Narrativa,

Dos filos

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Imagínate que de pronto, sin presentirlo, ¡pum!, tu vida cambia y todo en lo que creías se cae a pedacitos, como un jarrón atravesado por una bala perdida. No exagero, eso exactamente me pasó el 2 de octubre.

Días antes, mis amigos de la prepa y yo habíamos estado enterándonos del movimiento, preguntado con compañeros y profesores de qué trataba bien ese asunto, pues sólo sabíamos lo que la mayoría, lo que estaba en el aire. Cada vez nos convencimos más de que era importante y que no nos podíamos quedar cruzados de brazos. Por eso el dos de octubre me desperté temprano y me alisté. Todavía mi madre y mi abuela estaban durmiendo cuando escuché un leve golpe en el patio. Era el repartidor de periódicos que entregaba puntual el diario en casa. Publicaron un especial del movimiento con fotos inéditas, de un archivo recién descubierto, lo cual resultaba más que ideal para completar el trabajo que mis compañeros y yo presentaríamos en ¨historia contemporánea de México», en la escuela. Era domingo, y aunque estaba un poco desvelado porque habíamos asistido la noche anterior a un homenaje que le hicieron a mi abuelo, quien en vida fue un médico importante, fundador de varias clínicas de ayuda comunitaria y maestro en la universidad, el gusto del trabajo que estábamos preparando me tenía emocionado. Sí, soy un poco ñoño.

Todas las fotos eran tremendas e impresionantes, absolutamente geniales para nuestro trabajo. Y el reportaje que las acompañaba, revelador. Entonces vino el momento que te digo, la bala perdida disparada por una cámara anónima el 2 de octubre del 68, impactaba directamente en el jarrón de mi vida: una de las fotos retrataba a un joven flanqueado por dos tipos de guante blanco. Me pareció que la misma cara de terror tenían los tres, y al fondo, en segundo plano de la foto, un hombre grande y corpulento, de abrigo y sombrero, mirando fijamente a la cámara. Era mi abuelo. El respetable y siempre bueno doctor Toledo, ahí, en mitad de la masacre vergonzosa, con el equipo contrario. Lo primero que pensé es que mi cerebro, estimulado por el homenaje reciente al progenitor de mi madre, había jugado conmigo y que era solamente un hombre parecido. ¿No te pasa que a veces todo lo que es anterior a los ochenta parece igual que todos los hombres de las fotos antiguas se parecen? Pero no, era él. En su mano, donde terminaba el guante blanco que la cubría, había un reloj longines de correa negra y carátula plateada que aún guardaba yo en mi cajón como recuerdo del abuelo del que tanto había sabido por mi madre y abuela, y del que tan poco sabía, ahora me enteraba, en verdad.

¿Con qué cara iba a presentarme ese lunes en la escuela? ¿Cómo iba a realizar cualquier cosa a partir de ese momento? Era yo el nieto de un asesino. Y me enteraba apenas ese mismo día. Me iban a escupir por los pasillos de la prepa. Yo mismo no estaba dispuesto a vivir mi vida sabiendo que en mis venas corría sangre de “Olimpia”.

Cuando llegó a la ciudad de México, proveniente de Espinal, Oaxaca, el joven maestro rural no traía consigo más que la ilusión de ganarle la partida al destino que había dispuesto su vida lejos del dinero y las posibilidades. Traía un libro de Vasconcelos que le habían regalado en la normal, y la dirección de un paisano que podía brindarle ayuda, escrito en un papelito que atesoraba. No llegó solo, venían otros dos con él, todos a inscribirse a la Universidad Nacional. Uno abogado, otro ingeniero, y él, ambicioso y soñador: doctor.

