese mar hizo de mí
una madreperla consagrada,
una vasija llena de algo que se va
o simplemente se evapora
a ritmo propio.
Flor aguamarina,
olorosa a sal
y húmedos abrazos
entre una vida y otra,
sin orillas.
5. Mar adentro
Te vi a lo lejos, desde muy lejos,
pero no yacías en la barca,
el horizonte.
Caminabas, escondiendo
algún destino.
Tu expresión
me era inconfundible.
Tu manto de azafrán,
una urna viva.
Creí que me llamabas.
Pasé los dedos por tu piel
deseando guardarla
en la memoria.
Entre la niebla,
tus párpados temblaron
al sentirme.
Y yo también.
La rosa de los mundos giró
hasta secarse.
Ni una lágrima en sus pliegues.
En su centro fresco,
tu ojo espeluznante,
lleno, por primera vez,
de una ternura incontenible.
Acababas de morir,
aurora,
en la noche
de mi cuerpo





