José Javier Villarreal nació el 17 de julio de 1959 en Baja California. Es licenciado en Letras Españolas por la UANL, además de tener una maestría en Escritura Creativa y un doctorado en Ciencias Sociales. Es profesor de tiempo completo en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Tiene publicados libros de ensayo y de poesía, de entre los que destacan Mar del Norte (1988), Bíblica (1998), Una señal del cielo (2017) y Un cielo muy azul con pocas nubes (2019). Ha traducido a Ezra Pound, Czeslaw Milosz y Lêdo Ivo. Es merecedor del Premio de Poesía Aguascalientes (1987) y del Premio Nacional de Poesía Alfonso Reyes (1989), entre otros.
NOTICIA
No nací en un centro comercial,
no vi a las ovejas pastar a mi alrededor.
Orfeo, un viejo conocido,
no coronó mi cabeza de guirnaldas.
Mis abuelos se atendían en La Jolla
y mi padre era el gerente de cervecería.
La Roma estaba distante
y no todos los caminos conducían a La Cinco y Diez.
El cine me acompañó los jueves;
veía cintas de aventuras que aligeraban el tedio de mis días.
Nunca imaginé los puertos, plazas y callejones
que, con el correr del tiempo, iría a conocer.
No viví la guerra, pero sí sus oscuras consecuencias.
Mi vida transcurrió en una apacible bahía de aguas tranquilas.
Sin embargo, lejos de la superficie, en lo profundo,
las corrientes eran turbias y violentas;
en ellas habitaban los seres que poblaban mis pesadillas.
Yo era un niño fantasioso que iba de la mano de su madre,
un hijo de familia con dos abuelos,
un padre jovial
y unos perros que correteaban por el patio.
Han pasado los años,
he leído y visto muchos naufragios.
Las ovejas pastaron en campos distantes,
en soberbias elegías que me tocó en suerte leer.
Ahora, que no estoy solo
ni cruzo estrechas veredas por montes lejanos,
escribo esto sentado en una banca de un centro comercial.
Se trata de mi ciudad,
de los leñadores micénicos o japoneses de Robert Hass
o de mis lecturas de los cuentos de Chéjov;
esas historias tan provincianas
que explican tan bien el poema que hoy escribo.
.
SURGE LA NECESIDAD DE VER EL CIELO,
algo que se distinga y nos señale:
una estrella, la cruz lumínica de un avión,
lo que no nos pertenece, lo que no podemos alcanzar
pero nos detiene, nos suspende.
Porque a veces es necesario detenerse,
ver una estrella y no saber a dónde dirigirse;
solo quedarse con la impresión de que algo se nos anuncia,
algo se nos promete, que por el momento
no podemos alcanzar.
.
SIN TÍTULO IV
Sé que me está viendo desde el infierno de sus ojos,
que su fino puñal atraviesa todos los días mi corazón
y que afuera, detrás de la puerta, me espera con su terrible desnudez.
Sé también que puedo reconocerla en las manos apretadas del demente,
en la voz de la vieja prostituta que se empeña en ser hermosa,
en esa muchacha turbada por el ángel del deseo.
A veces la descubro en el rostro iluminado de la noche,
en el vaso con agua que el hombre se lleva a la boca,
en el disparo, en el cuerpo que cae en medio de la calle.
Pero ahora sé que se tiende en el hueco de mi cama,
que es quien cuida de la tranquilidad de mis sueños,
quien prepara el desayuno y me despide en la puerta con un beso.
.
HAY QUIEN TIENE LA GANA de habitar el paraíso.
Como si fuera y se presentara, como si dijera:
aquí estoy, cumplí con mi trabajo, estoy listo y dispuesto,
no tengo temor alguno, puedo sentir el aire fresco,
la brisa sobre mi rostro, la temperatura que me habrá de conducir
por las tersas playas de la felicidad.
Estoy dispuesto a exponerme. Los ángeles –todos de azul marino-
reman alegremente;
la muchacha –no hay necesidad de acentuar su belleza-
se desnuda como si nada frente a los hombres que conversan en el parque
a la sombra de los arrayanes.
Los veleros en la marina, los niños en sus salones,
los jardines y zonas de juego deslumbrando con sus colores.
El paraíso es así. ¿Pero quién lo habita,
quién se atreve a caminar por sus angostas veredas,
quién cree adivinar siluetas en la neblina que se levanta de la superficie del lago?
La pregunta es engañosamente larga pues se divide en preguntas más pequeñas,
en historias menudas, en galerías de una extensa caverna.
Pensar que el paraíso es una extensa caverna
sería tanto como cuestionar la existencia de las aves,
poner en duda la realidad de sus plumas
o ignorar el aire que recorre sus entrañas.
Dónde esté el paraíso no es una cuestión definitiva,
Milton hizo decir a Lucifer que el infierno se encontraba donde él estuviera;
el paraíso, desde esta perspectiva, puede estar aquí o allá, incluso,
quizá, más allá, o, todavía, más acá.
Pero ¿quién lo habita, quién se atreve a llenar el formulario,
a pagar la póliza, a dejarlo todo,
a cerrar la puerta, despedirse, y cruzar el umbral
que debe haber?
Hay quien asegura que ese tiempo nunca se da,
que no hay ocasión propicia para tal decisión.
Habitar el paraíso encierra largas y melancólicas consecuencias,
actitudes no siempre positivas o alentadoras.
