Poesía,

Fragmento de Los ministerios del polvo, de Tania Ramos Pérez

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(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1984). Es Antropóloga Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Asimismo, cursó la maestría en Estudios Mesoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Resultó ganadora, en la rama de poesía, del Primer Concurso de Ediciones Digitales Punto de Partida 2018, convocado por la división de Literatura de la UNAM, por su libro: Invocaciones (UNAM), así como el Premio Nacional de Poesía Anita Pompa de Trujillo 2018, con el texto: Los ministerios del polvo. Asimismo, ha publicado Espejos (Public Pervert, 2015). Poemas suyos han aparecido en revistas como Habitus Magazine, Rio Grande Review y Letras Libres.


LOS MINISTERIOS DEL POLVO

(Fragmento)

He salido del mundo gracias a otro mundo, desde un mundo.

María de Magdala, Evangelio apócrifo

Quema el tiempo esta memoria —ilusa fermentación del sueño— para tocar la mano de quien agota el fuego o lo revuelve. Se quema como se quemaron los cuerpos en las primeras casas cristianas, hirsuto verbo sin ardor suficiente para iluminar la noche de Galilea, apenas un trozo de tela, de venas, de ángeles. Pigmentos para la desazón de los días.

Bajo la calma que aparenta la ceniza se disputa la humanidad a un nombre. Todo se agolpa en la coloración de las lágrimas. En medio del estallido, una mujer se desnuda las manos frente al hijo del hombre, destroza un cuenco de alabastro que le hiere los muslos, lo que somos, se vierte por el cuerpo del Salvador, perfume de taciturnas oquedades, hilado en las vibraciones de recetas femeninas de diurno rostro. ¿Acaso alguien cae en la cuenta de las manos de ella en la llanura de sus gestos? El nous que se dilata en el suelo modesto de lo intuitivo, un grano de trigo abriéndose a la intemperie de su aliento, no la largura inhábil de los dedos en las imágenes que en su nicho, ostentan una mirada dedicada a una sola noche, un solo racimo del mundo, incompleto. ¿Necesitas que te diga que clamó por vernos libres y que su nombre se dislocará para nacer en la oscuridad de los tiempos, sin signo? A ella se le nombra como se nombra a una ciudad en llamas: ella huyendo, algunas piedras en el camino enuncian su linaje, se parten en dos, porque nada perdura en la sagrada tierra de Dios —su amor es infinito— de donde todos los demonios han de ser expulsados por las manos de alguna mujer sin rostro.

Era Dios la piel suave de un pomelo,
tus manos.
Era Dios un cuenco de alabastro colocado hacia el Este,
ápices de araucarias desplegados al ritmo de una caricia solar.
Era Dios el aceite sobre los ojos de la oveja,
el sedimento de algunas danzas en círculo,
su secreto de viento y huella.
Era Dios en todo aquello que da nombre y sombra a lo que duerme,
a lo que en la marea de los oprimidos se desborda
no para rogar,
sino para tejer atisbos.
Era Dios un tobillo de ella,
su ojo reprimiendo una lágrima
para no olvidar que es descalzo como se suben las dunas,
donde se ha de encontrar el amor a costa de no alcanzar el mar.
Era tierra adentro donde su piel tenía el cobijo
de un Mesías, que irresuelto en su propia comunidad,
debía mostrársele ya muerto,
no para decirle “eres”, sino para pedirle sustento, un diálogo,
una luz para ascender,
bautismo de lienzos bordados para lavarse el rostro.
Era Dios la mirada de ella, su enjambre, su pastura.
Era el verso del profeta en sus oídos, una ristra de su propia víscera,
era ella también la transubstanciación del pan
en los hornos matutinos de un mañana calcificada.
Era ella la masa virgen sobre la mesa, el tiempo pasando por las espigas de
trigo que le pueblan, el tacto de tantos, el sometimiento de muchos.
Era ella Dios, sin garganta, balbuciente, una pregunta.

Y no era Dios su alimento, su leche, su famélica tibieza.
No era la calzada, el templo o una casa de citas su hogar
—no permaneció nunca—.
La boca de la aurora no menciona caminos, ni una única montaña
para contemplarla, para abrazarla con el poderoso numen
de la fibra muscular que le cruza hasta el pecho por el vientre.
Ese hilo tenso que nos llama, desdichados, al crepúsculo que se disuelve
en cientos de vientos, tan distintos
pero unidos al ínfimo estallido de una semilla que se aferra al polvo.
Ella era Dios y su bautismo mineral en el principio del agua.

Los templos arden desde hace siglos.
Les encumbra el sueño de un pueblo taciturno
donde la luz se debate en una vela,
la misma que convoca a todos a la mesa
cuando la noche es más profunda que la fe.
Qué depara este llano ensangrentado,
que bajo el escarnio de los pueblos
obliga a un grupo a cobijarse las piernas, los fantasmas comunales,
la calma,
la paz que será con todos cual frazada de diosas concretas.
Madeja a madeja, María borda, se deposita en su sueño,
no menos amorosa que la risa de un Dios omnipotente,
una gota de leche del seno de alguna mujer
a la que ella misma ayudó a parir hace meses.
[Se dice que la iglesia la olvidó,
pero los templos arden hace siglos,
el hambre de todos corroe el tropel ilógico del tiempo,
la vela al centro de la mesa tiembla].
Era Dios el estremecimiento de ella.

Este poema resultó ganador del XLV Premio Nacional de Poesía Juegos Florales Anita Pompa de Trujillo 2018, convocado por el Gobierno del Estado de Sonora por medio del Instituto Sonorense de Cultura y el Fideicomiso de los Juegos Florales Anita Pompa de Trujillo.