Poesía,

La santa promiscuidad: Poemas de Quebrada de la Virgen, de Armando Rojas Guardia

Armando Rojas Guardia

0.

Un paréntesis biográfico y afectivo: la obra de Armando Rojas Guardia (Caracas, 1949-2020) está inminentemente asociada a su postura ética y ciudadana. Admiramos tanto al poeta, pensador y ensayista, como al hombre de altura moral, religiosa y humana. Pocas veces se da esto en el ámbito del arte, y mucho menos en otros ámbitos del quehacer social. Digo todo esto porque los lectores y amigos de Armando se quedan con todas sus facetas. Esto lo hizo posible el poeta con su obra, con sus talleres de creación y con su don de gente, con su caballerosidad. Armando Rojas Guardia proviene de la misma agrupación de Yolanda Pantin, Igor Barreto y Rafael Castillo Zapata, quienes se congregaron bajo la estética de Tráfico, grupo que, en los 80, implantó un tono en la poesía venezolana. Mi primer acercamiento serio a su escritura fue a través de su antología Fuera de tiesto, la cual, en su momento (hablo del año 2012), leí con expectativa y asombro. En aquel tiempo me llamaba la atención, más que sus temas, el ritmo sostenido del poema, que se prolongaba desde la primera línea hasta el término. Eran poemas, pensaba yo, para ser leídos en un solo impulso de aire, sin dar espacio a nuevas bocanadas. Ello ya indicaba una manera de escribir y una constante. Luego leí Patria y otros poemas, un pequeño volumen de once textos que ratificaban mis primeras impresiones. Mis vínculos más duraderos eran con su prosa, sus ensayos, especialmente el conjunto La otra locura. En lo personal, creo haberlo visto tres o cuatro veces: dos en Caracas y dos en Valencia. En esta última ciudad, en 2017, intercambiamos algunas palabras durante la presentación de sus diarios. Me queda la imagen de su cavernosa voz, grave y meticulosa, voz que medía y pesaba cada palabra: voz discursiva, incisiva y honda. Su amabilidad.

Armando Rojas Guardia proviene de la misma agrupación de Yolanda Pantin, Igor Barreto y Rafael Castillo Zapata, quienes se congregaron bajo la estética de Tráfico, grupo que, en los 80, implantó un tono en la poesía venezolana.

1.

Entiendo que la comparación puede ser un tanto pedestre: Armando Rojas Guardia, su poesía, quiero decir, actúa como esos cangrejos ermitaños que acumulan residuos encima del caracol que le sirve de resguardo. Releyendo su libro Poemas de Quebrada de la Virgen, cuya primera edición data de 1981, noto esta misma voluntad del animal marino, percibo el inequívoco gesto de lo variable y lo plural. El poeta se expresa con los referentes y las citas, con el raro adjetivo que se inserta en el verso para desajustarlo. ¿Cómo sería posible, entonces, no extrañarse ante su «Lugar común desinfectado»?

2.

Armando parte de la devoción, de la dignidad de lo mariano, o más bien de la hagiografía, y como el cangrejo, va incorporando giros y comparaciones con un ritmo bastante acelerado. Asume una particular tipología del riesgo: su capacidad erudita y su visión religiosa. Quien lea este largo poema esperando una traslación de Berceo se equivoca. Quien se acerque a sus treinta partes y quiera leer una transcripción del español medieval se equivoca. Pero no seamos intransigentes: Armando utiliza estas lecturas como punto de partida.

La poesía de Armando Rojas Guardia, y con esto no estoy descubriendo el eje de la rueda, dialoga con varias generaciones de la poesía española.

3.

Poemas de Quebrada de la Virgen es un libro que, por sus intenciones, por su extensión y unidad, se une al palmarés de la poesía venezolana del siglo XX. Como El muro de Fernando Paz Castillo; como Mi padre, el inmigrante, de Vicente Gerbasi, como el Cementerio Judío (Praga) de Ida Gramcko. Pero una cosa hace Armando que no hicieron Paz Castillo y Gerbasi y que sí previno Ida a su manera: impregnar el poema con las secreciones del cuerpo, o, mejor dicho, hacer de la debilidad corporal un tema más de la poesía. Si en Paz Castillo nos regodeamos con la destilación y pulcritud formal para señalar el alcance del pensamiento (el zamuro como alegoría), en Armando percibimos el sudor y esa desfachatez para nombrarlo. Si en Gerbasi, a veces, el bárbaro paisaje de la niñez (la naturaleza de Canoabo) se convierte en interesante tiranía; en Armando la naturaleza se inclina, se somete a la cultura (a lo pictórico, para ser más preciso) y al espacio urbano (espacio que viene, cabe decir, de su militancia en el grupo Tráfico y quizás como coletazo de la estética de los 60). Si en Ida el culteranismo era su principal músculo, en Armando es un elemento no más importante que los músculos del antebrazo. Ya sabemos que toda comparación es prescindible; no obstante, como ejercicio generacional, pudiera ofrecer un contraste necesario.