Esa foto no se me ha de olvidar nunca. La repasé en cada uno de sus pocos milímetros más de una vez. Pese a ser en blanco y negro, alcancé a adivinar los colores de las ropas que traen los inmortalizados en la toma, hoy fantasmas. Son espectros porque ya no están y sin embargo permanecen. Juntos esos tres –cuatro con el hipócrita abuelo–  por un azar imposible que nunca más sucederá y los hermanó a pesar de ser ejemplo vivo del odio absurdo que entre pares puede haber. Este grupo improbable ha viajado, como un equipo, por una travesía de años grises que los trajeron desde esa noche en los bajos de algún edificio de Tlatelolco, hasta la mesa de mi cocina donde los he recibido, horrorizado por reconocer como miembro de esa tripulación macabra a mi abuelo. Y pienso en cómo esa noche, lo que pasó esa noche, lo que unos cuantos malditos hicieron que pasara esa noche, que es más grande que esta foto publicada en la Jornada, pero que en ella se puede descubrir su monstruoso tamaño de infamia histórica, les cambió la vida a esos. Si alguno aún vive, será, de igual forma, fantasma. Unos pobres ilusos lectores de periódico hallarán en esta página central, como un anuncio que el más allá les hace directamente a ellos, a su hijo, al que nunca más pudieron ver de frente, al que arriesgó por esa causa, o por acompañar –va a estar bien chido– a unos amigos, lo poco que traía: su juventud, y la perdió en manos de esos dos que ahora, como un karma infinito, lo sostienen. O también, quizá, en el más digno de los casos, él mismo pueda verse, asombrado también, como quien acude a un instante (tremendo, horrible, de espanto) de su propia vida que la memoria borró para poder dormir tranquilo, y que ahora le viene con la exactitud del presente suspendido y el detalle siniestro de las rayas en su playera. Y los hijos de esos dos que lo custodian, si los tuvieron, tal vez se levantaron temprano este domingo con el ansia de ver un reportaje que completará su trabajo de historia, y ahora mismo se hallarán en la cocina de sus departamentos –comprados con el saldo de los muertos– boquiabiertos al descubrir la verdad idéntica a sí misma; reconocerán sus ojos en los ojos de esos que portan guante blanco y una discreta pero reveladora cacha de pistola revela en qué lado del oprobio jugó esa noche su pariente.

Nada de trabajo le costó aprobar el examen para ingresar a la facultad de medicina, y aunque los primeros meses fueron duros, muy duros: de pasar hambre y tener que pedir que los dejaran dormir en la morgue de la Universidad, a cambio de limpiar cadáveres de estudio porque no tenían dónde quedarse, salieron todos adelante. Toledo sobresalió en sus clases; traía en los ojos la curiosidad que hace del mundo un bolillo por comerse. Muy pronto los amigos lo buscaban para que les ayudara con tal o cual tarea, y como se había formado, antes de llegar a México, en la normal rural de Oaxaca, la enseñada se le daba facilita. Además de cabeza para el estudio, tenía manos muy hábiles –que después le servirían para el quirófano– con las que hacía sonar una guitarra a ritmo de trova sureña, que le abrió (quién sabe si en verdad lo necesitara) las puertas de las bohemias de su escuela, y otras. Ahí conoció a una veracruzana, bonita, muy blanca y de ojo gris, de las que usaban tacón hasta en su casa, y la historia de amor entre esos dos fue irremediable. Claro que en esos años la cosa de noviar era distinta, lenta y con mucho protocolo insalvable antes de pensar siquiera en besos. Pero como al (casi) doctor le entró el apuro por probar la boca rojísima de la muchacha, hombre de rectitud como fue siempre Toledo, comenzó a pensar en boda.

Yo no quiero eso para mí. No quiero ser quien soy ni provenir de este nombre familiar manchado con la sangre que trataron de lavar los bomberos en la plaza de las tres culturas.  Cómo ocultó toda su vida ser un asesino. Mi abuela debe saberlo. Y quisiera preguntarle todo, pero me detengo porque el amor alcanza a veces para no involucrar a los que amas. Si sabe, su vergüenza abrirá una herida que ha sanado con años de viudez; si lo ignora –bendita felicidad de los que no saben un carajo– no he de ser yo quien ensucie, no la memoria del asesino sino los últimos años de esta linda anciana.

Entonces sí le sirvió el papel donde traía, por mucho tiempo guardado como si se tratase de una salvación, el nombre de un paisano que “podría ayudarle”. Le platicó antes, esos sí, a la muchacha sus intenciones: pedir trabajo para ahorrar juntos y poder pagar los muebles de un cuarto rentado donde vivir, casándose primero, claro. El trabajo sería temporal, cosa de ayudarse nada más mientras terminaba el último año antes del servicio interno en hospitales. Y ambos estuvieron de acuerdo.

