Acervo, Poesía,

Breve selección de poemas mexicanos

PoesíaM

Esta breve y personal selección de poesía mexicana, que como toda antología se somete al arbitrio, no tiene otro criterio más que el gusto del seleccionador. Para el corte, no obstante, me he inscrito al recuerdo –y también al hallazgo– de aquellos poemas que dejan traslucir entre sus versos la esencia mexicana (digo esto como un ciego a tientas, pues desconozco lo que pueda llegar a significar e, incluso, si la designación es siquiera posible).

Cualquier cosa escrita por cualquier persona que viva o haya vivido en México durante bastante tiempo –los mexicanos, dicen, nacen donde les da la gana– no puede ser más mexicana posible. No existe verdaderamente el ser más o menos mexicano. Borges, al ser preguntado por unos poemas en que utiliza regionalismos, es tajante al responder que él ya es argentino, que no había necesidad de pretender serlo más.

Esa pretensión, ese disfrazarse de uno mismo, está visiblemente presente en las fiestas patrias. No sólo los niños en las escuelas encarnan a los personajes de la historia en sus representaciones ni únicamente se preparan los desfiles –que, digamos, es el procedimiento oficial–, sino que, ya entrada la tarde, los hombres y mujeres se reúnen, con sombrero de mariachi, bigote falso o vestido regional, a beber más tequila y a cantar más fuertemente de lo usual, entre servilletas, manteles y decoraciones tricolor.

No sé si la esencia, pero el sentimiento mexicano parece estar signado por una necesidad de afirmarse y, por consecuencia, de la urgencia de la búsqueda de sí mismo. No se aprecia la misma situación en otras culturas. Con estos poemas, que no son por fuerza patrióticos, y que seguramente no fueron escritos con el propósito que dispongo ahora, intento dar un esbozo del rostro mexicano (acaso en una búsqueda de mí mismo), con sus querencias, sus obsesiones, sus denuncias.

Desde «La suave patria», que, contrariamente, Velarde escribió en un tiempo marcado de violencia, hasta otros poetas contemporáneos, uno atisba que el país no ha gozado un solo día de calma. Pero también este es el país del que Dalí apuntó un surrealismo mayor que el propuesto en su obra: un sitio ya no sólo multicultural, sino que pareciera alternar indistintamente entre la vigilia y el sueño, confundiéndose, y donde lo imposible y lo improbable ponen sus imágenes en un collage exótico. De algún modo estos dos países son el mismo.

Desconozco la verdad de estas palabras. Lo cierto es que esta selección está hecha desde el placer y hacia el placer de la lectura. Termino con lo que dijo Tedi López Mills en Cascarón roto:

En México, escribe Zaid “lo único feroz… es el silencio”. Nadie lo lee a uno como uno lo imagina cuando postula a su hipotético lector frente al poema de ayer, aún tachonado con sus adjetivos inexactos pero llamativos. Verso uno, verso dos, verso tres, y no se despliegan las flamígeras alas. Mis compañeros, mis amigos, mis contemporáneos recalcan palabras como euforia, epifanía, abismo. Es fundamental, me dice mi compañero más compasivo, leer cavando en las palabras.


Malinche

Desde el sillón del mando mi madre dijo: “Ha muerto”.

Y se dejó caer, como abatida,

en los brazos del otro, usurpador, padrastro
que la sostuvo no con el respeto
que el siervo da a la majestad de reina
sino con ese abajamiento mutuo
en que se humillan ambos, los amantes, los cómplices.

Desde la Plaza de los Intercambios
mi madre anunció: “Ha muerto”.

La balanza
se sostuvo un instante sin moverse
y el grano de cacao quedó quieto en el arca
y el sol permaneció en la mitad del cielo
como aguardando un signo
que fue, cuando partió como una flecha,
el ay agudo de las plañideras.

“Se deshojó la flor de muchos pétalos,
se evaporó el perfume,
se consumió la llama de la antorcha.

Una niña regresa, escarbando, al lugar
en el que la partera depositó su ombligo.

Regresa al Sitio de los que Vivieron.

Reconoce a su padre asesinado,
ay, ay, ay, con veneno, con puñal,
con trampa ante sus pies, con lazo de horca.

Se toman de la mano y caminan, caminan
perdiéndose en la niebla.”

