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Acervo de Poetas Chiapanecos: Víctor García Vázquez

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Foto: Arcenia Soriano Marín.

Poemas del libro Grutas a cielo abierto

Salmo 1
Temprano se levanta mi hermana a barrer el patio de la casa,
porque siempre amanece cubierto de hojarasca y chiriviscos.
Apenas flota su cuerpo en este lago vegetal,
pero ella rema con su larga escoba de ramas;
y se esfuerza en separar las densas y podridas aguas
para que podamos correr y subirnos al trapiche
sin temor de que nos pique la tarántula o el cantil.

Sentados sobre un tronco invadido de hongos,
los demás solo observamos porque aún no podemos ayudar.
Solo ella, que es fiel a Dios, tiene la estatura,
la fuerza y el valor samaritano
para remover el montonón que inunda la casa
y nos roba el suelo, los sueños y el camino.

Mientras ella crea salmos con la escoba y la hojarasca,
vemos las ramas de mango y de caimito,
de guayaba y de naranja, de aguacate y de cacao,
cómo no cesan de caer y de secarse en la caída.

Al tiempo que sentimos cómo el cadejo del viento
de una tarascada vuelve a derramar
el mismo chiflón de hojas que ha removido durante el día.

Pero ella no se detiene, ella nunca se detiene.
Su escoba sigue ejerciendo el mismo evangelio
sobre el mar de hojas muertas que amenaza asfixiarnos.
Y de golpe en golpe nos arroja una sonrisa
o nos relata una parábola
a los siete atolondrados que nos acurrucamos en la rama de un cafeto.

Cada vez se aleja más mi hermana con su escoba,
porque cada hora son más altos y bravos los tumbos de hojaral;
pero siempre sabemos dónde está rastrojando,
porque su rostro bíblico parpadea y nos alumbra
y desde lejos su voz nos sigue salmodiando
que el amor es mantenerlo todo limpio.

Ninguno de los siete es capaz de aperase del tronco,
donde nos sentaron nuestros padres,
para bajarse a nadar en este pantano vegetal.
Sólo ella, que es fiel a Dios, sigue su predicamento
en medio del diluvio de hojas
que no dejan de caer e inundar el patio.

Cuando logremos crecer y podamos ayudarla,
si algún día logramos tener su estatura,
espero que aún exista el patio, mi hermana y su escoba,
para que entre todos limpiemos todo;
arrinconemos el montonón de hojas que ahora nos estorba
y nos zurdamos los ocho bajo este mar muerto,
donde ella tiene escrito su evangelio.

Salmo 2
Todos los domingos mi padre afila su machete.
Antes de que los sinsontes entonen sus laudes,
se sienta en su viejo taburete de hormiguillo,
coloca entre sus piernas la palma de metal ensombrecido
y con su mano diestra le aplica un largo staccato
hasta que nota a nota va surgiendo el filo solar.

Antes de tomar su café con pan, se pone su gorra,
que mantiene guindada detrás de la puerta,
y sale al patio a cortar con su relámpago letal
una rama frondosa de musaenda
y un manojo encendido de flores de hawaiana.

Para no avergonzar a la mañana fresca y olorosa,
para no incendiar tan temprano las calles con colores extranjeros,
o simplemente por pudor o discreción,
mete las flores en un costal salpicado con pulpa de café.

Camina nueve calles arrastrando su pie tezcatlipoca
y no se detiene hasta llegar a la ceiba madre.
Allí se quita la gorra para ventilarse y se rasca la cabeza,
para luego continuar arrastrando su costal y sus plegarias.

Corta varias ramas de escobilla
y las ata con un pedazo de bejuco
para limpiar la tumba fresca de mi hermana.
Ya no brota su llanto como los primeros días,
pero algo le aprieta en su corazón.
Algo como un lagarto le camina del pecho a la garganta,
pero él sigue barriendo y enflorando sin levantar la cara
para no hacerle caso a la sombra que le repta.

Como una caja de regalo adorna la tumba
con la rama de musaenda, las hawaianas,
y con manojos de adelfas que roba de la tumba del vecino.
Al final se sienta durante casi una hora a contemplarla.
¿Qué pensamientos se arraigarán en el árbol de mi padre?
¿Qué le contará a mi hermana de la orfandad del mundo?
¿Qué alegrías y dolores mantienen la vista fija en su descanso?

Apenas se cristaliza su mirada mientras platica con su hija,
pero su mano izquierda no deja de tajar la tierra con el machete.
Nunca le han alcanzado las palabras, pero su brazo de metal afilado
dicta el lenguaje de su corazón y de sus mutilaciones.
Golpe a golpe, la tierra va mellando el filo solar
que con tanta destreza despalmó por la mañana.

Otra sombra que también madruga le dirige un monosílabo.
Él, sin levantar la vista del regalo de su primogénita,
responde con un saludo campesino;
pero no deja de grabar con su machete
el mensaje en clave que se usa con los hijos muertos.