Se fue de corbata a las clases, y saliendo de un examen de ortopedia, cogió el trolebús al centro, rumbo al Departamento del Distrito Federal, a buscar a don Andrés Henestrosa. Trabajaba en la dirección de espectáculos y su oficina, en el Zócalo de la ciudad, estaba repleta de gente que esperaba verlo. Un montón de gente haciendo fila, preguntando a las secretarias que si ya, que si estaba, que si iba a recibirlos, y del paisano ni sus luces. Toledo, después de anunciarse, se quedó en una esquina de la atiborrada oficina leyendo cosas de padecimientos y medicinas, aprovechando el tiempo en lo que le atendían. Hasta que la luz de la tarde se fue perdiendo más allá de los portales frente a palacio nacional, y decepcionado, prefirió regresarse a la casa de estudiantes, antes que la noche le agarrara por completo en el centro. A ver si al día siguiente tenía más suerte.

Me pongo a pensar, acto seguido, en las poderosas razones que se deben reunir para iniciar una pesquisa, una empresa como la que brevemente, mientras repasaba la foto, se me ocurrió iniciar para exorcizarme el espanto de ser nieto de un mentiroso asesino. Cuántas intenciones debo juntar para empezar. Cuántas noches de vergüenza para ir y buscar los porqués y, en todo caso, enmendar de alguna forma el crimen del “honorable doctor”. Me basta entonces lo que tengo.

Otro paisano, amigo del abogado que vino con él de Espinal, le dijo que ni le buscara. Si quería ver al maestro Henestrosa debía irse el jueves directamente afuera de una cantina que se llamaba “La mascota”: ahí pasaba a comer con más disciplina y fervor que a misa. Fue y sí lo encontró, sentado en una mesa con mucha gente, todos bebiendo y hablando fuerte. Le dio pena interrumpir y se quedó afuera esperando a que saliera, un buen rato.

Por poco se le va sin abordarlo, por andar leyendo. Cuando lo alcanzó tuvo que repetir el nombre dos veces:

–Señor Henestrosa, señor Henestrosa.

–Si quieres boletos para ir al cine o al teatro, ve a mi oficina, aquí no traigo nada.

Don Andrés tenía la idea de que por la calle más de un (des) conocido lo buscaba porque se había regado la fama de que regalaba boletos para ver espectáculos, porque a él le llegaban todos. Hasta poetas del renombre de Efraín Huerta iban de vez en vez para obtener entradas gratis a distintos entretenimientos. Con todo y las cubas que traía, se dio el tiempo de escuchar a su paisano y le dijo que cómo no, que sí le daba trabajo y que se pasara por la oficina al día siguiente temprano. Y el Dr. Toledo, que todavía no lo era, comenzó a trabajar como inspector de espectáculos, asignado a la lucha libre y el box. A lo mejor él hubiera preferido el teatro, el ballet, pero eso fue lo que le tocó.

Es increíble los pocos metros que nos separan de la verdad. Lo cerca que estamos de todo acontecimiento, por doméstico o grande que sea. Comienzo con la única posible certeza: La Jornada. Ahí trabaja el papá de Sebastián y me consigue una cita con el editor del reportaje del domingo porque se sorprende al saber que yo conozco a alguien en la foto, aunque no le doy detalles para no adelantar mi bochorno de ser este que soy. Llevo la foto a la cita –en un café frente a las oficinas del periódico–. A la mera hora Sebas no puede acompañarme, con pena y todo busco al papá, y al periodista. Es viejo, con una barba que donde no es blanca es amarilla, no de güera sino de deslavada. Fuma muchísimo y habla ronco. Me dice que no quiere hablar de los muertos. De los horrores que vio porque él anduvo ahí metido, del odio que los halcones, militares y judiciales les tenían nomás por ser estudiantes. Me escucha unos momentos cuando le cuento lo que vi en la foto que publicó y luego interrumpe: fue un plan muy grande y muy cabrón. Habla sobre la organización de diversos sectores del gobierno, orquestando brigadas de la muerte, nutridas de anónimos que, sin saber, a lo mejor, o con conciencia de lo que hacían, ayudaron a que sucediera: enfermeras, choferes, electricistas… Qué parda explicación. Qué fácil le llegaron al precio. Las ganas que junté se me hacen pocas, y quiero regresarme a casa a ver una película que pasan esta tarde. Pero me dice que si quiero saber más, Elena es la que sabe. Una escritora mayor, no es fácil verla, pero si consigo hablar con ella seguro cuenta todo, hasta, en una de esas, quién sabe, si es que hay suerte, se acuerda de mi abuelo. Llévale la foto, me dice antes de hacerme un ademán de que me vaya.