Tal era el llanto y las lamentaciones
sobre algún cuerpo anónimo; un cadáver
que no era el mío porque yo, vendida
a mercaderes, iba como esclava,
como nadie, al destierro.

Arrojada, expulsada
del reino, del palacio y de la entraña tibia
de la que me dio a luz en tálamo legítimo
y que me aborreció porque yo era su igual
en figura y en rango
y se contempló en mí y odió su imagen
y destrozó el espejo contra el suelo.

Yo avanzo hacia el destino entre cadenas
y dejo atrás lo que todavía escucho:
los fúnebres rumores con los que se me entierra.

Y la voz de mi madre con lágrimas ¡con lágrimas!
que decreta mi muerte.

En la tierra de en medio, de Rosario Castellanos.

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Boleros mexican style

Alguna culta gente se imagina
que no hace falta verdadero valor
para sentarse a solas
en una cantina umbrosa de San Ángel
o bien, Jaime, de Tuxtla
–en el viejo San Ángel,
que ocupa siete cuadras cuando mucho–,
para beber enteras
dos botellas de ron de la peor marca.

Porque esta fina gente
tampoco sabe lo que significa
sentarse así,
solito,
con ese ron de cepa deleznable,
sin quebrar en astillas contra el vaso
la más furtiva lágrima italiana
y sin oír más cantos que los de la rockola
–en general certeros por el tema traumático,
pero no por el arte–.

Y no sabe esta gente que a esas horas
–inútil mencionarlas–,
los vómitos, los gritos, la tristeza,
la nostalgia del pobre abandonado,
el llanto favorecen.
Y mucho menos sabe
que uno se sienta ahí por dignidad,
para que las miradas de los otros
lo contengan,
para no desbordarse
(con lágrimas y alcohol)
y para no romperse los puños contra el muro
ni matar gratis a nadie;
para aguantarse a cuerno limpio
todo el dolor, pongamos,
de unos celos,
de un perdido amor,
una utopía amorosa.

Para qué continuar.
Yo creo que se requiere algo más solido
que el desnudo valor para irse ahí,
con ese ron y esa locura de la misma fábrica,
ahogar así las penas en el vino, como dicen,
y corromperse así, profunda bestia,
anónima como el autor del Cid,
sólo para no hacer,
en dos palabras,
el oso a media calle.

La zorra enferma, de Eduardo Lizalde

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Al volante de un automóvil por la carretera panamericana de Tuxtla a la Ciudad de México  [fragmentos]