Antes de retirarse se suena la nariz y tose.
Con trabajos despierta a su pie tezcatlipoca.
Se quita la gorra, se rasca con ira la cabeza
y un “adiós, pue, mihija”
lo libera de todas sus angustias.
Todos los domingos mi padre afila su machete.

Salmo 3
Donde el aire crudo se revienta
contra la ira de las rocas,
pero deja un leve rocío
que reverdece las minúsculas plantas.
Donde las filosas lajas se desprenden de la montaña,
pero no logran abatir las flores solares
que se arraigan horizontalmente.
Donde el mar construye su propio laberinto,
pero logra salir él mismo por la ensenada donde fondea la fe.

Donde la densa oscuridad se aclara con una taza de café
y gente taciturna y tersos sorbos de melancolía.

Donde la floresta circular tira palabras de semillas secas,
que de inmediato germinan en leguaje simbólico.
Donde el aliento tibio emana de las rocas de miseria,
y el viento sólo regresa un silencio asmático.

Donde me diste un último abrazo sofocado de palabras inaudibles,
mientras alguien con tus mismas iniciales vigilaba de cerca,
me encuentro.

Sentado en la misma orilla,
esperando una embarcación que ofrezca tierra firme
o al menos un ave agorera que me diga el rumbo.
Sólo un viento frío y una densa neblina deambulan en la arena,
donde grabo mi sintaxis que las aguas borran,
aunque yo vuelvo a trazar con insistencia tus múltiples partidas
en este lienzo de sílice y silencio.

Quizá preferiría decirte que en otro lugar,
pero en el mismo filo, en el mismo risco,
en la misma ladera, en la misma orilla,
que vos conocés,
me encuentro,
nos encontramos todos.
Donde vos estés hermanita, que los vientos sean fértiles.

Salmo 7
Aquel muchacho salvadoreño que llegó a tu casa,
empapado y temblando de lodo, de hambre y de rabia,
y que te pidió posada y comida por unos días,
a cambio de ayudarlos en el taller y en lo que dispusieran,
porque en Cuscatlán había aprendido el dolor y la herrería,
vino hoy, treinta años después, todo chiveado.

Lo reconocimos porque la cicatriz que le craquela el rostro
no le ha cambiado su fiero modo ni su gesto chueco.
Aunque su piel es mucho más clara, el cabello más lacio,
y por alguna razón lo vemos más alto,
tampoco le ha cambiado el tonito guanaco,
que remedabas cuando contabas sus historias de la guerrilla
que él mismo argüendeaba cada tarde después de la soldadura.

De todas sus narraciones, reales o inventadas,
nos seguimos acordando de que se volvió vegetariano,
porque la carne le daba náuseas,
desde que una mujer hizo explotar una bomba
en el cuartel de los guerrilleros.
Entró con un envoltorio, dijo, que simulaba un bebé,
y anunció que buscaba al comandante para que conociera a su cipote.

“Viera, doña Juanita, cómo colgaban del techo y las paredes
los pedazones de carne chamuscada, cómo jedía la muerte y la pólvora
y en un ratito se juntó el mosquerío sobre los cadáveres.
Desde entonces, no puedo ni ver los ishcos en el plato.”

Relatabas sus historias como si el dolor y el asco fueran tuyos
y terminabas siempre con un adjetivo que hacía al exguerrillero
más humano y admirable ante nosotros.
Pero nada nos conmovió como tu llanto y arrepentimiento,
cuando se fue de madrugada y se llevó tu reloj,
tu cartera con tus amuletos y tu gasto de toda la semana.

Nos pesó tu inocencia cuando anduviste buscándolo en un triciclo
por todo el pueblo y por ambos lados de la frontera,
porque pensaste que con el robo había renunciado
a su plan de cruzar hacia los Estados Unidos.
Olvidaste, hermanita, que nunca vuelven atrás
quienes han sido vomitados por la violencia y el hambre.

Te dolió muchísimo el reloj que te habías comprado en Malacatán
y la paga que habías juntado vendiendo machetes de fayuca.
Prometiste que, si lo encontrabas, le reventarías la bomba del reclamo
y le reprocharías no tanto lo que se robó, sino el abuso de confianza,
el cariño que todos en tu casa le habían ofrecido,
solo por los relatos cruentos y los gestos de dolor
que le habían heredado la guerrilla.

Un día mamá te pidió que lo perdonaras,
porque solo Dios sabía qué necesidades lo emboscaron
y papá sentenció que así eran los mojados,
que sabían ganarse la confianza y después traicionaban
para seguir su camino hacia el otro lado.

Nunca supimos si el tiempo y la palabra de Dios
te ayudaron a perdonarlo,
porque pocos años después ya no lo mencionaste.
Cuando relatábamos historias de sobrevivencia
y rompíamos el costal de la miseria,
ya no lo evocabas ni te ponías triste.