A ratitos se daba tiempo de componer una canción que quería cantarle a la veracruzanita el día que se casaran, por las noches, puntual y aunque el cansancio de los estudios lo menguaran, se metía en una gabardina oscura y se iba a la arena a verificar que todo transcurriera dentro de la ley. Muy pronto se hizo hombre de las confianzas de don Andrés. Quien además de apoyarlo le daba de vez cuando libros para que leyera algo más que las farmacopeas. Le ofreció cambiarlo, mandarlo a donde quisiera o se sintiera más cómodo, pero Toledo, muy disciplinado, respondió que “se iba a donde sirviera más”. Una noche que estaba de guardia en los pasillos de la arena México, llegó Andrés acompañado de otros dos que usaban sombreros finos. Y el escritor y funcionario presentó al futuro doctor como su mano derecha: es mi paisano y un hombre de confianza; culto, es universitario. Entre un round y otro hubo que ir al baño, y uno de los sujetos aprovechó para abordarlo:

– Henestrosa dice que eres de todas sus confianzas. Andamos buscando gente así, que sea discreto. Es para un trabajo importante, las ordenes vienen directamente de gobernación, lo vamos a pagar bien. ¿Cómo vez, te animas?

– Si don Andrés lo autoriza, yo estoy para servirles.

Después de los ochenta, seguro, como antes, todo se ve igual. Nadie podrá distinguir entre los noventa y los dos mil. Eso es porque todos somos la misma porquería de siempre, nomás en blanco y negro o a color. Hay suerte. Un tipo de voz muy aguda me dice que a las cinco Elena me puede recibir. Una casa grandota, llena de libros, en Coyoacán. Huele a mi abuela, pero en los ojos se le ve que sabe de muchas cosas. Me mira como si fuera yo un cachorro y me pregunta si leí a José Emilio. “Las batallas”, en la secu, le digo. Me abruma con cosas de páginas, y cuenta de lo serio que era Pacheco, el padrecito Pacheco, dice en un chiste que no entiendo bien.

Así fue como lo empezaron a buscar esos dos, cada quince días, sin excepción. Primero le hicieron cuanta pregunta quisieron. Que dónde vivía, con quién, por qué y hasta el nombre de sus maestros. Y luego a encargarle cosas, información de las reuniones en la facultad y en las fiestas a las que iba. Que les dijera todo. Que si no había oído del consejo de huelga, ya era hora y que parara oreja.

José Emilio, con todo y su seriedad, era un cabrón –dice–. Luego sigue hablando: la cosa se puso fea cuando el brazo del gobierno llegó a las casas de la gente buena que no la debía. Hicieron la guerra con todo lo que pudieron a los estudiantes, y otros sectores que se solidarizaron. Pero todo tiene siempre una cara oculta que habita el lado luminoso del horror. En el trajín habitual de la ciudad se despertó una hermandad que yo nunca antes había sentido. Me llama “mijo” cada vez que toma aire para poder seguir. En las facultades había reuniones de comités organizadores, y había espías, infiltrados para que el gobierno lo supiera todo. ¿A poco no es bonita la idea de un contramonstruo?

En esas reuniones –el mundo es chico pero sus caminos enredados– conoció a una joven: Cibeles. Hija de Henestrosa, y ella le presentó a otra gente: Elenita, una periodista y escritora, José Emilio y Efraín. Como eran gente de letras, hasta un día se animó Toledo a mostrarles la canción. Dijeron cosas bonitas, benevolentes. Ahí empezaron a decirle Doctor.

Arruga la nariz mientras sorbe té de una taza blanca. Grita, a alguien que no veo, que me traigan agua. Yo la miro, ella habla. Ahí surgieron los dobles, gente buena que reclutada por el gobierno, nos ayudaban, y decían lo que pasaba del otro lado. La “Federal de Seguridad” cooptó a muchas personas que luego abrazaron la causa universitaria, o desde el principio eran de los nuestros, el caso es que ahí se vio que la gente buena éramos más. Hubo estudiantes de derecho, o atletas que jugaron ese doble papel, y que a la hora de los tiros ayudaron a cuanto compañero pudieron. Las brigadas de doble filo, les llamamos quienes supimos de su existencia.

