Poesía,

Seis poemas de Artemio González García

Artemio_

(1932, Arandas, Jalisco). Poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Ha publicado los poemarios: Erial del cero, Estrellas de la oscura miscelánea, Orfandad de la flor, El velador de espantos, La eternidad del humo, Entre los simulacros y los signos, La traducción del polvo, Oficio de solista y solitario (antología personal), Cerrojos (del amor y del misterio) y Sótanos de luz (antología). Obtuvo el Premio Jalisco en el 2010.


 DE CERROJOS (DEL AMOR Y DEL MISTERIO)

EL ÁBOL DE LA ROSA

Un árbol para el pájaro
que está en la caja fuerte
del corazón humano.

En el valle de lágrimas, un árbol
que sea escuela de música;
que haga en cristal cortado
la antología del sol;
que purifique al caminante
de vientos encontrados
y haga andamios de céfiros
por los que suba el hombre
de la invisible rosa
a levantar un ángel
y a florecer en Dios.

.

METAFONÍA DEL PASO

Pasar es un misterio.
Un silábico
rumiar el infinito.
Tañer la astilla errante
de la costilla erial.

Pisar con lascas de humo
en el cincel volátil del instante
y hacer niebla el camino,
evaporar la estatua.

Pasar. Roer la concha
de la materia pánica.

Pasar con todo el viento
sobre el terrón astado
y con el ripio hueco de una pisada
en falso
destornillar el péndulo,
sincopando en el hueco
nuestro absoluto
a solas.
Pisar con gota seca la chispa
del segundo,
tocar la brizna,
deshojar el roce,
desvertebrar el paso
que se sientan
las huellas dactilares del silencio.

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HOMBRE DE PASO

Lo que pasa es falso.
El mundo es de carbón y de instantánea.
Duele el hombre calcado en esqueleto;
su cuerpo es un fantasma
impreso en el espacio;
grita la tinta de su doble
y grita
la sangre que lo copia en carnicero.

El tiempo que le traza
con línea de minuto el movimiento
lo transborda de mancha a garabato,
serpea su caligrama en el asfalto;
al andar se derrama en el tintero
que lo suscribe al crimen;
mancha de rojo el negro de su doble
y su copia tan sólo es una gráfica
que escaló con sanguina el matancero.

Este hombre es de paso y es de tizne,
vaciado en el metal
hunde su pie en la tierra,
hace una firma de cochambre,
un cálculo de cuadros
en la agrimensión de su desierto;
luego llena de cruces
el crucigrama de sus huellas
y es campo de alambradas su autocopia.

Este hombre es de carbón y de mentira:
el duplicado en mancha que le imprime
su atroz calcomanía
lo distorsiona;
la luz le golpea el trazo
y en el suelo
le deja el hematoma de su sombra;
después saca a su yo de su tintero,
se va haciendo un borrón y sólo deja
la lengua del harapo que lo nombra.

Esta copia del mundo no es la cierta.
Este hombre al carbón
dejó su original
al otro lado del espejo
que engaña con el truco
de la mancha.

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ENVÍO

Si ves morir un árbol
hunde una cruz e inhúmate con ella,
a ver si alguna vez da cántico el prodigio
de un hombre que sea árbol.

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LA LECCIÓN DE LA LUZ

Ilegibles los siglos…

En la ortografía de las estrellas
todo es justo al idioma que no se puede leer.
No falta ni un punto ni una coma
entre las pausas cósmicas,
ni la interrogación errante de un cometa
y ni la admiración de un agujero negro.

¿Hablan los siglos abecedario oculto?

Lo que una estrella dice
lo balbuce una vela lengueteante
en su enseñanza, de alumbrar.

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EL CERRAJERO

Yo viví haciendo llaves con palabras
para abrir con sigilo
la cerradura material del mundo.

Desde que supe que pensar
es un oficio de forzar las puertas,
limé con la dialéctica el silencio
para malear la voluntad del verbo,
y todavía el aldabón hermético
sostiene la unidad de la frontera.

Antes de mí, vinieron doctorales filósofos
con ganzúas lucubrantes
y el corazón del ser sigue en su chapa.

Después de mí, vendrán científicos de plaza
con herrumbrosas fórmulas moldeables
y seguirá inasible la clausura.
Pensadores andantes harán alto
y enmohecerán sistemas en la puerta.
Los poetas darán a sus motores
un metal de palabra adelgazada,
harán la misma llave en otro tono
y romperán su intento en herejía.

Yo viví haciendo copias de la llave
que sonaba a pregunta amordazada
ante el misterio del espanto frío:
la ganzúa y el metal fueron los mismos,
pero auscultaron de distinto modo
en la misma insondable cerradura.

Enmohecida la llave, pero en alto
la mano que lucubra en el candado,
cuando vengan los nuevos cerrajeros
así quiero que me hallen.