Narrativa,

Las cartas invisibles, cuento de Alicia Hernández Sánchez

Alicia_HS

Los fantasmas ven a los niños y no al revés: mis catorce abuelos fueron unos mentirosos. Los dos vivos me solían acariciar la cabeza pelona (mientras yo jugaba con el Stegosaurus, el mejor dinosaurio de todos), y siempre me aconsejaban no temerle a cosas que nadie vería ni con lupa. Nada más crezcas, tus ojitos crecerán otros filtros y chau fantasmas hola muchachas, decía Tito Ramón. Él llevaba botas, sombrero y bigote y además vivía en el campo, así como aparecemos en las películas gringas, pero a pesar de mucho buscar desde la cajuela de su troca de trabajo, nunca vi cactus ni bolas de ramas rodando por el desierto. Puro maguey y cebada.

Las noches en que los coyotes disparaban polvo al cielo de Tlaxcala —porque están roncos, campeón, ¡obvio!, recitaba Tito Ramón mientras se peinaba el bigote frente al espejo—, las manos de mis abuelos salían de entre las rejas del patio, invitándome a jugar. De tanto sacudirlos, sus brazos terminaban volviéndose culebras que bailaban y se hacían nudo. Nunca pude verlos bien porque la poquita luz de la finca nunca les caía en la cara, pero unos llevaban sombrero y otros sarape; una tenía trenzas que le caían hasta los tobillos, entretejidas de moños rojos. Todos tenían dos cosas en común: atravesaban los magueyes filosos del rancho sin problema, sin alertar a los perros vigilantes, y siempre tenían cartas invisibles que entregar.

Más allá de la puerta del patio solo había tierra negra, bichos asomándose por hoyitos y catorce abuelos gritones.

Dile a mi hija, por favor. ¡Dile que lo siento!

¡Busca a mi compadre, necesito confesarle la verdad del niño! ¡María Ignacia, también búscala a ella!

¡Compartimos la misma sangre, debes hacerlo! ¡Somos tus abuelitos!

Nunca podía entregar ningún mensaje a todas esas hijas, viudas y queridas que decían porque mamá no me dejaba salir. En la heladería de la esquina conseguí darle al señor con el gorrito blanco el papel donde apunté los nombres de los “remirentes” y “destinadarios” de las cartas, pero el señor no hizo más que quedarse ahí parado, viendo el papelito. Mi papá extendió la mano, le recordó que todavía no nos había dado la nieve de limón, agitó el billete frente a su cara. El señor volvió a leer los nombres, me miró a mí y luego a papá.

¿Cómo conoces estos nombres, chamaco? No se había construido ni la carretera cuando murieron.

Eso ya lo sabía yo, me lo habían dicho ellos, pero papá se enojó porque el señor del gorrito blanco me dijera chamaco y por todos esos “dichosos cuentos de fantasmas”. Así que mamá ya no nos dejó salir de nuevo por nieve de limón, pero los abuelitos siguieron viniendo cada noche.

Extienden los brazos tanto, a veces hasta haciéndolos girar como rehiletes, que me pregunto por qué no les truena ningún hueso, como a mí.

La primera vez que mamá me vio extender las manos hacia la reja, bajó el gordo libro naranja que leía y parpadeó muchas veces. Muy quieta, alzó la caja de pastillas que tenía en el regazo. Releyó el reverso. Lentamente.

Aprieto las muñecas de los catorce abuelos, así se pasan las cartas invisibles a mi cabeza, expliqué.

Ella descruzó las piernas y se quedó viendo el suelo mucho rato. Luego me cargó en brazos y me sacó del patio, sin hacerme caso de que yo ya era un niño grande. Me dijo que no tuviera miedo, que todo estaría bien, pero en las noches la oía hablar por teléfono con la doctora, discutir tratamientos y nuevas clínicas. Ella susurraba muy muy bajito, cubierta por la frazada mientras yo fingía dormir, apachurrado entre sus brazos. Su sudor olía a tierra y a flores, cosas bonitas.

Cuando regresamos a la ciudad en agosto, Tita Margarita me subió a sus piernas, entre quejidos de la mecedora de madera y graznidos del periquito. Me explicó que en mi país los muertos andan vivitos y coleando por culpa de flores naranjas y calaveras azucaradas, y dijo que algunos se quedan con mucho que decir y enmendar.

Uf, tu mamá era igual. Pero recuerda que no pueden hacerte nada. Así que no tengas miedo, sonrió, pellizcándome los cachetes.

