Necrológicas literarias,

La mujer que pensaba en ser mujer. Duelo sin pompas para Francesca Gargallo

Francesca Gargallo
Foto: Salvador Castañeda /CNL-INBA.

En los pasillos del Instituto Mexicano de la Radio me pasaron cosas gratas y curiosas, pero sin duda alguna, una de las mejores, fue haber conocido a Francesca Gargallo. No puedo precisar el pretexto con el cual nos acercamos mutuamente, pero puedo afirmar que a los cinco minutos de habernos conocido, ya estábamos riendo. Y su risa, al igual que su permanente sonrisa, eran contagiosas, y puedo decir que algo tenías de sanadoras. Francesca lo sabía; se supo siempre un ser de luz. Quisiera no tener que estar escribiendo esta breve nota, obituario a mi manera, homenaje sin fondos ni gala, y poder acudir a ella a preguntarle cosas sobre el ocho de marzo, o la Italia aquella, que olía humedad, de la que tanto me contó.

No recuerdo la época del año, porque en esta ciudad llueve casi en todas las estaciones, pero esa tarde, un poquito empapados en la lluvia y la nostalgia, nos citamos en un museo de la UNAM. Intercambiamos libros que nos debíamos, que nos habíamos prometido, en fin, nos pusimos al día: uno a veces deja que la vida se quede con los instantes de amistad que debieron transcurrir en otro sitios, u ocurrir más seguido.

Ahí fraguamos tres hermosos proyectos: una íntima consultoría mutua sobre “Ser hombre” / “Ser mujer”, un programa de radio –dado que nos conocimos justamente haciendo radio–, y unas traducciones al italiano de poetas mexicanos que nadie conocía. Pudimos concretar poco, porque, como decía Francesca, la ciudad nos marcó un ritmo distinto al del placer.

Desde ese día nos dijimos mutuamente “Coach”. Para decirlo pronto, todo lo que sé sobre el feminismo, que no es mucho, se lo debo a ella. Me gustaba su crítica forma de entender dicho movimiento, su intención conciliadora, pero incendiara; lo mucho que ponía en tela de juicio los discursos absolutos, y la exigencia de reflexión que se exigía y a sus compañeras, para que el movimiento no cayera, como mucho en este país, en el escaparate barato del triunfo de la superficie. Regañaba (imaginariamente) a las militantes que no eran capaces de hacerse preguntas de su propia idea de concebir el género femenino. Buscaba, eso sí, siempre la palabra exacta y cuidada que nombrara su encono, o su emoción por tales o cuales logros y avances. “El feminismo es una cuestión de entender (y reflexionar) Ser mujer. Ser mujer es una cuestión (también) epistemológica. ¡Uff! Exclamo ahora mismo frente a mi teclado como si ella pudiera emocionarse a través de mí. Como si su ausencia fuera también sólo un asunto de entender como se relaciona uno con los muertos. Yo no quiero tener que extrañarle. Sigo necesitando una Coach para poder construir mi masculinidad de formas distintas.

Tengo un breve ensayo suyo, que me regaló, y que pasados los duelos, haré gestiones para hacer público. Pero hoy, aguantando el trago bochornoso de hacerme un poco autopromoción, y a manera de despedida, dejo aquí un poema que ella tradujo al italiano. Yo también le temo –me dijo– a las alturas. Y aún así voló muy alto.

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Acrofobia

Ho riprovato soltanto
quel timore che punge nelle gionocchie
quando
da qualche ponte o tetto
guardo in giù e sento
irrazionale
quelle voglie di piangere.

Mi paralizzo,
m’inginocchio inevitabilmente
davanti alla forza di quella paura,
mi supera, s’appropia
della mia respirazione, facendo tutto
scosceso,
frusta che tutto mutila

………………Estasi di soglia:
oscillo
vedo la mia condizione mortale di fronte e
………………………………(soltanto così)
mi sento vivo.

Inzuppato in sudore chiudo gli occhi
e benedico.

Così fu la mia prima volta
………………-girati, infanzia, verso la
memoria-
che sentii la sua voce.


Versión: Francesca Gargallo