El inicio de mi camino lector, y quizá el de muchos otros, está marcado por esos Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde leemos a un joven Pablo Neruda que resulta algo inexperto en el manejo del verso y que tiende a los sentimentalismos e incluso a la melancolía. Para Borges, que sospecho siempre tuvo alma de viejo, así era. Pero un adolescente enamorado, o su contrario, el que se encuentra atravesado por todas las flechas del dolor, sin duda sentirá una epifanía de identificación universal: lo que el otro ya dijo es, precisamente, lo que está sintiendo.
Pienso que durante la edad de ese divino tesoro (que se va para no volver) –por ponerlo en términos de Rubén Darío, por lo demás muy apropiados para referirnos a los primeros títulos de Neruda–, es inevitable sentirse emocionado al leer, por ejemplo, el inicio del «Poema 5»:
Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Como escribió a manera de prólogo en su libro de memorias, Confieso que he vivido, la vida del poeta está compuesta de la vida de los demás: una voz que busca decir con transparencia las experiencias comunes a los hombres y mujeres que habitan el mundo. Pablo Neruda es, en realidad, un pseudónimo; el hombre se llamó Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Mientras escribo pienso en la posibilidad de que no sólo sea otro nombre para llamarse a sí mismo: tal vez todos, o al menos parte de nuestros rostros, de nuestras acciones, de las cosas que escribimos y que vemos, también nos llamemos Pablo Neruda.
Raúl Zurita, un gran poeta chileno que cuenta con una vitalidad impresionante en su obra, escribió, respecto a su predecesor: «Neruda es Neruda porque es la humanidad entera, la humanidad entera es la humanidad entera porque es un vacío, Neruda es la humanidad entera porque es el vacío que la muerte va dejando en las palabras». Confieso que he vivido nos deja ver esa humanidad y nos permite reconocernos en ella: un hombre que superó las condiciones en las que nació, que sació los deseos de la carne, que cometió agravios –esta no es una apología sino una suma de hechos–, que encontró la risa y la fraternidad. Un hombre, en fin, que pudo ser cualquiera y que fue todos.

Imagen: archivo de internet.
Con esta frase conjuro la recreación de su poética, que se alejó de la tendencia posrubeniana y que encontró su propio camino en la denuncia y la poesía política, amparado bajo el gigantesco brazo de Walt Whitman y la convivencia con la Generación del 27 tanto como con la guerra civil española. El siguiente libro que leí de Neruda fue Los versos del capitán, donde el canto de amor persiste, pero con la fugacidad y la fuerza del secreto y el exilio. Ese hombre que escribe:
Cuando miro la forma
de América en el mapa,
amor, a ti te veo.
Pero que también dice, consciente de su condición humana y literaria, sin dudar un momento en el candor del mundo:
No solo el fuego entre nosotros arde,
sino toda la vida,
la simple historia,
el simple amor
de una mujer y un hombre
parecidos a todos.
Se desplegó ante mis ojos un mundo despojado de castidad y desmesurado de infranqueable codicia entre dos cuerpos que se reconocen. Ese mundo acaso más libre al que se accede a través de la consciencia de la muerte y del lenguaje. La finitud del hombre es la razón de la poesía: el esfuerzo de testimoniar las vivencias que se enmarcan en lo perecedero y el intento de sobrepasar humanamente los límites del tiempo y de los signos.
Mis lecturas nerudianas continuaron con las Odas elementales y el Canto general, libros que tienen por eje el grupo de unos hombres y mujeres cercados por la violencia y la agitación social: es hora de un amor comprometido a las causas justas, a las cosas sencillas, a los otros. Pablo Neruda fue un hombre vital, un caballo que corre sin consideraciones geográficas ni climatológicas, un caballo que en su galope tendido poetiza los objetos banales del mundo: la esencial cebolla, el cobre y la flor, los números y el pan, la intranquilidad y el caldillo de congrio.
Como un caballo que recorrió las tierras del Oriente, que comió y bebió en los pastizales españoles, que fue perseguido en su país por Videla y por ello escapó, de casa en casa, acariciado en secreto por todas las manos de sus hermanos y hermanas. Un caballo que palpita entre sus versos y entre los ojos de sus lectores hasta penetrar –esa identificación– en lo profundo como un cuchillo que no mata, sino cicatriza las heridas sangrantes de una sociedad ultrajada.

Imagen: archivo de internet.
Como dejan entrever sus poemas dedicados a Stalin o a Leningrado, fue una persona de arduo compromiso, militante de la izquierda chilena. Neruda suscribió a la más poética de las ideologías políticas del siglo pasado: el comunismo, e incluso fue candidateado para ser el presidente de su país (antes, según él, de hacerse a un lado y cederle su lugar a Salvador Allende). Al final su partido gana las elecciones, pero la historia termina en golpe de Estado y en la muerte tanto de Allende como de Neruda: a su entierro, y pese al ambiente de represión que dominaba las calles, el pueblo de Chile acompañó en procesión fúnebre el cuerpo eterno del poeta, cantando «La internacional». Una imagen, probablemente como él mismo quiso vivir, poética.