4.

La poesía de Armando Rojas Guardia, y con esto no estoy descubriendo el eje de la rueda, dialoga con varias generaciones de la poesía española. Desde el ya citado fundador de la poesía en castellano Gonzalo de Berceo y luego San Juan de la Cruz, pasando por el inevitable Siglo de Oro, las agrupaciones que se gestaron antes de la Guerra Civil y más recientemente la presencia seductiva de Leopoldo María Panero. Con el poeta madrileño, cabe destacar, es comparable no sólo por el riesgo formal sino por alguna condición psiquiátrica que se registra en el poema (La desnudez del loco en el caso de Rojas Guardia).

5.

Por su mismo riesgo, por su misma riqueza temática y de estilo, Poemas de Quebrada de la Virgen tiende al descenso, la náusea de caer: así como nombra estados sublimes, elevados; así nombra el desaliño, lo que podría catalogarse como prosaico (o profano, como lo han señalado algunos lectores de su obra). Sin estas dos direcciones no podría entenderse la estética de este largo poema. Esta poesía atrae por el constante flirteo de Armando. No se trata del juicio del teólogo, del jesuita, del diletante: Armando corteja con diversas herramientas, con las ideas y con su actitud caballeresca, con su homoafectividad.

Poemas de Quebrada de la Virgen es una síntesis de lo leído y lo vivido en Armando. Es una muestra fehaciente de su cultura, de su sentir y su pensar. Los autores que el poeta nombra, entre versos y en epígrafes, son los andamios de una poesía que no se puede entender sin la presencia del Otro.

6.

El amor. Lo amoroso. Armando ama en el poema, se ama a sí mismo, a lo Whitman pero sin himnos. Frente al cuerpo sólo cabe la postración, la inclinación. Ama su cuerpo, el cuerpo de los otros: glorifica el sudor. Y lo hace firmemente y con delicadeza, como el amante precavido que organiza el lecho y los aperitivos para el encuentro. Poesía sensual, sexual, sexy. Poesía que acude a los orígenes de sí misma y extrae lo mejor de sí, su potente capacidad para recibir y dar porciones de amor. Amor al Señor, a la Virgen y también a los genitales, a las avenidas, Las diversas facetas de la vivencia erótica. Aunque su móvil o su origen sea el retiro espiritual (en el sentido católico), este libro trae entre manos un camino menos devocional. Dice Armando: Mientras tengamos la brújula infalible del cuerpo, no nos desorientaremos existencialmente, es la relación orgánica de la conciencia con la materialidad del mundo, una relación que se realiza y expresa sólo a través del cuerpo.

7.

Poemas de Quebrada de la Virgen es una síntesis de lo leído y lo vivido en Armando. Es una muestra fehaciente de su cultura, de su sentir y su pensar. Los autores que el poeta nombra, entre versos y en epígrafes, son los andamios de una poesía que no se puede entender sin la presencia del Otro. Que aparezcan Lezama Lima, Quevedo, Santa Teresa, Hegel, Verlaine, Chesterton y tantos otros no es un capricho libresco. Este es un elemento fundamental para acercarse a él: tener claro que estamos tratando con una poesía intertextual y aliterativa.

Néstor Mendoza


Poemas de Quebrada de la Virgen

1

Fray Angélico pintaba
a Jesús y a la Madona
de rodillas.
¿Qué daría
yo, minúsculo
monje laico, fraile menor
de alguna Orden extinta
por prosternarme ahora
que intento describir
este olor inocente de la tierra,
la redonda castidad
que perfuma hoy este mundo
donde hasta el ruido torpe del camión,
el canto lejanísimo del gallo
e incluso el sudor, feliz,
de mis axilas
se confunden
en un aroma hímnico, en la antífona solar
que entona el aire virgen?

9

Me recuerdo
a expensas de las ráfagas de música
mientras aquel terco, helado espejo
devolvía mi rostro iluminado
donde el alcohol ya empezaba a dibujar
la náusea de caer, harto de mí,
en cualquier cuerpo, como en mi propia tumba.

Como entonces, apronta Tú mañana y siempre
aquella flor menuda junto al piano
-imposible loto zen en el bazar-,
la flor que nadie mira, erguida sólo
para arrasar de lágrimas mis ojos
con el estupor feliz, con la vergüenza.

15

Los ojos de la monja me sonríen
al servir, discretísima, mi cena
como si ejercitara con los dedos
-con el alma entre los dedos, mejor dicho-
algún arte sagrado. En este instante,
para ella soy un extraño solamente
y por eso su lenta cortesía:
a sus ojos soy alguien, alguien sólo,
una santa demanda colocada, como un don,
en las afueras de su Yo. Para acogerla,
para recibir ese regalo inmerecido,
hay que salir al extramuro, autoexilándose
en la intemperie ética, que inclina
a recoger las migas de mi plato,
las sobras del simple transeúnte
un comensal anónimo, el Otro vivo
con quien se comparte el pan inexorable;
el hecho de habitar sobre la tierra.

