Desde que Louis Daguerre patentara el daguerrotipo, considerada como la primera cámara fotográfica de la historia en 1839, se comenzaron a registrar instantes de dos formas: primero, y como desde siempre en los tiempos del hombre, en la memoria, para resguardarlos muy dentro de lo que somos: una serie de recuerdos a los que acudimos alguna tarde cuando nos quema la nostalgia o nos araña dulcemente la tristeza, recuerdos para no olvidar de dónde venimos.