Dante volvió a la tierra, pero sin Beatriz, y justamente en ese momento termina la Comedia,
la Vida nueva es una extraña alegoría, dado que se escribió
antes de ir al paraíso.
Me da por pensar, lo cual no tenía claro
cuando empecé a escribir esto,
que tal vez se trate de sobrevivientes,
que lo que llamamos realidad
o vida cotidiana
sea un largo despertar, una extensa mañana, una pradera que parece no tener fin
donde habitan veteranos, hombres y mujeres de experiencia,
ángeles –sin ninguna duda- que por razones muy diversas
y particulares
se vieron expulsados o fuera del paraíso,
y nadie se atreve a confesarlo.
Visto de esta manera no hay pasos ni instructivos,
no hay poemas o cuadros que nos abran sus puertas,
pólizas o actos voluntariosos que nos conduzcan hasta él;
sólo accidentes, vida cotidiana, día tras día
que de pronto se rompe o descarrila, establece su propio tiempo y espacio
donde puede haber o no jardines, pájaros, cavernas,
muchachas de extraordinaria belleza que se desnudan
en los lugares más inesperados.
Del paraíso sólo se conservan sus consecuencias,
y con el paso del tiempo se acentúan sus huellas
aquí entre las cosas de este mundo.
.
NO ES EL PLAN LEER LOS LIBROS QUE TÚ LEÍSTE, AUNQUE LA BIBLIOTECA SEA UNA
……….Y ÉSTA APENAS COMIENCE A NOTAR TU AUSENCIA EN EL POLVO QUE
……….CUBRE LOS TOMOS
……….DE MARÍA MOLINER
Buscar tus huellas en el arreglo de la casa,
comprar un cuadro, un tapete, ir a la tienda por un juego de toallas.
Internarme en el súper e ir directamente a la sección de frutas y verduras
……….……….con el firme propósito de comprar aguacates sin pedir ayuda alguna.
Las persianas tienen su ritmo. Por la mañana un cuarto; después de las dos,
……….totalmente abiertas y el cerro de La Silla aparece. También el destello metálico
……….del Estadio del Monterrey, el hospital de Ginecología, la joroba de Félix U. Gómez
……….y la avenida Garza Sada que se pierde hacia el sur.
Por la noche la ciudad se transforma. Se destaca el Paseo Santa Lucía,
……….se iluminan sus árboles, la gente va de aquí para allá. El Museo de Beisbol,
……….las lanchas y el Parque Fundidora al fondo del paisaje. El cerro de La Silla
……….está ahí, pero ahora su presencia, pese a todas sus señales, se va convirtiendo
……….en un acto de fe.
Está ahí, pero es de noche, como un enorme San Juan de la Cruz que reza
……….por todos nosotros.
Yo sigo con mis rutinas. Pocas veces hago la siesta y me obstino en leer o corregir
……….o de plano escribir.
Durante ese tiempo, que va de la comida a la cena, hago mis rondines.
Las puertas deben estar abiertas y los focos apagados. Entro y enciendo, apago y salgo.
Me siento aquí y allá, voy al baño, recorro el pasillo, tomo un vaso de agua, dos o tres.
……….Evito el alcohol llegada la noche
y uso pantuflas en el interior de la casa. Cerradas en invierno, abiertas en verano.
Cada vez leo menos en mi diván y más en la cama. Antes de cenar me obligo a caminar,
……….y salgo de paseo.
El ascensor parece una moneda que se lanza al aire y nunca cae, nunca se resuelve
……….el misterio que implica ir o volver de la planta baja al piso catorce.
Hoy, fuera de este espacio por ser domingo, en Higueras, en el porche, en piyamas,
……….frente al sol,
he leído un libro de Louise Glück que te regalé. Todos los libros
de Louise Glück que hay en la biblioteca los compré yo, y los leíste tú.
En El iris salvaje, publicado por Pre-Textos en 2006 y traducido por el poeta peruano
……….Eduardo Chirinos que murió de cáncer,
hay versos que subrayaste y un poema donde dibujaste en un rincón de la página una flor.
……….Este poema lo transcribí por WhatsApp y lo envié a tus hijos, que son los míos,
……….y a tu hermana Adriana, que fue mi cuñada.
Me parece que es un poema ejemplar con una retórica sumamente madura
……….y una preocupación moral, de vida, muy de lengua inglesa en su tradición.
Siguiendo con las peripecias del día a día que parecen ser los ejes de cuanto escribo
me pregunto:
una vez que haya calentado la comida, que haya puesto orden y empacado
……….y guardado todo lo que me he de llevar. Que haya cerrado la llave del gas,
……….apagado el boiler, las puertas y dejado el dinero a Leonor.
Que conduzca por la carretera, y haya dejado atrás el aeropuerto, Apodaca, Guadalupe,
……….y llegue con mi mochila y hielera al piso catorce
¿Qué haré con las persianas, las abriré, pondré la comida en el refrigerador
……….y volveré a cerrarlas como lo hago todas las noches?
¿O dejaré la comida en la hielera en medio de la cocina y avanzaré por el pasillo
……….con la confianza de que afuera, sobre la ciudad, el cerro de La Silla,
……….que hoy no veré –como tú no lo ves–,
……….estará ahí como un enorme San Juan de la Cruz, inmóvil, en su sitio, rezando
……….por todos nosotros?