16

“…llegó con un frasco de perfume; se
colocó detrás de él, junto a sus pies,
llorando, y empezó a regarle los pies
con sus lágrimas (…) Y El, volviéndose
a la mujer, dijo a Simón: “…se le
perdonan sus pecados, porque amó mucho”

Lucas 7, 38, 47

Sobre la cubierta de aquel ferry,
frente al ardor matutino del mar calmo,
yo sé que una mirada, cualquier gesto,
habrían delatado mi ansiedad,
ese anhelo de demorar un tacto leve,
simplemente amistoso, sobre el hombro,
y la necesidad de prolongar lo suficiente
la caricia discreta de los ojos
para que al fin él lo supiera,
lo comprendiera todo de repente.

Hoy he vuelto al sentir, frente a la noche,
la misma delicia de aquel miedo,
esta añoranza, súbitamente impostergable,
de confesar sin estridencia
mi amor silencioso,
tan íntimo que sangra
con la más invisible de las sangres:
la que no puede fluir, porque está hecha
del heroísmo último del alma, del martirio
que se ha tragado la muerte solitaria
para que el otro sea dichoso.

Dame siquiera el saber que he amado mucho,
el perfume caliente de mis lágrimas
enjugando las Tuyas, que también
ardieron calladas, sin reproche,
por él, sonriente y esbelto sobre el ferry,
desde luego por mí,
por la indiferencia sólida del mundo.

30

“…creo que no existe nada más bello, más
profundo, más atractivo, más viril y más
perfecto que Cristo; y me digo a mi mismo,
con celoso amor, que no existe ni puede existir.
Más aún: si alguien me demuestra que
Cristo está fuera de la verdad, y que ésta
no se halla en él, prefiero quedarme con Cristo
antes que con la verdad”

Fedor Dostoiewsky

Cuando Mahalia Jackson dice Lord,
reservándole a esa nítida palabra
la nota más pura de la voz,
yo enseguida lo comprendo: sé que allí,
en la negrura abismal de su garganta,
sangra la única carne que me importa,
el cuerpo amado hasta dolerme,
mi hijo ajusticiado, hermano íngrimo,
padre a quien engendra mi ternura,
mi Señor que apaleo, último amigo
al filo de la noche, en plena duda,
por debajo del asco y la vergüenza
y más allá del estruendo de la dicha,
porque no hay otro amor, otra, respuesta:
apenas sus dos ojos que me otean,
sus oídos que me auscultan,
ese tacto inasible despertándome
a la pulpa redonda de mí mismo
cuando nada me importa, excepto El
arrinconado allá (desván o sótano)
junto al soldado de goma y la muñeca,
payaso en el circo de los locos,
camarada del poeta y de la puta,
príncipe de flores y leprosos,
majestad harapienta, Dios proscrito
a quien unos cuantos, negra tribu,
llamamos con ronquísima dulzura
compañero.


Armando Rojas Guardia (Caracas, Venezuela, 1949-2020). Poeta y crítico, realizó estudios en Filosofía en Caracas, Bogotá y Friburgo. Sus estudios se centraron en autores como san Juan de la Cruz, Santa Teresa, Góngora, Eliot, Blanchot, Borges, Huxley, Rilke, Joyce, Nietzsche, entre otros. Individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Docente de Literatura, dirigió talleres sobre poesía y ensayo, mitología y filosofía de la religión. Además, formó parte del Taller de Calicanto y en la fundación del Grupo Tráfico de Caracas. Entre sus obras destacan Del mismo amor ardiendo (1979), Yo que supe de la vieja herida (1985), Poemas de Quebrada de la Virgen (1985), Hacia la noche viva (1989), Antología poética (1993), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria y otros poemas (2008), Mapa del desalojo (2014). Asimismo, recibió el Premio de Poesía del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela, en 1986 y 1996, y el Premio de Ensayo de la Bienal Mariano Picón Salas, en 1997.


Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985). Estudió la carrera de Educación en la Universidad de Carabobo, en Valencia, y cursó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana en el Instituto Pedagógico de Maracay. Poemas suyos han aparecido en distintos medios de Latinoamérica y España. Ha publicado los poemarios Ombligo para esta noche (2007); Andamios (2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; Pasajero (2015); Ojiva (2019), libro que cuenta con una edición alemana: Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer, y Dípticos (Editorial Seshat, Bogotá, 2020). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, inglés y francés. Forma parte de la antología Nubes. Poesía hispanoamericana, publicada en 2019 por la editorial Pre-Textos de España.