Filosofía es la búsqueda de la verdad como medida de lo que el hombre debe hacer y como norma para su conducta.
Sócrates
El pensador italiano Norberto Bobbio, al final de la introducción a su libro El futuro de la democracia, cierra con estas palabras: “No tengo necesidad de agregar que, como ninguna fórmula ideal, tampoco ésta pertenece a la esfera del ser, sino a la del deber ser”. Creo, a riesgo de ser injusto con la pedante “vocación” docente, que no hay en la enseñanza nada que se encuentra en el orbe de ser, sino en el orbe de un compromiso ético laboral. Por otro lado, hay ciertas experiencias que se entrecruzan, a medio camino, entre el ser y el beber ser, pero a la docencia no lo encuentro en ese entrecruzamiento. Muchas veces, he pensado en qué consiste ser profesor, sobre todo en un momento en el que todo aquello referido a la clásica fórmula oralidad-enseñanza se ha perdido y el profesorado es cada vez más un accesorio de museo. Sea, entonces, esto que escribo, una pequeña reseña de mi paso por las aulas, mi propio caos en ese devenir existencial que “son los flujos y sus intercepciones”, como dijo Quentin Meillassoux.

¿Qué hace un sujeto pesimista, casi un equívoco como profesor, en medio de una clase de filosofía? Debo decir, antes de que no me dé a entender, que este sujeto es más un lector que un profesor. Reformulo mi oración inicial: ¿qué hace un lector en medio de una clase de filosofía, en la que es visto como profesor? Este lector, más o menos competente, trae a cuestas algunas lecturas filosóficas, mucha poesía, mucha narrativa del siglo XIX, pero sobre todo una indeterminada bibliografía técnico-científica sin valor aparente. Más inventivo que especializado, diré que este profesor (ya no lo llamaré lector, por cuestiones de afecto), normalmente, se comporta en clase como un inspirado comentador. Como columna vertebral tiene a Gustav Landauer. Este anarquista ha sido su guía pedagógica. Comprende, entonces, que todo lo que diga es mero lenguaje. Y, sobre todo, que la razón es, del mismo modo, lenguaje. Imaginación, sensibilidad, razón, son rostros de una experiencia lingüística. Cada clase, los ojos místicos de Landauer, lo miran intimidantes. Asume, este pobrecito profesor de filosofía, que, al fin, todo el mundo representado está en nosotros. Con cierta torpeza conceptual, desde luego, nuestro profesor elabora explicaciones verbales, intenta colarse en el mundo con ese torrente intangible que es el lenguaje. Sus palabras nacen, muchas veces imaginativas, de variados referentes, de fuentes indistintas, de varias naturalezas, pero que, con suerte, confluyen en una explicación que, no por adivinatoria, menos efectiva.
Este pobrecito maestro de filosofía, repito, es un pesimista. No cree en la escolaridad. Pero cada día está en clase, califica, pasa lista, organiza lecturas, planea la clase, lee trabajos escolares. En su fantasía imagina a Heidegger haciendo las mismas actividades; piensa en toda la academia francesa. Recuerda que casi todos los filósofos anglosajones fueron profesores. Pero, la fuente de sus justificaciones la encuentra en México. De Alonso de la Vera Cruz a Carmen Rovira, la universidad fue ese núcleo en que trascurrió parte de su existencia. Los imagina en la misma situación de él. Así, nuestro ingenuo profesor de filosofía, piensa que vendió a su alma a Mefistófeles, pero su propia tradición laboral le hace “sentir” que no todo está perdido. Logró crear un horizonte moralmente idealizado para resguardarse. Por ello, este ingenuo profesor de filosofía juega a diario a conocer todo lo que es imposible conocer. De su trabajo ha aprendido que el tiempo es una farsa, una terrible metáfora para mitigar el miedo que despierta el caos. Su labor le ha dado medida, calma y, sobre todo, cierto equilibrio. Eso es el tiempo, al final, los conceptos con que los seres humanos damos cuerpo a nuestra necesidad de regularidad. Modernidad del tiempo, el trabajo es el cauce por donde confluyen los muchos ríos que somos. Esto es lo que nuestro profesor de filosofía considera parte de su trabajo. Sin embargo, a veces, siente nostalgia por la enseñanza. La vieja oralidad de la transmisión socrática, ese diálogo entre almas como la llamó Juan José Arreola. En ese campo es un estoico, porque entiende que después de tanto esfuerzo y de pensar que nada puede ser transmitido por el lenguaje que no sea vivido, la escuela en este mundo, no durará mucho más tiempo. Y, el gremio al que pertenece este ingenuo profesor de filosofía, será un extraño objeto tridimensional en el discurso de alguna museografía, que nos ofrezca al tiempo su imposible realidad este mundo.