Para escribir los proyectos que emprendió, como el de restituir el sentido multinacional y fraterno en América Latina, el de decir la historia y los mitos de una región, y ser, a fin de cuentas, el hombre o poeta político que quiso ser, sabía que su voz debía diluirse en la sangre de los otros: dejar de existir, un poco, en plena función de su individualidad.
Dadme
las luchas
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reúne:
el canto del hombre invisible
que canta con todos los hombres.
Seguramente sin personajes como Whitman, Vallejo o Lorca no tendríamos a Neruda como lo leemos, del mismo modo en que Neruda traza la ruta que nos lleva a libros y autores como Anteparaíso, de Raúl Zurita, y Exhausto en la cruz, de Najwan Darwish. Pero son, a riesgo de ser verdad, en su mayoría, conjeturas y ensoñaciones mías. Lo cierto es que en un tiempo como el presente, marcados por un sentimiento de soledad acentuado por la tecnología que nos circunda, donde cada uno se encuentra irremediablemente separado y solo en una parcela delimitada por el uso del celular, con una naturaleza agonizante y a merced del utilitarismo voraz, algunos versos de Neruda pueden caer como un vaso de agua fresca frente a la aridez del mundo.
Allí naciste, cuando el hombre tuyo
pidió a la tierra su estandarte
y cuando tierra y aire y piedra y lluvia,
hoja, raíz, perfume, aullido,
cubrieron como un manto al hijo,
lo amaron o lo defendieron.
Así nació la patria unánime:
la unidad antes del combate.
Aunque Roque Dalton diga que la poesía de Neruda, a partir de Residencia en la tierra –es decir, de 1933– «tiene algo de zombie», por usar un lenguaje desactualizado y preparado para extinguirse, y aunque Borges se mofe, en entrevistas televisadas, de los «espantosos poemas» dedicados a cosas ridículas, es a mi consideración que la voz del poeta chileno se erige, diminuta y firmemente, en el interior monumental de las cosas pequeñas.
Raúl Zurita, para quien la poesía es el confesionario de los otros, prologa Residencia en la tierra, en la edición de Lumen, que paseo continuamente entre mis manos. Escribió que este libro, la Residencia, era absolutamente inconcebible hasta antes de aparecer de pronto; nada pudo haberlo previsto. Un ir más allá del horizonte de expectativas: un nuevo límite y una nueva muerte. Una actualización que, para el mismo Zurita, sólo pudo realizarse desde el corazón de la lengua porque «sus lectores son seres heridos, sangrantes, que van siguiendo en las líneas de estos poemas las estaciones de su sangre y de su muerte».
Residimos, momentáneamente, en este mundo. O quizá la vida sea tan sólo un estadio de una cosa mayor. Con una de las cimas poéticas del siglo XX, Neruda inventó un modo de decirnos en toda nuestra humanidad. Con el último poema de este libro, «Josie Bliss», conmemoro a quien fuera, para muchos, el más grande poeta del siglo pasado.
Color azul de exterminadas fotografías,
color azul con pétalos y paseos de mar,
nombre definitivo que cae en las semanas
con un golpe de acero que las mata.
Qué vestido, qué primavera cruza,
qué mano sin cesar busca senos, cabezas?
El evidente humo del tiempo cae en vano,
en vano las estaciones,
las despedidas donde cae el humo,
los precipitados acontecimientos que esperan con espada:
de pronto hay algo,
como un confuso ataque de pieles rojas,
el horizonte de la sangre tiembla, hay algo,
algo sin duda agita los rosales.
Color azul de párpados que la noche ha lamido,
estrellas de cristal desquiciado, fragmentos
de piel y enredaderas sollozantes,
color que el río cava golpeándose en la arena,
azul que ha preparado las grandes gotas.
Tal vez sigo existiendo en una calle que el aire hace llorar
con un determinado lamento lúgubre de tal manera
que todas las mujeres visten de sordo azul:
yo existo en ese día repartido,
existo allí como una piedra pisada por un buey,
como un testigo sin duda olvidado.
Color azul de ala de pájaro de olvido,
el mar completamente ha empapado las plumas,
su ácido degradado, su ola de peso pálido
persigue las cosas hacinadas en los rincones del alma,
y en vano el humo golpea las puertas.
Ahí están, ahí están
los besos arrastrados por el polvo junto a un triste navío,
ahí están las sonrisas desaparecidas, los trajes que una mano
sacude llamando el alba:
parece que la boca de la muerte no quiere morder rostros,
dedos, palabras, ojos:
ahí están otra vez como grandes peces que completan el cielo
con su azul material vagamente invencible.