[…]
a tantos kilómetros por hora,
con mucho calor y viento por el Istmo,
con lluvias torrenciales por el tramo de Veracruz
que tratan de detener el carro, derribarlo en un barranco,
que he aprendido los nombres de los puentes,
de los pueblos asfixiados, hundidos
en las curvas y rectas de la carretera;
[…]
todavía siento, cuando voy caminando
de un lugar a otro, en esa trepidación de vida y muerte
a la que nos empuja la gramática o la cólera,
de regreso a casa, abriéndome paso
con un pico y una pala, o cuando
estoy sentado en una silla
o cuando acostado entre las piernas de la que amo,
ese cambio de velocidades, el esfuerzo del automóvil
[…]
la primera vez que llegué a la Ciudad de México
no sabía a dónde dirigirme,
qué esquina cruzar,
era como comenzar un escrito,
estar acodado en una mesa frente a una hoja en blanco,
solo, con los hombros colgados hacia adelante
esperando el disparo que inicia el arranque,
la carrera que hay que ganar
y donde se es el único competidor,
una hoja que ardía en mis manos
como a veces arden los tiraderos de basura de Santa Cruz Meyehualco,
o como los camiones y tranvías en tiempos de rebelión,
que aullaba, que tenía hambre,
iba de un cuarto de azotea a la ciudad universitaria,
con libros bajo el brazo,
haciéndolos pedacitos y tirándolos
por la ventanilla del camión,
contaminando más la ciudad con Kant y Antonio Caso,
y ya sin ellos me bajaba a la mitad del camino,
entraba en una concina económica de las calles de Academia,
o a una cervecería
y en la noche a bailar a La Perla,
[…]
y en esas calles ulcerosas vi por primera vez
carros llenos de policías, y también policías a caballo,
granaderos en camiones
que cerraban esas calles,
parte del poder del Estado,
que entraban empujando,
golpeando,
entraban a paso de carga
y arremetían contra todos,
tirando los botes de basura,
despertando al vecindario,
disparando a quemarropa,
[…]
y luego la claridad entrando por la ventana de mi cuarto,
entrando ella a despertarme,
quitándose su uniforme de colegiala,
echándoseme encima, moviéndose,
besándonos como se besan el actor y la actriz en los filmes,
[…]
llegar de nuevo al poema recién comenzado,
entrar de nuevo a la expedición del sueño,
ir recogiendo muestras de distintos materiales,
para bajar de nuevo a la calle
al escuchar el ruido de los camiones
de carga y descarga, las voces de los vendedores ambulantes,
de los recogedores de la basura,
de los niños que van a la escuela,
subir a un camión de pasajeros
junto a obreros y obreras,
[…]
ver pasar un tren
que a la tierra arrancara su estructura
en seis de sus vagones una letra
que conforman la palabra H U E L G A
esos materiales que llevo en el bolsillo
los comparo con los que voy viendo en la calle,
llego hasta un puesto de jugos y pido uno de naranja,
los ferrocarrileros al pasar levantan el puño y saludan,
yo los saludo,
parecen decirnos
la realidad son estos puños,
este tren,
[…]
llego por primera vez a la Ciudad de México,
soy un hombro más de la multitud al dar un paso,
gases lacrimógenos me hacen rabiar,
trenes descarrilados o incendiados en las terminales,
las vías levantadas, y el ataque
del ejército, policías y granaderos
en formación a paso de batalla,
el zócalo reducido a un culatazo en la frente,
vendrán otras batallas, nos decía José Revueltas,
los ferrocarrileros pasan frente a mí levantan el puño y saludan,
salen de una cárcel para entrar en otra,
pasan a la ilegalidad, a sus escondrijos,
tomo nota, apunto todo esto,
no soy más que un cronista
que ha visto caer a sus amigos,
que ha enterrado a sus muertos,
que se ha bañado de viento,
lleno de contradicciones y fantasmas,
de asperezas y afirmaciones,
con la espalda remendada tantas veces,
de nuevo amando, avizorando el futuro
que es tan difícil retener en el lente de un telescopio,
negando ese futuro, de nuevo odiando,
de nuevo comenzando, en fin
iniciando el viaje, partiendo del mismo lugar,
dirigiéndome al mismo lugar,
[…]

Estado de sitio y otros poemas, de Óscar Oliva 

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Alta traición

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
–y tres o cuatro ríos.

No me preguntes cómo pasa el tiempo, de José Emilio Pacheco

. 
El río

La ciudad es una. Un río sucio la parte en 2: ciénaga de sudores.
La poesía es muchas: palabras que transmutan apenas cruzas este río.
Una mirada escruta desde los arbustos el paso verde en el agua.
Aquí es el fin del cerrado corazón, el término de un corazón huérfano;
aquí comienzan otros significados.

El río rojo separa a la ciudad y en cada universo arma su historia
de fiesta o pesadilla. Apenas se traspone el linde la misma voz ora
otras realidades. Desde esta orilla hay la sangre sobre las piedras
y enfrente el arma todavía busca su blanco: piel bañada de lunas
magras contra el silbido del metal. Pero la ciudad es una sola.

Hay un río negro avanzando dentro de la ciudad, un río armado
de noche entre las astas de los edificios. Divide a la ciudad en negro
y blanco. El sur es un grito; el norte es una fiesta de luz. Este río
avanza bajo los puentes como una daga segando algodonales.
Duele y canta la ciudad, pero bajo la luz del sol es una sola.

Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto, de Jorge Humberto Chávez 

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Irás a la escuela

Tú irás a la escuela.
No serás cabeza hueca.
Traspasarás el umbral de tu imaginación
hasta adentrarte en tu propia casa
sin tener que tocar la puerta.
Y contemplándote en el rostro de tu semejante
descubrirás que desde tus pestañas,
flechas nocturnas prendidas en el corazón de la tierra,
desciende tu sencillez
y asciende la grandeza de tu abolengo.
Tú irás a la escuela
y en el cuenco de las manos de tu entendimiento
contendrás el escurrir del vientre de la mujer de tu raza.
De su calcañal
descifrarás los jeroglíficos escritos por el polvo,
el viento y el sol.
Grandes los ojos de tu admiración
contemplarán sus senos desfallecientes
después de haber derramado vida sobre la tierra.
Irás a la escuela
pero volverás a tu casa,
a tu cocina,
a pintar con achiote el vientre del metate,
a que lama la lengua del tizne tu albo fustán,
a inflar con tus pulmones el globo-flama,
a que hurguen tus ojos los delgados dedos del humo,
a leer el chisporroteo en el revés del comal,
a leer el crepitar del fuego.
Volverás a tu cocina
porque la banqueta te espera.
Porque el fogón guarda en sus entrañas un espejo.
Un espejo en el que estampada se halla tu alma.
Un espejo que te invoca con la voz de su resplandor.

