Reseñas,

Apuntes: acercamiento al muro y las ventanas del poema

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Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.
Juan Gelman

Desde hace un tiempo los poetas escribimos en un muro. No como el de Berlín que cayó en noviembre o como el de la frontera norte desde donde Donald Trump nos amenaza y los centroamericanos seguimos viajando en busca del sueño americano; no como el de Los Lamentos, herencia del pueblo romano, ni como el que Adriano puso a los británicos o como el de Dubrovnik en Croacia. Tampoco sobre la roca como los grabados que nos maravillan desde Altamira a los experimentos new age. No. No ese tipo de muros.

Nosotros posteamos desde otros muros, desde los virtuales que nos internacionalizan, los del clic instantáneo, los del cómo me sientoque es expresión tan simple para muchos, pero engloba mucho para otros; o bien,  la frase teñida, el dolor a cuestas, la carcajada impresa, una imagen, la empatía, el dolor ajeno, un verso de Anne Sexton, una frase de T. S. Eliot, la rima de Góngora o Quevedo, el fragmento de Salman Rushdie y sus versos satánicos, o la prosa que nos tomó en secreto buscando ser poema.

Nuestras ventanas, entonces, son los ojos de otros que desde sus muros observan, juzgan, respaldan o reaccionan con la furia del índice. Apuntamos. Una, dos, tres, muchas veces al día hacemos apuntes para otros. Los tatuamos en los muros de un espacio donde el tiempo nos evoca e invoca. Un tiempo que eterniza lo escrito como la transparencia del poeta y la honestidad que se desborda: debe ser así, supongo.

En Apuntes de ventana para un muro, del poeta Arbey Rivera, los 23 poemas son un ritual para la escritura. La semilla, dadora de vida de los pueblos y símbolo de la cosmovisión indígena, acompaña al poeta chiapaneco en sus obras escritas y pictóricas, y se encuentra presente en el primer verso del poema: Coloqué en sus manos la semilla / más dulce y esbelta del amor.

Así, el poema que cierra el libro cierra esa transformación: la simbiosis y el cambio, donde quien escribe evoca las sombras, como un ave que mueve todo a su paso. En el punto central, el asombro. Luego, la luz: siempre encendida, aunque difusa en el corazón. Al final, la conciencia: el encuentro perfecto para partir de la misma forma pero siendo otro: Halló en los muros del asombro / aquella danza luminosa que llevaba consigo  / en su interior. / Cuando volvió  a casa ella era la luz.

Apuntes de ventana para un muro es un canto en evolución donde el poeta se muestra desde su origen hasta llegar a lo que es hoy: el poeta niño, el poeta que vio tatuado su futuro en las alas del colibrí y que hoy ve en las ventanas de los ojos de su hijo los muros que ha edificado con el paso del tiempo.

En su canto, el poeta Arbey Rivera retoma el diminutivo. Pero no para dar un matiz de miniatura o quitar valor a la palabra nombrada. No. Por el contrario, el poeta lo hace para recordar alguna parte de tiempo, algo suyo que se quedó volando en el viejo mundo, junto a las aguas del río Tordera en Barcelona. O bien, para mostrar que desde el muro donde plasmó aquellas palabras, al rescatarlas, no era suyas del todo sino que se habían quedado regadas durante todos estos años de su andar y desandar el mundo: Lo que resulte de esa venta de recuerdos / lo refrendaré al olvido.

Rivera parece tener, como Rubén Darío, un pájaro azul en el pecho. Uno que aletea y desborda su corazón con todo este cúmulo de emociones, con esa sensación de amor que lo abraza cuando su musa amamanta al pequeño Caleb que le recuerda toda esa ternura que perdió de niño, esa que se guardó en los bosques, la que escondió en el lomo el mecapal que siempre tuvo conversación junto a la leña, o con el juego del muñeco de trapo, que es el muñeco que quizá viajó por las ventas y los muros y fueron los ojos las ventanas en la que nosotros también jugamos desde niños.

La música en sí misma, el canto del agua, la nostalgia del niño, los labios de su musa, el recorrer los páramos del sueño, el saber ahora pleno, la familia, un todo que se encuentra entre nosotros y que nos muestra que el poeta elije las ventas por dónde tirar los versos: esos que volarán y que pasarán por encima de los muros, que no reventarán contra paredes y que terminarán siendo los apuntes para que los lectores puedan verse reflejados como en algún espejo atemporal.

César Trujillo (Yajalón, Chiapas, México, 1979). Poeta y politólogo. Ha publicado siete libros de poesía. Su obra ha merecido el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2017, el Premio Juegos Florales de San Marcos Tuxtla 2019 y el Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2019.

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