Aventuro una definición en la primera línea: la poesía de Jaime Sabines es un amuleto. Ya por filosofía, ya por ingenio musical, viene constante algún verso a mi mente: «Y se van llorando, llorando / la hermosa vida», «Yo no lo sé de cierto, pero supongo / que una mujer y un hombre / un día se quieren», «Qué putas puedo hacer con mi rodilla», y otros poemas multicitados.
Estas palabras están marcadas, seguramente con cierta desfortuna, por mi experiencia personal. No puede ser de otra manera, sin embargo: si siempre hablaremos de Sabines es porque su obra supo estar cerca del lector. Recuerdo ahora una famosa entrevista en la que Jaime toma distancia de Octavio Paz: la poesía crítica que defendía, nos quiere decir, no le asienta: es demasiado artificiosa. También, no sin cierta malicia, aclara: si Paz fue, de casa en casa, ofreciendo su obra, él corrió con la fortuna de haber sido acogido, sin buscarlo, en diversas latitudes. Y sin dejar de preocuparse, claro, por el sustento diario y la tienda de telas.
Sabines se inscribe, pues, en el movimiento más conversacional de la poesía. Aquí habría que mencionar a grandes nombres de esta literatura que se gestó en Hispanoamérica, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, como Ernesto Cardenal, Roque Dalton y Mario Benedetti: nuestro poeta, celosamente lo digo, está entre ellos (o más). Incluso Sabines pretendió el poema social, maravillosamente conseguido, a propósito de Cuba y de Tlatelolco. Quiero decir que Jaime pertenece, digámoslo de esta forma, a la estirpe de los poetas de la calle, los que van al botanero y escuchan las palabras que se intercambian las personas en los mercados para luego, ya de noche, en la soledad del cuarto, escribir dos o tres revelaciones.
Pensamiento y música están entrelazados. Podría citarse aquí Filosofía y poesía, de María Zambrano, o La poesía del pensamiento, de George Steiner, por proponer un par de ejemplos, pero no es el caso. Quiero reparar, eso sí, en los casi sonetos que Sabines escribió en Algo sobre la muerte del mayor Sabines, uno de los más grandes libros de poesía en México del siglo pasado. El soneto (en sus diferentes presentaciones y desvíos) seguirá siendo una forma poética de actualidad precisamente por su capacidad de juntar el ejercicio intelectivo con la facultad sensorial de la palabra. No es en vano, entonces, que Sabines partiera de esta forma para construir un libro en torno a un acontecimiento de profundo dolor en la vida de cualquiera: la muerte del padre. A decir de él mismo, encontró en el soneto un vaso para verter ahí lo que sentía. De cualquier otra forma, el poema hubiera sido imposible por la intensidad emotiva que le atravesaba el cuerpo.
Ahí estriba la genialidad de Sabines: la aparente sencillez, la estructura que uno no percibe por la cercanía que propone, como si de pronto, al iniciar la lectura, nos encontráramos en una roca a mitad del mar: a mitad de sus temas predilectos: el amor, la muerte, la soledad. Y entonces ya se está muy dentro como para abandonar el poema, atrapado en una caja musical. Porque no es sólo el deliberado lenguaje coloquial o la predilección por el uso del «yo» lo que hacen de Sabines un poeta inmediato, sino la melodía tenue, imperceptible, bien lograda, que consiguió desde su primer libro.
Hubo un tiempo en que sabía «Los amorosos» de memoria. Me lo decía (cantaba) constantemente. Simone Weil se recitaba también poemas de memoria, según relata Luna Miguel, para calmar las jaquecas que padecía y ayudar sus problemas de concentración. Los tres o cuatro versos que tengo la fortuna de saberme, los llevo como amuletos en la boca. Precisamente ese es Jaime Sabines: los amorosos que cantan entre labios una canción no aprendida para irse llorando la hermosa experiencia de vivir. Y eso sólo puede conseguirlo un poeta mayor.
HORAL
El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada…
.
YO NO LO SÉ DE CIERTO
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)
.
¿QUÉ PUTAS PUEDO?
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
.
MI MADRE SOLA, EN SU VEJEZ HUNDIDA,
sin dolor y sin lástima,
herida de tu muerte y de tu vida.
Esto dejaste. Su pasión enhiesta,
su celo firme, su labor sombría.
Árbol frutal a un paso de la leña,
su curvo sueño que te resucita.
Esto dejaste. Esto dejaste y no querías.
Pasó el viento. Quedaron de la casa
el pozo abierto y la raíz en ruinas.
Y es en vano llorar. Y si golpeas
las paredes de Dios, y si te arrancas
el pelo o la camisa,
nadie te oye jamás, nadie te mira.
No vuelve nadie, nada. No retorna
el polvo de oro de la vida.
.
CUANDO ESTUVE EN EL MAR ERA MARINO
este dolor sin prisas.
Dame ahora tu boca:
me la quiero comer con tu sonrisa.
Cuando estuve en el cielo era celeste
este dolor urgente.
Dame ahora tu alma:
quiero clavarle el diente.
No me des nada, amor, no me des nada:
yo te tomo en el viento,
te tomo del arroyo de la sombra,
del giro de la luz y del silencio,
de la piel de las cosas
y de la sangre con que subo al tiempo.
Tú eres un surtidor aunque no quieras
y yo soy el sediento.
No me hables, si quieres, no me toques,
no me conozcas más, yo ya no existo.
Yo soy sólo la vida que te acosa
y tú eres la muerte que resisto.
.
EL PEATÓN
Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.