Como el sol, de Briceida Cuevas Cob

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Habla Fray Bartolomé de las Casas

2. Como México no hay dos: ¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?

El corazón es un animal en exilio
cuya patria es el amor.

El migrante es un ángel sin patria
cuyo país es el dolor.

El exilio es una patria sin corazón
cuyo nombre es México.

México es un animal con rabia
que migra, sin amor.


4. Migrantes en México: los muertos de nadie

En este inhumano mar humano no alcanzarían
ni todas las estrellas ni los granos de arena del desierto
para contar la muchedumbre de los muertos,
los desaparecidos, los violados, los torturados, los vejados,
los prostituidos, los aniquilados, los desmembrados,
los masacrados, los hijos de Centroamérica deambulando
entre las llamas de un abismo llamado México.

Libro centroamericano de los muertos, de Balam Rodrigo


cine mexicano

1.
hemos sido integrantes
del primer frente católico drag queen
en la industria fílmica
de este país

desde que vinieron los aliens
a instaurar un régimen esclavista

pero ustedes son estúpidos
y primero han descubierto
que nacimos hombres

3.
dije en una reunión
que la película era horrible
como el lazo blanco de hierro
que sostiene al dios Tláloc por la espalda
en el museo de antropología

5.
también dije que no vi la película

y un estudiante de cine me gritó
:
¿cómo es posible que hables de un entramado de luces
sin conocerlo?
:
le recordé que hablar desde la ignorancia
es lo más sencillo –y comenzó a llover–

6.
ahora bien
:
leí varios cuentos y son mejores que el cine

las historias se forman arriba
con los cerdos rosas de la migraña
en lugar de actores

los cuentos son mejores
que los dioses de piedra

pero a los cuentos no puedes tirarlos al piso
y usar los guijarros para un linchamiento

Consomé de piraña, de Antonio León

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Vida: el estado intermedio entre el nacimiento y la muerte…

Vida: el estadio intermedio entre el nacimiento y la muerte: vida: sala de espera: entreacto: tregua: la soledad obstinada de los objetos: no: la vida es lucha: la vida no vale nada: ni cuchillos ni alcachofas: vida eterna: deja que los muertos entierren a sus muertos: esto es vida: dícese de un poniente en Querétaro que parece reflejar el color de una rosa en Bengala: Borges: dícese de una legión de polillas que carcomen el techo de madera: esto: la multiplicidad de las estructuras: el tiempo que se inscribe en la materia:

El reino de lo no lineal, de Elisa Díaz Castelo

.

Las espuelas del hombre y del caballo [fragmento]

Cuánta devoción, la del soldado. Debía sentir amor ciego por el animal alado que ondeaba en el satén. Ella era Dios, decía el sargento. Debía creer, así se le demandaba, que esa bandera al ondear a salvo era Dios diciendo:

Cuando
a algún militar se le marque el
¡ALTO!
¡QUIEN VIVE! por un centinela,
se detendrá
y contestará:

¡MÉXICO!

Esa debía ser la voz de Dios o ese su nombre.

¡MÉXICO!

Dios siempre estaría ahí con un plato de comida que no sabía a nada pero que lo dejaba satisfecho. Ya olvidaría al niño con los siguientes muertos, de tanto repetir en salmo una mentira, de tanto disparar y ensordecerse edificaría su gran verdad. Gran trabajo, soldado, se decía, gran trabajo.


Silencio, de Clyo Mendoza

Izhar León. (Chiapas, 2004). Textos suyos se encuentran en diversas revistas digitales del país. Es estudiante en la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas. Quiere ser poeta. Le gusta pasar su tiempo leyendo, conversando sobre libros y rodeado de gatos bonitos. Piensa que la literatura es placer y deseo, pero también la posibilidad de redimirse.

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