Entre la facultad, el trabajo (que ya poco tenía que ver con los espectáculos y mucho con la cosa esa del movimiento, las huelgas y los pliegos petitorios) poco le quedaba para visitar a la veracruzana. Pero era un hombre leal y de principios firmes, y aunque fuera cinco minutos, siempre pasaba a verla a su casa, allá en la colonia Juárez. Pero se vino dura la cosa, la ciudad se enrareció todita y la gente andaba distinta en las calles. Lo del politécnico y la marcha del silencio, y las llamadas de los de gobernación se hicieron muchas. Y una tarde la orden fue, y Henestrosa lo aprobó, que llegara desde la madrugada a un sitio que le llaman el cuartel. Le dijeron que como era doctor (el insistía que aún no se graduaba, pero ni caso le hacían) le tocaba estar al pendiente de si había heridos; un guante blanco era su pasaporte a no acabar tendido o encarcelado. Él sólo pidió poder llamarle a su prometida y con gusto le entraba a lo que le dijeran, para eso estaba ahí.

Yo vi como –continuó Elenita (sí, les dije que soy ñoño, y me gustan los diminutivos. Además, ya hasta siento que la quiero)– estudiantes de medicina llegaron en camiones, con guante blanco y todo, pero ayudaron a salvar a muchísimos compañeros –y los ojos claros se le humedecen, y las bolsas arrugadas de los párpados se le mojan–. No sé si se cambiaron de bando conmovidos por el horror, o de plano siempre estuvieron ahí de doble filo. Se organizaron muy bien, hasta los choferes de las ambulancias sabían a dónde llevar a los heridos: una casa en la colonia Juárez fue clínica improvisada y clandestina, a allí desviaron cientos que hubieran terminado muertos, quién sabe dónde, si las brigadas no los hubieran rescatado.

Arrinconados en la esquina de un departamento –dijeron que era de uno de los suyos– oyó el escándalo de plomazos y gritos, y vio un florero, vacío sobre una carpeta tejida, muy blanca, hacerse añicos. Luego la orden de salir. Toledo sacó la casta: póngalos aquí, ustedes dos traigan a aquellos; que nadie obstruya los pasillos, rápido hay que trasladar a estos.

Ay, mijo. El Doctor (así le decían todos, como si se escribiera con mayúsculas) fue un héroe. Hablaba poco. Hasta los del batallón Olimpia le hacían caso, de tal personalidad. Después del revoltijo de los disparos apareció con guante blanco y movilizó a paramédicos y policías, llenó furgonetas de heridos graves y operó, incluso, en las frías escaleras del “Chihuahua” a quienes ya se estaban muriendo. La clínica no era muy grande, pero bajo la dirección del Doctor se volvió un refugio, no sólo esa noche sino, todavía, varios días después de la matanza. Ahí ayudamos muchísimos: Cibeles, la hija de Henestrosa, Un jovencito Adolfo, y yo. No sé bien cuántos, pero se me hace que más de cien fueron los que se salvaron gracias a ese esfuerzo. Sin gloria ni medallas, y calladitos todos para que no fuera a llegar la policía.

Me duele el gesto. He tenido muchas horas –quizá fueron solamente unos minutos– los ojos muy abiertos. Mi cabeza ensaya mil formas de pedir perdón. Elenita sonríe porque sabe que ha dado su premio al cachorrito. Ahora mi vergüenza es otra. Imagino los días de formación previos al dos de ese tremendo octubre, cuando mi abuelo descubrió la gracia de elegir, de jugar al merolico.

Luego la lluvia, no la danza, los dispersó. Ahí acabó el encargo de los dos que ni su nombre conoció. Don Andrés y el doctor fueron amigos siempre, pero nunca, ni con mezcal mediante hablaron sobre esa noche. Y en 1969 el doctor Toledo se casó. Le cantó la canción a su novia, y un día, años después, presumió que esa letra la había corregido el propio Efraín Huerta, en el año 68, en una reunión en C.U.

Me siento ligero y con ánimo de saber más. Ahora que termino el trabajo que expondré mañana en la clase de historia, creo que en el horror de esos días también hubo blancura. No se me va a olvidar la foto; ese grupo fantasmal me va a seguir por siempre, más ahora que la he enmarcado y la tengo en mi buró. Y miro el jarrón de mi presente reunido, con grietas que demuestran que se rompió, pero que alguien tuvo paciencia e intención para pegarlo. Y pienso que fue la misma bendita bala la que hizo ambas cosas. Como si fuera de doble filo; un contramonstruo, como me dijo ella.