Columnas, Constelaciones,

Notas adivinatorias de un profesor de filosofía 

Constelaciones

Supongo que está escrito que todo aquel que juega a ser filósofo acaba contradiciéndose en sus propias narices. Yo he intentado seriamente convencerme de que al final todo está frente a nuestras narices. No existe respuesta para el misterio, pero hay tantas respuestas que queremos darle.

Robert Louis Stevenson

Spinoza ─mediante un aristotelismo vedado─ explica al principio de su Tratado de la reforma del entendimiento, que es necesario buscar “un bien verdadero y capaz de comunicarse”. El viejo filósofo define a este “bien verdadero” como algo que, hallado y poseído, nos haga gozar eternamente de una alegría continua y suprema. Este bien, a causa de su aristotelismo o por él, acude irremediablemente hacia la forma de vida en apariencia más feliz, la teórica o intelectual. Esa cita, me recuerda un texto de Isaac Bashevis Singer: “El Spinoza de la calle del mercado”. El doctor Fischelson, autoridad en el filósofo holandés, vive bajo la norma contemplativa de Spinoza. Citaré un fragmento en donde Bashevis Singer describe este pretendido estado de alegría eterna: “En momentos como estos, el doctor Fischelson experimentaba el Amor del Intellectuali, que según el filósofo de Ámsterdam es la más elevada percepción de la mente. Respiraba hondo, levantaba la cabeza todo lo alto que su rígido cuello le permitía y realmente sentía que rotaba en compañía de la Tierra, el Sol, las estrellas, la Vía Láctea y la infinita hueste de galaxias, sólo conocidas por el pensamiento infinito”. Muchas veces he leído en Spinoza el fragmento citado al principio, pero igual veces me he preguntado si es posible vivir hundido completamente en las aguas de la vida teórica (contemplativa le llamaban los latinos medievales). Y, sin embargo, la respuesta me la ofrece el mismo Dr. Fischelon. Porque la existencia, es a la luz del cuerpo, más que contemplación activa del universo. Somos un nudo radical de experiencias y, ahí, donde el lenguaje se impone un límite, el deseo tiende el puente natural hacia la piel que somos. Bashevis Singer me ofrece la respuesta al final de su cuento: “El doctor Fischelson se acostó en la recién hecha cama de su habitación y comenzó a leer la Ética. Dobbe permaneció un largo rato en su propio cuarto. El doctor le había explicado que él era un hombre mayor, enfermo y sin fuerzas. No le había prometido nada. No obstante, tarde por la noche, ella regresó con él. Vestía un camisón de seda, zapatillas con pompones y su cabellera suelta colgada sobre sus hombros. En su rostro traía una sonrisa y se mostró tímida y vacilante. El doctor comenzó a temblar y la Ética cayó de sus manos. La vela se apagó. Dobbe le buscó a tientas por la oscuridad y besó su boca: ‘MI querido esposo ─le susurró─. Mazl tov’”. Somos contemplación y tacto; deseo, carne, mundo. Múltiple experiencia del cosmos.

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Guillermo de San Thierry dice, a propósito del Heptateuchon, que “para filosofar se necesitan dos instrumentos: el del espíritu y su expresión; el espíritu se ilumina por el quadrivium; su expresión, elegante, razonadora, adornada, es proporcionada por el trívium”. Si pienso en términos del método, dicho así de manera arbitraria, la mejor expresión que dibuja el camino para llegar a una cierta verdad que sirva como criterio existencial, está contenida en la palabra “espíritu”. Aquello que le da movimiento interior al pensamiento y a su correlato nomológico, la filosofía, es el espíritu. La expresión en sí misma es el discurso, aquel que ha escrito previamente su discurso del método, como escribió al principio de su diario José Lezama Lima. Cabría, a partir de lo dicho por Thierry, tratar de explicar una expresión propia que dé cuenta de la vida de espíritu y del cuerpo que lo manifiesta. Filosofía como expresión de espíritu.    

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El tiempo somete, escribió Ernst Jungüer, no puede ser sometido. Agua, el tiempo sólo alcanza a ser entendido mediante el símbolo, dice el propio Jünger. El agua, tiempo, torrente, caudal, rio, mar, lluvia. Tal vez, sea cierto que el tiempo nos somete, pero, creo más bien, que nos inunda.

(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1981). Estudió Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas; así como la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX en la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco). Obtuvo el Segundo lugar en los Juegos Florales San Marcos Raúl Garduño en el 2014. Ha publicado el libro colectivo Entre lo timorato y lo arrogante; así como Dalton. Ha publicado en revistas como Tierra Adentro, Rio Grande Review y Lagarto con paraguas.

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