Necrológicas literarias,

La vida se nos volvió un frío e intransitable pasillo de azulejos

Ivan_T

En ella estamos, esperando por la muerte, o por la noticia de la muerte de otros. Estamos huérfanos, estamos rotos, estamos en la desesperada de una lista que se acumula de nombres familiares que nos duelen. Tengo una parte de la piel abierta, y por ella han salido imágenes que me llevan a esos días de insospechada felicidad de juventud, cuando el misterio de la vida era una carne asada con los amigos y un cartón de Carta Blanca. En esos días se levantaron pilares de amistad que ningún desastre podrá erosionar dentro de nosotros; en esos días conocí en casa de José Luis, oliendo todavía las brasas de la madrugada, a Iván Trejo.

Éramos jóvenes, pero él ya tenía esa figura grande de abrazo impostergable. Ya hablaba de Juan Gelman, con una devoción que años después nos llevó, sólo una vez, a estar sentados en la misma mesa que él, porque Iván era muy amigo de Gelman, yo de Mara, su mujer. 

Pero volviendo al momento exacto en el que el corazón se me desgaja, en la memoria está su altísima figura blandiendo un vaso, con una sonrisa que manaba ternura difícil entender en un cuerpo tan imponente como el suyo. Yo sé ahora mismo que muchos más de ustedes que leen esto, fueron más cercanos a Iván, lo conocieron más, lo quisieron con mayor intensidad, pero yo guardo de esa figura, entre humos de Arrachera, porque me encuentro con el dato de esos días del Monterrey feliz que era muy nuestro, cuando andábamos en las calles del barrio antiguo a deshoras, en horarios en que los infantes todavía van a las guarderías, borrachos o no, no importaba porque nuestra sangre servía de la embriaguez de los descubrimientos que esos libros nuevos, esos montajes, esas amistades con otros mayores nos hacían la promesa de que el mundo seguiría siendo nuestro, y sería mejor aún. Y lo fue. Al menos los días en que escribió, los días en que decidió publicar enormes libros, de enormes amigos, en ediciones que levantaron (lo sé) envidias y sospechas.

El mundo fue mejor porque un tiempo más estuvo poblado de su corazón que era sin lugar a dudas talla grande. Pero luego el mundo no fue nuestro sino de esta risible consecuencia de estar vivos, de esta realidad intervenida de máscaras y caretas. Y nos rompimos, y lo perdimos, y estamos solos. Y el mundo no fue mejor; se convirtió en un enorme, frío, lúgubre, pasillo de azulejos, desde el que hoy, conectado a una sonda que me inyecta carajos y recuerdos, le escribo a Iván hasta un lugar en donde no podrá leerme, pero en el que doy por hecho que está mejor que nosotros que todavía “respiramos”.