Después de treinta años, el guanaco vino a buscarte
y dice que te trajo un bonito regalo de Chicago.
Viene rogando que lo perdonés, porque nunca quiso hacer daño
“a doña Juanita, pero vieran ustedes que así es, que es dura la vida,
y que, si ustedes pueden disculparme, por mis hijos más que nada,
vieran que nunca olvidé lo buena gente que fue su hermana,
pero yo no quería ofender, verdá… pero ya ven”.
El mismo gesto que vos hacías cuando contabas aquella anécdota
de la señora con el envoltorio, ahora nos enloda la elocuencia,
nos astilla la mirada,
nos trinca el corazón en el molino de los dedos
y nosotros no sabemos cómo consolarlo.

Si vos todavía pudieras medir el tiempo,
en ese reloj que te trajo,
¿qué le dirías, hermanita,
cómo harías explotar la pólvora prometida?

Salmo 9
Marota, gritábamos antes de arrancar en siete tropeles
para buscar refugio en algún rincón de la casa.
Marota, marota, marota vieja,
gruñíamos altaneros con la lengua legañosa
y la mezquindad de sabernos inmunes porque no estaba mamá.
Tú empuñabas siempre el evangelio del palo de la escoba
y una jícara de agua fría para sacarnos del escondite.

Cuando lograbas atrapar a uno de los grandes,
lo tundías a garrotazos hasta doblarle las canillas,
y aun maltrecho lo obligabas a cumplir con sus deberes.
A los pequeños nos tocaba un baño de agua fría
y un par de buenos coscorrones
pero también conseguías que iniciáramos los trajines.

Eso era por la mañana,
cuando debías levantarnos para ir al molino,
cortar leña, atizar el fogón o acarrear agua para los animales.

Por la tarde, cuando nadie quería guardar el café y el cacao,
que se habían secado en el patio durante el día,
el grito de marota vieja rebotaba en cada esquina de las calles,
en cada puente del arroyo y en cada rama del orgullo.

Tú te repartías en siete persecuciones con el cable de la plancha.
Y entonces sí, pobre del que se dejara alcanzar,
porque descargabas la autoridad que mamá te endosaba
y no te dolían los apodos de marota vieja, cocha enfrenada,
ni los demás dardos de veneno que lanzaban nuestras lenguas.

Berreábamos el mote de la familia sobre tu espalda.
Éramos una piara guañendo nuestro propio flagelo,
porque toda nuestra estirpe cargó con el apelativo de coches,
no por lo sucio, decías, siempre defendiste esa idea,
sino porque son los animales más humanos,
aunque papá dijo que su chozno fue comerciante de marranos.
Por eso éramos la sexta generación de cerdos
que corría iracunda y chillante,
y se daba de tarascadas en las colas.

Tú, la mayor en todo, siempre quisiste enseñarnos
que debíamos ser obsesivamente ordenados,
porque el chiquero de nuestro ocio justificaba los gruñidos,
que nos recibían como saludo o reclamo cada vez que hollábamos la calle.
Nunca faltaba la escoba en tus manos
porque mantenerlo todo limpio fue tu evangelio
y pegarnos un leñazo tu mejor doctrina.

Tenías el don de la paciencia.
Durante la estampida de la piara inmisericorde,
disfrutabas el vellón de espuma de tu furia,
pero tu venganza solo la ejercías en el chiquero,
cuando regresábamos a comer o a encerrarnos en el baño.

Allí se nos cumplía la invocación de la marota enfrenada,
allí vivía Dios y manga mocha,
no había plegaria que te impidiera cumplir con tus obligaciones.
Nos reventabas la espalda a garrotazos
y nos recordabas que no debíamos de correr y salir guarreando,
cuando solo ayudabas a limpiar nuestra propia inmundicia.

Pelear era el trajín de todos los días,
pero solo vos estabas allí para que cada uno trompeara su canoa.
Correr y hocear tu nombre era el afán de mañana y tarde,
solo porque no queríamos hacer caso ni domesticarnos.
Correr guarreando para que no nos alcanzara
el tifón de agua fría y la furia de tu escoba.
Seguiremos gruñendo y corriendo delante de tu sombra, hermanita,
con la única fe de que ahora sí nos alcance tu evangelio.


(Escuintla, Chiapas, 1975). Estudió la licenciatura en Lingüística y Literatura y la Maestría en Literatura Mexicana en la BUAP. Ha publicado Mujer de niebla (Premio Nacional de Ensayo, 2001); cuatro libros de poesía: Raíces de tempestad(2001), Tejidos (2003), Tajos (2011) y Vuelta del húngaro (2020). Ha sido antologado en Espiral de los latidos: poesía joven de la zona centro del país (2002), Sirenas y otros animales fabulosos (2006), Miscelánea erótica (2007) La luz que va dando nombre: veinte años de la poesía última en México, (2007) Cofre de cedro (2011). Universo poético de Chiapas(2017), La piedra del fuego, antología de poetas chiapanecos (2019). Aparece en los libros de ensayos Aristas: acercamiento a la literatura mexicana (2005) Caminata nocturna. Híkuri ante la crítica (2016), Antología del ensayo moderno en Chiapas (2018). Una tradición frente a su espejo. Estudios críticos por los 50 años del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, (2019). Ha publicado en las revistas Alforja, Crítica, Punto de partida, La palabra y el hombre, Círculo de poesía, Buenos aires poetry, entre otras.