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Comentario de un talmudista adivinatorio al Shabbat 30b

Mesa de trabajo de León Trotsky por Raúl Vázquez Espinosa
Mesa de trabajo de León Trotsky. Foto: Raúl Vázquez Espinosa.

Para Rodrigo Álvar,
por haber interpretado a Esopo
con sensibilidad e inteligencia
y provocar en mí, una grande alegría.
Por su trabajo.

En el fragmento 30b del Shabbat, en el que se explica la inclusión, a pesar de sus aparentes contradicciones, de Qohéleth (Eclesiastés) y de  Mishlei (Proverbios) a los Ketuvim, dentro del Tanaj (Biblia hebrea), asoma —como de pasada— en la completa periferia del contenido principal, una cierta finalidad del trabajo humano, que a riesgo de adivinatorio, me atrevo a comentar. Ante la pregunta que abre Qohéleth, ¿qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?, el Talmud responde, desde la escuela de Rabí Yannai “que el hombre no saca ningún provecho de lo que halla bajo el sol, pero sacará provecho de lo que existió antes que el sol”. R. Yannai habla de la Ley. Después de leer una larga argumentación sobre las contradicciones que tienen tanto Qohéleth, como Mishlei, llegué a una conclusión subsidiaria pero esclarecedora —personal completamente— sobre una respuesta a la inmensa pregunta de Qohéleth.

En el íntimo silencio que me aleja de cualquier respuesta teológica o erudita, siendo en verdad sólo un intento de dirigir mi lectura hacia una respuesta que, no por adivinatoria, menos orientada hacia una norma, entendí por qué no obtenemos nada de nuestros afanes, de nuestro trabajo; nada, por lo menos, de aquello que una cultura declarada comercial pretende encontrar en esos afanes. En el excedente de sentido de mi lectura, entendí que el trabajo está orientado hacia la Ley mosaica; el trabajo en sí mismo está en la dirección de una norma (diré ahora laica), por tanto, el trabajo per se no nos ofrece nada. El provecho, si se quiere entender así, es alcanzar una forma —en el camino de la esencia— para habitar este mundo. Joseph Ratzinger piensa que, precisamente, el “Antiguo Testamento […], considerado como un todo, no se ha definido a sí mismo como «fe», sino como «ley»”. Por eso seguir la Ley incumbe, nos dice Ratzinger, “ante todo, una regla de vida en la que el acto de fe adquiere cada vez mayor importancia”. Dicho esto, el trabajo, entonces, no puede darnos ningún provecho porque cobra viveza en la conformidad con una estructura íntima que nos obliga por iniciativa propia —autoconciencia— a buscar una regla de vida que se basa en una disposición existencial. Es vida, no ganancia. Esta norma otorga al trabajo su carne, peso, medida y camino. De esta manera, el trabajo forma parte de una zona del ser, es acto, una manera de existir. El provecho está en la regla misma de la vida. Se habita desde una philergia (amor al trabajo), que atraviesa toda obra humana, forma que integra todos los acontecimientos, la interioridad que se impone a sí misma, dirigir sus prácticas hacia la mediación entre el amor por las cosas menudas (aquello que necesitamos para vivir) y el mundo.

No se trata, por lo tanto, del homo faber limitado por sus obras materiales, se trata de un ser creativo que ha hecho de su existencia una norma, y esta norma se intensifica con la historia de sus hechos, sus ideas, sus creaciones, su labor, el memorial de nuestros días como dijo el poeta Guillermo Fernández, hasta colocarlo en lo yo llamaría —ingenuamente— un sentido. Sentido, lo pienso así, por artificial que sea, es la búsqueda de un pivote ante la perplejidad por nuestra existencia. O, tal vez, como dijo Karl Ranher, para calmar la extrañeza ante esa “disposición fundamental del alma, de un sentimiento, en cuya infinita nostalgia habla el infinito”. Voy menos lejos. Sea, no esa disposición del alma, ni la nota azarosa de la transformación del mono al hombre, sino la manera, sin tapujos, con que sabemos, como escribió Harold Bloom, que “la mortalidad acecha, y todos aprendemos que el tiempo siempre triunfa” y, acaso pretendamos con esa regla de vida, tensar la cuerda antes de que se rompa definitivamente. Y el trabajo como regla de vida, no sea al final, más que la manera con que los seres humanos nos enfrentamos ante esa conciencia de nuestra propia mortalidad.

(San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1981). Estudió Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas; así como la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX en la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco). Obtuvo el Segundo lugar en los Juegos Florales San Marcos Raúl Garduño en el 2014. Ha publicado el libro colectivo Entre lo timorato y lo arrogante; así como Dalton. Ha publicado en revistas como Tierra Adentro, Rio Grande Review y Lagarto con paraguas.

1 comentario

manuel chanona pascacio

septiembre 10, 2020

Excelente texto Raul .. muchas felicidades.

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RAUL ESPINOSA VAZQUEZ

septiembre 30, 2020

Muchas gracias, hermano.

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