¡Miedo, miedo!, repitió el periquito, viéndome con ojos rosas mientras sacudía su cabeza emplumada. No sé qué obsesión tienen los adultos con el miedo. Yo siempre respondía que no tenía, porque soy un niño grande y he visto películas donde el T-Rex persigue a unos niños como yo, pero aun así mamá se metía a mi cama en las noches y me abrazaba; llamando una y otra vez a la doctora cuyo celular ya la mandaba a buzón sin más.

¡Avísale a mi mujer, por favor! ¡Por piedad!

Son muchos pero tenemos el mismo apellido, diles que no corran a su hermana, ¡por favor, diles que perdón, pero el testamento me dio tanta flojera!

¡Tienes que obedecer! ¡Somos tus abuelitos, mocoso!

Ya quiero pasarle a toda mi familia lejana las cartas invisibles que piden perdón, porque no puedo dormir.

Tuvimos que regresar al rancho tres semanas después (algo muy raro, sólo íbamos en verano) porque Tito Ramón se cayó del techo y me vino a dar un beso durante la madrugada. Es tradición, dijo. Tras taparme bien, me aseguró que no tuvo miedo y que así los deberían agarrar a todos: acostados y después de haberse tomado un “meczalito”.

Papá lloraba desde el retrovisor y los magueyes desfilaban por mi ventana como si compitieran a dar brincos. Él manejaba más rápido de lo normal, pero mamá no le decía nada.

En el lugar blanco con muchas sillas me enojé porque no le peinaron bien el bigote a Tito, justo como a él le gustaba, y tiré unos jarrones sin querer. Entonces mamá me pidió tomarme las pastillas que faltaban de hoy (las tenemos organizadas por días en una cajita de plástico) y me dio un chicle de piña para que se me quitara el sabor feo de la lengua. Ignoraba los susurros de las otras mujeres, que me observaban la cabeza pelona.

Luego luego lo vi.

No hay fotos de esa gente en nuestra ofrenda, exclamó Tito, de pie, aunque estuviese acostado entre coronas de flores. Yo le sonreí, reconociéndolo como el de verdad, porque traía el bigote como le gustaba, bien peinado, y traía ropa favorita. Él también me sonrió, pero alzó un dedo y continuó: Ya revisé. Uno sólo tiene cuatro abuelitos, recuérdalo bien. No tienes porqué solucionarles nada, ¿eh? Sé que lo no dicho pesa mucho… pero para eso, sólo la familia. Chau, campeón.

Lo sabía, los catorce abuelos mentían: los niños no ven fantasmas si estos no los ven primero para encargarles sus mandados.

La semana siguiente, cada primo me regaló un Stegosaurus más bonito que el anterior. Tita Margarita gritaba mucho, aunque al periquito no le había pasado nada y ya casi no hablaba.

Llegó diciembre. Los Stegosaurus pastaban sobre mi sábana y todos lloraban fuera del cuarto, escuchando a la doctora hablar fuerte y claro, como si no fuera solamente una voz que salía del celular de mamá. Ya no habíamos ido al rancho por meses. Seguro hasta los coyotes se habían curado del resfriado que los había dejado roncos.

La enfermera acababa de irse, después de darme la última inyección de la noche, cuando se abrió la ventana de golpe. A pesar de que fuera hacía frío, lo único que sentí fue la brisa escalarme las piernas por debajo de la sábana, recordarme que también podía sentir cosas bonitas. Así que me concentré en eso. La última carta invisible que guardaba dentro salió volando a través de los piquetes de mis brazos justo cuando Tito Ramón entró revoloteando por la ventana, con sombrero, bigote sonriente y todo.

Eras una piedra, sonrió, alzándome de la cama. Ahorita eres una pluma.

Esas cartas nunca fueron mías, le dije. No eran mi problema, ¿verdad, Tito?

Tito Ramón pegó su nariz contra la mía y la movió un par de veces, como hacen los esquimales en el Polo; aunque los dos ya estuviéramos a la misma temperatura. Era un besito, pero también una negación. Una manera de dar permiso. Okey, inspiré. Entiendo. Ya no estoy preocupado. Ahora, tocan besos.

Es tradición, confirmó él.

Repartí muchos esa madrugada, y cuando le tocó a Tita Margarita, quien roncaba en la silla de su sala, el periquito me clavó sus ojos rosas.

¡No miedo, no miedo!, cantó, mientras yo volaba lejos en brazos de mi Tito.


(Benito Juárez, Ciudad de México, 1996). Estudió Comunicación en el Tecnológico de Monterrey y está cursando la 12va edición del Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Sus textos han sido publicados en la sección Piensa Joven del Heraldo de México, y en la revista literaria Efecto Antabus.